22/7/2017
Entrevista

«Lo que te hace culto es estudiar»

Entrevista a Javier Pérez Andújar, escritor y pregonero de las Fiestas de La Mercè

Francesc Arroyo - 23/09/2016 - Número 52
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«Lo que te hace culto es estudiar»
Editorial Tusquets

Javier Pérez Andújar nació en 1965 en Sant Adrià del Besòs, ciudad colindante con Barcelona. Un origen metropolitano, periférico y obrero que se refleja en buena parte de sus obras. La última se titula Diccionario enciclopédico de la vieja escuela (Tusquets, 2016). Se ha vendido bien, por sus propios méritos y por la campaña (en contra) desatada por independentistas, irritados hasta la indigestión, porque el Ayuntamiento de Barcelona le encargó el pregón de la fiesta mayor.

“Me critican porque soy irónico con el procés. Es una forma sesgada de verme: soy irónico con todo”

¿Qué les ha hecho usted a los independentistas?
Supongo que hay de todo, pero me critican porque soy irónico con el procés. Es una forma sesgada de verme: soy irónico con todo. Las lindezas que haya dicho del independentismo no son ni la mitad de las que haya podido decir de España. Y es natural porque el procés lleva cuatro años y España lleva no sé cuántos. Tienen la piel demasiado fina. Quieren montar un país y no son capaces de asumir la crítica. Se quejan de que ironice sobre lo que creen sagrado, pero es que cuando señalas algo como sagrado se convierte en irrisorio. Todo lo sagrado lo es. De los católicos también me he reído, pero están más resignados.

¿Puede ser un problema añadido que escriba en castellano?
La lengua no ha sido nunca un problema para mí. Soy castellanohablante de nacimiento, si de nacimiento se es hablante de algo; mi lengua familiar es el castellano. En Sant Adrià había una mayoría castellanohablante donde yo vivía, pero no en toda la población. Había también catalanohablantes. Muchos de fuera de Barcelona y con un catalán muy bonito, popular y callejero, como callejero era nuestro castellano. Me crié oyéndolos y tenía el oído afinado a ese catalán. Cuando en los 80 lo normalizaron, lo pasaron mal porque los desacreditaban como hablantes. Cuando yo me crié no había conflicto entre las lenguas, había entendimiento, cada uno hablaba en el idioma que le parecía. Me encantaba. No estoy de acuerdo en utilizar las lenguas como arma arrojadiza, porque son tan íntimas y personales que es juego sucio.

Como pregonero, ¿le ha sido difícil hablar de una Barcelona que, dice su último libro, no existe?
El pregón hablaba de mi Barcelona y tengo la impresión de que es esa la que no existe: la mía. Yo, porque escribo, me la invento. La Barcelona de la que vengo ya no existe. El ultraliberalismo de los años 80 la tumba. Pujol es el equivalente a Wojtyla, a Reagan, a Thatcher. Son todos de la misma época y sus políticas, idénticas: el muro frente a la libertad. Combaten la realidad de la que vengo: una tradición roja donde caben comunistas, libertarios y albañiles estalinistas. Hoy esa manera de ser de izquierdas ha proscrito, reciclada en una izquierda asimilable, que es la que se consiente. Si te sales, te dicen que no existes. A mi Barcelona le niegan el derecho a la historia. No quedan ni ella ni su sombra. Yo escribo para que quede, para que vuelva a existir.

Sus fuentes surgen de la cultuta popular.
No es solo mi inspiración, es mi material de trabajo. Escribo con tebeos, con películas, series, canciones. No los utilizo como referentes, son el barro con el que trabajo. Mi lenguaje es la cultura popular. Vengo de esa cultura, ligada al tebeo, que me ha servido para analizar el mundo. A través del oso Yogui puedo entrever parte de la cultura norteamericana: el sombrero, los puños de la camisa, la merendola, su hambre. Y la entiendo junto al hambre de Carpanta. Pero son distintas y ver a qué se debe cada una me sirve. Si hubiera tenido otro tipo de formación, tendría otros iconos, pero me apaño con los que tengo, los primeros que recibí, lo que llevo dentro. Si trabajara con los adquiridos a los 20 años en la universidad serían impostados. He adaptado lo aprendido a lo que llevaba dentro. Trabajo con los mimbres de los que estoy hecho. La cultura académica me ha servido para poner en orden mi cultura popular, para ponerla al servicio de lo que yo era.

¿Eso determina el estilo?
No sé. Quise utilizar el estilo de la gran burguesía, el fraseo largo con subordinadas, de Proust a Umbral; un rollo estiloso que utilizó Baudelaire. Vi que ese estilo lo usaban también los burgueses más canallas y descastados, y por ahí llegó cierto entendimiento. Porque yo no soy un obrero, soy un desclasado. No he dado un palo al agua en mi vida, pero estoy
hecho del material de la clase obrera, vengo de ella, aunque no tenga derecho a decir que le pertenezco porque la he traicionado en todo, menos en la lealtad de clase.

Hay quien se refugia en la cultura popular para disimular que en realidad es analfabeto en todas las culturas


Desde la academia se calificó la cultura popular como subcultura.
Es comprensible que los académicos que venían de leer seis horas en latín despreciaran las novelas del oeste de Bruguera. No era su mundo, no les servía para interpretar la realidad. Pero era gente abierta y seguramente entendía lo que pasaba. Me fastidia más el falso aprecio que se da por esnobismo. Prefiero que un medievalista desprecie la cultura popular a que un esnob se la apropie. Hay quien se refugia en la cultura popular para disimular que en realidad es analfabeto en todas las culturas. Ver teleseries no te hace más culto. Lo que te hace culto es estudiar, trabajar, analizar; la cultura se adquiere con esfuerzo, trabajando, estudiando, subrayando.

Ha escrito usted que llegó al futuro cuando ya no estaba. ¿Pesimismo?
Una canción nos dijo que el futuro ya está aquí. Y llegamos y no estaba. En los 80 se produjo la primera oleada de paro juvenil. En Sant Adrià, el 90% de los jóvenes estábamos en paro. No había futuro ni nada que hacer. Además, ya estaba la partida jugada: había ganado el PSOE, la izquierda, y no se podía reclamar. No tenías derecho a ser rojo porque habían ganado los rojos; los sindicatos habían empezado a venderse a los intereses de sus partidos en el gobierno y de las grandes empresas. El pasado (el 68 y lo que siguió, desde las Brigadas Rojas a la Baader-Meinhof) había fracasado. Llegamos al futuro y era un desierto. Un desierto de verdad, lleno de calaveras de yonquis. Por eso escribí que no había futuro.