18/4/2021
Pero ¿qué broma es esta?

Los debates decisivos

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Los debates decisivos
Gallardo
Cantaba una tonadilla cuando murió El Espartero que los toritos de Mihura a nadie le tienen miedo. Y de miedos iban los debates televisivos que han marcado la campaña electoral que hoy concluye. Miedo a perder pie, miedo a cometer la equivocación que desmerece, miedo a ser irrelevante, miedo a la desconexión con los electores a seducir, miedo a los contrincantes, a sus pompas y a sus obras, y miedo a los moderadores y a las desventajas que pudieran sobrevenir de la puesta en escena. Tuvimos debates de todos los formatos: se anunció que por primera vez en España, como el número de las Hermanas Sister en el circo bajo el redoble del tambor, uno de ellos se emitiría por las redes sociales; se presentaron en formaciones de a nueve, de a tres o de a dos en fondo; con los comparecientes detrás de sus atriles, con atril vacío para los ausentes; en pie, sin estribo ni apoyo para las manos, ni defensa alguna para taparse, con movimientos limitados al corralito dibujado en el suelo; todo aceptado con una docilidad propia del ganado lanar, como gustaba decir Anson.
 
Llegaban al lugar de la cita, eran recibidos por la dirigencia de la cadena respectiva, se desplegaban los paraguas de protección, se dejaban conducir al maldito photocall, que como una buena bandera lo tapa todo. Porque da lo mismo comparecer en el Palacio Real que en un hangar del aeropuerto de Castellón, obra imperecedera de Fabra el cuentachistes de los veraneos presidenciales de Aznar en Oropesa cortesía de los azulejeros de la zona; al final de la jornada queda el prócer retratado con la trasera del photocall que oculta el pantano del Irati o El jardín de las delicias del Bosco, en cuyo quinto centenario estamos. Momentos culminantes los vividos en Atresmedia con la candidata Soraya Sáenz de Santamaría confundiendo la seda con el percal y olvidando que no estaba ante los periodistas adiestrados que la frecuentan en las ruedas posteriores a los consejos de ministros de los viernes. Fracaso de quien intentaba zafarse pensando que brillaría por su ausencia y por la habilidad de su escudera.
 
Al señor secretario general del Partido Socialista Obrero Español y cabeza de cartel para las elecciones navideñas del domingo alguien le ha recordado que el debate del lunes pasado parecía un remedo del cuadro de Goya Duelo a garrotazos. Desde luego, la debilidad del contrario, Mariano Rajoy, en asuntos de corrupción hubiera merecido una estrategia de aproximación indirecta a base de encadenar interrogantes, de forma que la falta de decencia, en vez de aparecer como un enunciado previo, se impusiera como una conclusión final establecida por los espectadores. Porque como dijo Talleyrand “il-y-a toujours la manière” y averiguamos que Pedro Sánchez prefirió el efectismo de la tosquedad y renunció a mentarle Santa Pola. Hablaban de empleo y todo eran gráficas fuera de lugar y de enfoque. Sánchez se aferraba a la palabra “rescate”. España había sido rescatada y Rajoy debía pronunciar la palabra tabú. Igual que durante años la batalla del PP consistía en que Zapatero, sometido al correspondiente exorcismo, balbuciera el vocablo “crisis”. Empeño inútil sin resultado alguno. Cuánto mejor pasar adelante dejando que cada cual ponga el nombre que prefiera a los miles de millones de euros que ha supuesto enderezar el entuerto de Rato en Caja Madrid y Bankia.
 
Pero ¿qué broma es esta de que Rajoy se excuse de responsabilidad alegando que desconocía los asuntos de corrupción flagrante de su partido? ¿Cómo puede aceptarse que ignorara todo lo que sucedía bajo la batuta de Luis Bárcenas? ¿Por qué le recomendaba que resistiera y fuera fuerte cuando estaba en el umbral de la prisión? ¿Las obras de la sede de Génova donde tiene su despacho se pagaron con dinero B sin que nada supiera Mariano? Hay un principio básico según el cual la honradez de un responsable político sobrepasa su ámbito estrictamente personal porque debe responder también del comportamiento irreprochable de su entorno. Recordemos que al canciller Willy Brandt le costó la dimisión que apareciera en su proximidad aquel Guillaume relacionado con una agente del KGB. Asombra que nuestro Mariano se excuse de pronunciarse sobre asuntos como el de Pedro Gómez de la Serna por falta de conocimiento de causa mientras se sabe al dedillo el caso de los ERE de Andalucía. Todo cambiará el día que cada líder vigile de manera exigente su aprisco y expulse a las ovejas corruptas que en cualquier parte pueden aparecer, incluso, según viene comprobando el papa Francisco, en el colegio cardenalicio.

Hablaban de empleo y faltó el recurso al caso práctico porque Rajoy en particular podría haber creado un puesto de trabajo. En efecto, resulta incomprensible que sin haber comparecido en el registro de Santa Pola desde hace más de 20 años, esa plaza continúe a su nombre y sea servida en régimen de interinidad permanente por el amigo del alma Francisco Riquelme, designado por el dedazo de Rajoy y favorecido así con el reparto de los beneficios que allí se obtienen. Hubiera bastado la elemental renuncia a esa plaza para que un registrador ocupara la posición vacante, pero el titular persiste en la anomalía. ¿Ha tenido algún sentido esa terquedad? Diríase que en absoluto, que la actitud parece infantil, pero tal vez el 21 de diciembre encuentre su plena justificación y nos libere a los contribuyentes de imaginar cómo sostener a la familia que habrá de desalojar La Moncloa.
 
Al señor presidente del Partido Popular y cabeza de cartel para las elecciones generales del domingo habría que aclararle que su antagonista del debate cara a cara del lunes pasado, cuando le negaba la decencia, lo que buscaba era privarle de la credibilidad, sin la cual sabemos que ningún político se mantiene a flote. Porque la multiplicación de sus apariciones en escenarios minimalistas para públicos amaestrados le aporta un consuelo inútil si ante los micrófonos persiste en eludir respuestas claras, por ejemplo, sobre la corrupción. Le han dejado inútil para el oficio. Cuestión distinta es que quien lo ha hecho se haya calificado para relevarle. Veremos.