14/12/2019
Literatura

Los diarios de un escritor

Los años de formación protagonizan este primer volumen en el que Piglia pretende mostrar la falibilidad de la memoria

Sonia Budassi - 23/10/2015 - Número 6
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Entre tanta literatura crítica sobre el giro autobiográfico, separar obra importante —novelas, cuentos—, de obra menor —cuadernos y diarios—, resulta engañoso. En la literatura argentina, el género estuvo reservado a militares escritores. En la mitad del siglo XX afloró en un puñado de civiles distinguidos en el campo de las letras. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación alcanza el nivel literario de los mencionados, aunque en las primeras páginas ya se adivina que nada demasiado oscuro ni obsceno está por revelarse, acaso la lucha por el sentido de la existencia. Funcionan como una continuación del resto de su producción y el efecto de lectura es cálido: un terreno en el que solo existen, cómplices, el narrador y él. 

Si en las novelas Renzi narra en primera persona los libros firmados por Ricardo Piglia, aquí el juego es similar, pero con una vuelta de tuerca.El primer bloque, “Nota del autor” no lleva firma y está escrito en tercera persona, recurso que parece ir a contramano del los códigos intimistas. De todas formas, aparece la (quizá, entonces, falsa) cita en primera: “‘Por supuesto, no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Uno se convierte automáticamente en un clown’, afirmaba. Sin embargo, está convencido de que si no hubiera empezado esa tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa”.  El diario, entonces, parece revestir utilidad: es la condición de existencia de otros textos. Y a la vez interpela sobre la capacidad de representar la realidad. La materia prima del libro se compone de las notas que Piglia empezó cuando tenía 16 años y oscila de lo grave al humor sin sobresaltos. El tono es conversacional aun al hablar de libros y autores. Desde el comienzo, con eficaz destreza retórica, confundible con falsa modestia, quita importancia al oficio. “No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”. Otra operación es la de desacralizar la memoria, mostrar la poca fiabilidad del testimonio. 

El libro se estructura secuencialmente. Ciertos capítulos funcionan como cuentos —con títulos temáticos como “En el bar el Rayo”, “Primer Amor”, etc.— con unidad de tiempo y acción que permitirían una edición aparte. En especial, las referidas a las historias amorosas, más centradas en narrar las aventuras con las eventuales parejas, la compañía, las especulaciones y la distancia, que en un tormentoso mundo interior. Se intercalan relatos de insomnio, dificultad para escribir, discusiones con amigos, viajes a su Adrogué natal, nostalgia por una mujer: “¿Tanto me turbó mi encuentro —voy a llamar así a ese cruce entre dos desconocidos— con Inés el miércoles pasado? [...]. Parece que no puedo soportar que ella siga viviendo su vida sin que yo esté ahí”. El hilo lo lleva, desde luego, el narrador. Pero en el cuestionado archivo de lecturas, peripecias y reflexiones desde la iniciación a la madurez, la tensión narrativa alcanza momentos tan íntimos como corales. La voz personal alcanza lo colectivo y la época. Lo social y el drama nos pertenece a todos. 
 

Los diarios de Emilio Renzi

Ricardo Piglia, Anagrama, 

Barcelona, 2015,

360 págs.