29/3/2020
Literatura

Mario Levrero. La búsqueda interior

El escritor uruguayo, reeditado ahora, pertenece a la clase de novelistas cuyos libros pueden ser imperfectos, pero dan pistas sobre lo que será la novela del futuro

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Mario Levrero. La búsqueda interior
Mario Levrero.Eduardo Abel Giménez, Colonia 1991.

La ciudad fue la primera novela de Mario Levrero (Montevideo 1940 - 2004) que se publicó en España. Apareció en 1999 en Plaza&Janés, dentro de una colección de literatura fantástica, con prólogo de Antonio Muñoz Molina, quien por entonces lucía bigote. Su editor y buen amigo Marcial Souto le instó a que le enviara una carta de agradecimiento al prologuista, pero Levrero, al que no le había gustado nada el texto, se resistió a escribirla alegando, infantilmente, que era como si le obligaran a darle un beso a la tía bigotuda. 

A Levrero le entretenía la ciencia ficción, aunque el único autor del género al que consideraba un verdadero genio era Philip K. Dick. El estadounidense y el uruguayo compartían una misma pasión: la parapsicología, sobre la cual Levrero escribió un manual divulgativo por encargo de un exsacerdote amigo suyo. Pero así como Dick se creía capaz de recordar el futuro e incluso de matar a un gato con la sola fuerza de su mente, los poderes de Levrero no iban más allá de la telepatía y de la hipnosis.

Fue fotógrafo, guionista y dibujante de cómics, escritor de chistes y de horóscopos

No es imprescindible comulgar con las creencias parapsicológicas de Levrero para disfrutar de sus libros (su única novela de inspiración parapsicológica directa es Fauna), pero sí es necesario que el lector esté dispuesto a dejarse hipnotizar, pues los ejercicios literarios del uruguayo son muestras de autohipnotismo con los que pretendía comunicar una experiencia espiritual. También es conveniente que el lector esté preparado para reírse. Levrero, como escribió Constantino Bértolo, quien editó en Caballo de Troya Dejen todo en mis manos y El discurso vacío, practicaba un humor de todos los colores: negro, gris, verde y blanco. Literatura Random House reedita ahora las novelas del uruguayo.

Historia de un escritor

Nacido el 22 de enero de 1940 en Montevideo, su auténtico nombre era Jorge Mario Varlotta Levrero. Fue fotógrafo, guionista y dibujante de cómics, escritor de chistes y de horóscopos y creador de crucigramas en revistas satíricas y de ingenio, utilizando seudónimos como Lavalleja Bartleby, Alvar Tot, Tía Encarnación, Sofanor Rugby o el profesor Off. Cuando, en 1970, publicó su primera novela, La ciudad, no quiso firmarla con su nombre habitual: “Sabía que había algo ahí que me era ajeno, que Jorge Varlotta no podía escribir eso… Mi segundo nombre y mi segundo apellido fueron una solución perfecta”.  En Burdeos, 1972 explica cómo su seudónimo literario se había impuesto, con el paso de los años, sobre el nombre que constaba en su documento de identidad: “La adopción del nombre Mario como mi nombre habitual se hizo con el tiempo más frecuente y el Jorge pasó a segundo plano.  Eso sucedió porque mi mundo, el mundo de mis amigos y conocidos, se fue nutriendo cada vez más con personas provenientes del ambiente literario. Solo unos pocos amigos más bien antiguos me siguen llamando Jorge. Y yo no dejo de sentir, nunca, ese Mario como una apropiación indebida. Es como si me aprovechara de los méritos de otro, de ese otro que no tiene nombre y me dicta lo que debo escribir. Por algo me resultó indispensable usar un seudónimo, desde mi primer libro; un seudónimo no muy distante, ya que está formado por mi segundo nombre y mi segundo apellido porque, después de todo, eso que escriben las puntas de mis dedos pasa a través de mí. Pero siempre he tratado de dejar en claro que ese que escribe no soy exactamente yo”. 

Burdeos, 1972 es un álbum de recuerdos, con forma de diario, en el que Levrero reconstruye su estancia en la ciudad francesa 30 años después, en 2003, cuando apenas le quedaba uno de vida. A Burdeos le llevó el amor y allí, sintiéndose solo la mayor parte del tiempo, con poco dinero y sin dominar el francés, pudo comprobar que il n’y a pas d’amour hereux, es decir, que no hay amor feliz, como cantaba su querido Georges Brassens con letra de Louis Aragon. Pero en realidad no fue el amor frustrado lo que le hizo regresar a su gastado barrio de Montevideo. A Levrero le entró el pánico cuando se dio cuenta de que el francés había invadido su mente, impidiéndole escribir. Entonces tomó un avión de vuelta a Uruguay. Y lo pasó tan mal en el avión que nunca volvió a subirse a uno.

En La ciudad, escrita a los 26 años al ritmo de los Beatles, Levrero tradujo a Kafka al uruguayo del mismo modo que Juan Carlos Onetti había hecho tiempo atrás con Faulkner. “Cuando la admiración de un autor por otro es muy grande —y Onetti nunca ocultó su admiración por Faulkner—, al que admira de tal modo le resulta inconcebible que se pueda escribir de otro modo”, escribió Levrero. Estas palabras podrían aplicarse al propio Levrero en su relación con Kafka y también, dicho sea de paso, a Kafka en su relación con Goethe. “Hasta leer a Kafka no sabía que se podía escribir la verdad”, dijo Levrero, y desde que América y El castillo cayeron en sus manos le resultó inconcebible que se pudiera escribir de otra manera.

Sus tres primeras novelas, La ciudad, París y El lugar, integran la Trilogía involuntaria (involuntaria porque Levrero no se planteó hacer una trilogía). En ella las pesadillas kafkianas dejan paso a las fantasías angustiosas de Philip K. Dick y Levrero sale airoso de ambas influencias gracias a su habilidad para hilvanar las historias como si fueran sueños poco nítidos.

Al mundo de Levrero se puede acceder por distintas puertas. Caza de conejos, una colección de 100 textos escritos en una semana, sería la puerta de la risa: un disparate heredero de La caza del Snark de Lewis Carroll y tan retorcidamente negro como los Crímenes ejemplares de Max Aub pero de superior audacia literaria. No cabe duda de que Levrero disfrutaba tendiendo trampas verbales, siempre con un trasfondo existencial, para atrapar a los lectores como a conejos. 

Levrero sobrevivía a base de café, cigarrillos, milanesas y novelas policiacas adquiridas en librerías de viejo o prestadas por los amigos. Sus detectives favoritos fueron Nero Wolfe, Perry Mason y Philip Marlowe. Como una parodia (y toda parodia es una forma de homenaje) del género negro escribió La Banda del Ciempiés, publicada por entregas en el periódico argentino Página/12 a finales de los años 80 del siglo pasado. Levrero ya había parodiado el género en Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, escrita al ritmo de los valses de Strauss, y en Dejen todo en mis manos. Las novelas policiacas de Levrero son un puro delirio en el que nada importa menos que la verosimilitud de la trama y la resolución del misterio. Lo importante es el juego, el vértigo narrativo y las cargas reflexivas que estallan, siempre por sorpresa, entre las alocadas páginas. “Todavía no ha nacido el detective que investigue tu muerte, lector. Nunca serás vengado, anónimo gusano. No eres mejor que Nick Carter, ni que yo”, leemos, con una sonrisa y a la vez con un escalofrío, en Nick Carter

Levrero no solo se propuso divertir y perturbar al lector. También quiso iluminarlo

Pero Levrero no solo se propuso divertir y perturbar al lector. También quiso iluminarlo. O, al menos, hacerle partícipe de sus iluminaciones. Hay realismos de toda clase: social, mágico, sucio e incluso exhaustivo, que es, al parecer, el que caracteriza la obra del norteamericano Richard Ford. Pues bien, para explicar la literatura de Levrero, Pablo Rocca acuñó una nueva variante: el realismo introspectivo.

En uno de sus mejores relatos (pendientes todavía de publicarse en España), el titulado “La calle de los mendigos”, Levrero desmonta, pieza por pieza, un mechero averiado, tratando sin éxito de repararlo. En libros como Diario de un canalla, Burdeos, 1972, El discurso vacío y La novela luminosa Levrero se desmontó a sí mismo como desarmó el mechero del relato, registrando y analizando minuciosamente sus hábitos de ermitaño, sus adicciones (de los flippers a los juegos de ordenador o la pornografía japonesa), sus temores hipocondriacos, sus trastornos espirituales, sus abundantes fobias, sus sueños, que él siempre consideró experiencias reales, y sus frecuentes insomnios. 

Tras la terapia caligráfica que se impuso en El discurso vacío, Levrero llegó a la conclusión de que, alcanzada cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones, transformado en pura consecuencia de las acciones anteriores. Levrero se psicoanaliza al mismo tiempo que se literaturiza, haciendo que Kafka y Freud bailen un tango mientras él toca el bandoneón. 

‘La novela luminosa’

Los diarios se escriben para construir un yo, excepto en el caso de Levrero, que escribió los suyos como un acto de autoconstrucción, jugándose la vida, pero también para deconstruirse. Son los diarios de un sonámbulo que dice luchar por rescatar pedazos de sí mismo que han quedado adheridos a mesas de operación, a ciertas mujeres, a ciertas ciudades, a las descascaradas y macilentas paredes de su apartamento montevideano, a ciertos paisajes y a ciertas presencias. 

“Se escribe para mirar morir una mosca”, según explicó Marguerite Duras en Escribir. Nadie ha llevado a la práctica esa afirmación con la radicalidad de Levrero, quien escribió las más de 500 páginas de La novela luminosa, su gran obra póstuma, para ver morir no a una mosca sino a una paloma. Y lo hizo con la libertad de un condenado a muerte y con la responsabilidad de un padre cuya locura había sido aceptada por su hija y que se sentía obligado a llegar al fondo de sí mismo y relatar esa búsqueda interior con todo detalle, para que la vida de su hija valiera la pena.

Años antes, sin embargo, Levrero escribió Diario de un canalla —publicado ahora en un mismo volumen con Burdeos, 1972— para ver vivir a una cría de gorrión que se había caído del nido a causa de una tormenta y había quedado atrapada en un pequeño patio (entonces Levrero vivía en Buenos Aires, dirigiendo dos revistas de crucigramas, sometido por primera y única vez en su vida a un horario normal y cobrando, también por primera y única vez en su vida, un sueldo decente, razones por las que se consideraba un canalla). Levrero, convaleciente de una operación de vesícula, se identificó con el pajarito como años después, cuando temblaba ante la idea de enfrentarse a una nueva operación de vesícula, se identificaría con la vieja paloma que había ido a morir a una azotea próxima a su apartamento de Montevideo. La calavera de la paloma, liberada del cuerpo descompuesto, es la imagen con que se cierra La novela luminosa, un libro fuera de los límites de los géneros.

“Vos como gente sos raro”, le dice Pascale, la hija de su amor francés, en Burdeos, 1972. Y su propia hija, en La novela luminosa, le dice: “Vos sos loco”. Raro y loco, así era Levrero, o así lo veían sus hijas. A medida que envejecía, la cara de Levrero se parecía más a la de Onetti, y eso a él, cada vez que se miraba en el espejo, le hacía mucha gracia. Ni uno ni otro quisieron casarse jamás con la literatura. Prefirieron ser sus amantes porque sabían que tampoco la literatura les aseguraba un amor feliz.

No por casualidad, en su discurso de recepción del premio Juan Rulfo en la Feria Internacional de Guadalajara de 2015, Enrique Vila-Matas introdujo una cita de Mario Levrero. El discurso era una audaz y airada disertación sobre la novela del futuro y Levrero sería uno de esos novelistas a los que reivindicaba Vila-Matas, autores cuyas obras, aunque imperfectas, han abierto caminos geniales hacia el futuro. Que se sepa, Vila-Matas no practica la parapsicología, pero él y Levrero tienen muchas cosas en común, además del mérito de haber trasladado a la literatura la gestualidad humorística de Buster Keaton. Los dos han cultivado hasta el extremo sus anomalías y han renunciado a crear personajes con los que se identifique el lector, como tradicionalmente ha hecho la literatura, para ofrecerse ellos mismos, cada uno a su modo, como materia literaria, exigiéndole al lector que se involucre en sus obsesiones y arrastrándole por callejones, sin salida aparente, hasta el fin de los cuentos.  

Diario de un canalla. Burdeos, 1972
Diario de un canalla. Burdeos, 1972
Mario Levrero

Literatura Random House, Barcelona, 2015, 209 págs.

La novela luminosa
La novela luminosa
Mario Levrero

Literatura Random House, Barcelona, 2010, 576 págs.

Trilogía involuntaria (La ciudad, París, El lugar)
Trilogía involuntaria (La ciudad, París, El lugar)
Mario Levrero

Debolsillo, Barcelona, 2008, 480 págs.