19/11/2019
Cine

Martin Scorsese, historia de una cinefilia

La Cinemathèque Française homenajea al director de Taxi Driver, Toro Salvaje o Uno de los nuestros con una completísima exposición sobre su obra, su figura y sus obsesiones

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Martin Scorsese, historia de una cinefilia
Martin Scorsese, New York, 1977. Martin Scorsese Collection, New York.

Martin Scorsese tenía 11 años cuando dibujó su primer storyboard. Se trataba de un peplum titulado The Eternal City, “una historia ficticia de la aristocracia en la antigua Roma”, en palabras del precoz director, y contaba en su reparto con Marlon Brando, Richard Burton, Virginia Mayo y Alec Guinness. En el storyboard incluía un diseño de los títulos de créditos de la cinta en los que Scorsese no solo figuraba como director sino también como productor del largometraje. Su nombre aparece en un tamaño mayor que el de las rutilantes estrellas protagonistas. Todavía tendrá que pasar algo de tiempo para que Scorsese se sitúe en primera línea de fuego con Malas calles (1973), pero este primer boceto, de impresionante detallismo y técnica para un chaval que todavía no ha alcanzado la adolescencia, quizá contenga más claves para descifrar la verdadera pasión del cineasta por su profesión que su filmografía entera. 

El storyboard de The Eternal City es solo una de las muchísimas piezas sobre el director italoamericano proveniente de su propia colección o de las de Robert De Niro y Paul Schrader que puede contemplarse en Martin Scorsese. L’exposition, muestra que arrancó el pasado 14 de octubre en la Cinemathèque Française, en París, y que se prolongará hasta el 14 de febrero de 2016. Ahí se dan cita desde fotografías de Little Italy durante la década de los 60 tomadas por un joven Scorsese a objetos de culto como las botas de cowboy que calzó De Niro como Travis Bickle en Taxi Driver (1976), los contactos de los test del actor para Toro salvaje (1980), imágenes de las pruebas de maquillaje y tatuajes del intérprete para El cabo del miedo (1991), guiones, planos de diseño, vestuario y otros tantos fetiches relacionados con la constelación fílmica del cineasta. 

La exposición supone, asimismo, el mayor homenaje que se le rinde a una de las voces más famosas del Nuevo Hollywood, porque, tras haber sido presentada en la Deutsche Kinemathek de Berlín en 2013 y el Museo Nazionale del Cinema en Turín, recala en la capital francesa en un momento nada casual. Cuando hace 10 años se inauguró la nueva sede de la Cinémathèque, Scorsese viajó hasta allí para participar en la apertura de puertas de “la gran mansión de los cineastas del mundo entero”, como se dijo en su momento en la prensa gala. En el escenario de la sala Henri Langlois, repleta de compañeros y seguidores —tal y como recuerda el director de la institución Serge Toubiana— y justo antes de la proyección de la versión restaurada de El río (1951), de Jean Renoir, Scorsese se emocionaba señalando ese nuevo museo como “su casa espiritual”. Hoy las puertas de esa filmoteca se abren para celebrar al director: su vida, su obra, obsesiones y figura, pero sobre todo su perfil menos conocido, el de su profunda cinefilia.  
 

El canon Scorsese 

En Scorsese, dice Rainer Rother, director de la filmoteca alemana, “el cine representa tanto la idea de legado como de crítica a su historia”. También los comisarios de la exposición, Kristina Jaspers y Nils Warnecke, hacen hincapié en el enciclopedismo fílmico del director cuando afirman que “sus primeras experiencias como espectador conforman los cimientos del entusiasmo de Scorsese por el cine y por su obra artística”. 

Los comisarios de la exposición hacen hincapié en el enciclopedismo fílmico del director 

Pero a diferencia de sus coetáneos europeos, igual de cinéfilos aunque más cercanos al paradigma del cine de autor, el de Nueva York ha labrado su propio camino y ha reivindicado desde una posición única su cinefilia. Para Malas calles, en la que invirtió 650.000 dólares y que rodó en apenas 27 días, contrató a Bernard Hermann, el compositor de cabecera de Alfred Hitchcock, como responsable de la partitura. Los títulos de crédito de El cabo del miedo son obra de  Elaine y Saul Bass, mientras que en cintas como New York, New York (1977) se atrevió, no sin los consecuentes costos personales y económicos, a homenajear los musicales del antiguo sistema de estudios de Hollywood de los años 40. Otro ejemplo de su personalísima trayectoria lo encontramos en la infravalorada El rey de la comedia (1983) que, como señala el crítico Marc Raymond en su libro Hollywood’s New Yorker: The Making of Martin Scorsese (SUNY Press, 2013), prefiguró la sensibilidad del cine independiente estadounidense que dominaría la década de los 90. 

Con el tiempo, Scorsese no ha dudado en colaborar con críticos de cine como Kent Jones en A Letter to Elia (2010), un ensayo sobre Elia Kazan. Tampoco en rendir tributo al orondo maestro del suspense en formatos tan inhóspitos como un anuncio navideño en La clave reserva (2007), hacernos viajar en 3D a la Francia de entreguerras en busca de George Méliès y otros pioneros del cine mudo en Hugo (2011), detenerse en Howard Hughes en El aviador (2004), o revisar tanto el cine estadounidense como el italiano en las series documentales The Century of Cinema: A Personal Journey Through American Movies (1995) y Il mio viaggio in Italia (2001). La primera es una pieza de cuatro horas dividida en sendos capítulos en los que Scorsese asume el papel de alumno aventajado y a la vez de profesor mientras debate sobre cine con leyendas como Frank Capra, John Cassavetes, Francis Ford Coppola, John Ford, Howard Hawks, Fritz Lang, George Lucas, Arthur Penn, Nicholas Ray, Douglas Sirk, King Vidor, Orson Welles o Billy Wilder. En la segunda Scorsese recuerda las sesiones de tarde de su infancia viendo películas de la posguerra junto a su familia frente a la minúscula televisión monocroma que presidía el salón de su casa. Cine y hogar aparecen íntimamente enlazados. 

La cinefilia de Scorsese se traduce, además, en proyectos concretos a través de su labor filantrópica en The Film Foundation, nacida en 1990 para recuperar y conservar el patrimonio cinematográfico estadounidense, y The World Cinema Foundation, consagrada desde 2007 a la preservación del cine africano, asiático o de Europa del Este. La historia del cine, que le ha ofrecido tanto, ha encontrado, tal y como subraya Rother, “un elocuente promotor en el cineasta”.

Cine con ADN

Martin Scorsese. L’exposition explora el perfil cinéfilo del director, pero también se despliega en un sinfín de actividades que recorren cada una de sus facetas creativas porque todas sus películas contienen parte de su ADN en diversos grados. A las charlas y clases magistrales se le añade un completo ciclo retrospectivo y una muestra que transita los aspectos más destacados de su obra: la familia italo-americana, los hermanos fílmicos, los retratos masculinos y las mujeres en su cine, la religión, el Nueva York canalla y sus mitologías urbanas, además de su técnica cinematográfica y su pasión por la música.  

En su cine la familia no solo es un refugio protector, sino también una estructura que dispara los conflictos

Scorsese nació el 17 de noviembre de 1942 en el barrio de Corona, Queens. Pronto sus padres, Charles y Catherine Scorsese, se mudaron a Elizabeth Street, en Little Italy, a un pequeño apartamento que no mejoró mucho la difícil situación económica y social en la que antes vivían: Little Italy era entonces una barriada de cemento y gentío, gobernada por pequeños mafiosos, fronteras invisibles y una enorme sospecha hacia todo lo que venía de fuera. En ese entorno, la familia era el único reducto en el que confiar. En el cine de Scorsese, no obstante, la familia no es solo un refugio protector, sino también una estructura que limita la libertad y dispara los conflictos. Scorsese ha rastreado los orígenes sicilianos de su familia italoamericana en numerosos filmes, el más notable su documental Italianamerican (1974), donde entrevistaba a sus padres acerca de sus experiencias como segunda generación de inmigrantes. Desde entonces su madre continuó apareciendo repetidamente en el cine del director en pequeños papeles secundarios, el más reconocible, como progenitora del personaje de Joe Pesci en Uno de los nuestros (1990), en otro ejemplo más de la importancia de la familia en el universo Scorsese. 

Porque sea por cuestiones sanguíneas o por compromisos de honor, toda vez que los héroes de sus películas acaban metidos en el crimen organizado —como sucede en ese monumento a la familia mafiosa que es Uno de los nuestros o en Casino (1995)—, nadie puede escapar de la opresión ni de la rigidez de la institución. Su ambigua mirada sobre la estructura familiar queda clara en unas declaraciones del director al periodista Peter Biskind en 1991 sobre El cabo del miedo: “Me parecía que la familia protagonista era demasiado típica, demasiado feliz”, contaba tras ser preguntado sobre sus reticencias a la hora de aceptar ese proyecto, que le llegó a través de De Niro. “Leí ese guión tres veces y siempre lo odié”, continuó. Hoy sabemos que Scorsese lo reescribió para convertirlo en una fábula de tintes católicos sobre la culpa sexual y el castigo. 

La violencia y la locura forman parte del corazón narrativo de las películas de Scorsese, como si ambas pulsiones fueran marcas personales de su estilo, pero no es tan obvio que tras esas derivas oscuras se oculta una búsqueda de cierta espiritualidad. El cineasta estuvo a un paso de la vicaría cuando a los 9 años decidió que quería abrazar el sacerdocio. Llegó a pisar un seminario un lustro después, pero fue expulsado tras dar muestras de una vida algo disoluta. Pese a que finalmente se dedicó al cine, el sentido católico de la existencia ha continuado marcándole de por vida. En sus largometrajes, por ejemplo, el motivo del sacrificio —que tanto le impresionó en los filmes de su admirado Roberto Rossellini— y el de la crucifixión son recurrentes y los vemos en filmes tan alejados en el tiempo y temáticamente como Taxi Driver, Infiltrados (2006), El tren de Bertha (1972), Gangs of New York (2002), Malas calles o La última tentación de Cristo (1988), trabajos todos, no obstante, que nos hablan de relaciones fraternales asimétricas o de antihéroes solitarios. Muchas de sus películas, que moldean esas historias sobre hermanos u hombres desubicados, están impregnadas de anécdotas personales. En el libro que se ha editado con motivo de la exposición, Scorsese explica la importancia de sus amistades de juventud a la hora de definir los personajes de sus primeras películas: “Robert Uricola es una figura clave. Dos de los personajes de Malas calles están basados en él y en su hermano. Otro de mis amigos, Joe Morale, es el otro tipo de Malas calles. Éramos un grupo muy unido. Sobresalíamos entre todas las bandas de mi barrio”. 

La seguridad del prestigio 

Tras décadas resistiéndose, en 2007 Scorsese obtuvo de la mano de sus colegas Francis Ford Coppola, Steven Spielberg y George Lucas el Oscar al mejor director por Infiltrados, en una decisión que pareció más un homenaje tardío que un verdadero reconocimiento. 

El cineasta llevaba años en la lista de reputados directores que no necesitaban a la Academia para cimentar su éxito, pero el de Scorsese era un vacío que dolía. Más aún si se tiene en cuenta que el Festival de Cannes sí premió con dos Palmas de Oro parte de su trayectoria —Taxi Driver y Jo, ¡qué noche! (1985)— y que en su última etapa como director Scorsese se había ido acercando a los gustos de los académicos, tal y como resalta el crítico Marc Raymond, al mismo ritmo que había ido acumulando millones en la taquilla mundial. 

Scorsese no siempre gozó de la seguridad de su prestigio profesional ni de los favores del público. En 1983, antes de El color del dinero (1986), se encontraba al borde de la quiebra económica y personal. Recuerda su exmujer Isabella Rossellini, en una entrevista a The Guardian, que por entonces llegó a ver a Scorsese dirigiendo con una máscara de oxígeno, con un “aspecto muy lamentable”. 

Todo lo contrario que hoy en día. A sus casi 74 años, en 2016 estrenará Silencio, un trabajo que sigue a dos jesuitas en el Japón del siglo XVII; se encuentra también casi en marcha su serie televisiva Vynil y acaba de anunciar un nuevo proyecto, The Devil in the White City, sobre H. H. Holmes, uno de los asesinos en serie más prolíficos de la historia de Chicago, de nuevo con Leonardo DiCaprio como protagonista. Será la sexta colaboración de Scorsese y el intérprete, a la zaga de las nueve películas que el cineasta ha realizado con De Niro. Por si hubiera algún tipo de duda, Scorsese se ha encargado de poner en escena que no existen asperezas entre De Niro y DiCaprio: en The Audition, cortometraje promocional para una casa de casinos de Macao, ha unido a sus dos actores favoritos por primera vez bajo su dirección. Pasado y presente de un director que huye del descanso.