18/11/2019
Internacional

Megalomanía y cosmética en la cleptocracia de Obiang

El régimen pone empeño en proyectos faraónicos de nula utilidad para una mayoría de guineanos que malvive a pesar de la riqueza natural del país

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Tercer productor de petróleo del África subsahariana, Guinea Ecuatorial entró en recesión en 2014. La opacidad impide conocer las cifras reales de extracción, que oscilarían entre los 360.000 barriles diarios admitidos oficialmente y los 850.000 estimados por fuentes independientes. Además, el país exporta gas, oro, manganeso, madera y pesca. Tan ingentes recursos, que generaron fabulosos ingresos en las dos últimas décadas y un crecimiento superior al 30% anual, apenas mejoraron las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los guineanos. Diversos organismos internacionales coinciden en que esa riqueza solo alcanza al 15% de la población.

Megalomanía y cosmética caracterizan la gestión de Obiang, que, si bien remozó algunas infraestructuras, pone empeño en proyectos faraónicos de nula utilidad, como el lujoso complejo residencial de Sipopo, en la isla de Bioco, o la ciudad de nueva planta, Oyala (centro de la región continental), presentada como futura capital. En realidad, son tapaderas de las mil maneras de vaciar el erario público en beneficio de la oligarquía. Abandonada la agricultura, se importan alimentos básicos antes producidos en el país. Sanidad, educación y vivienda son sectores deprimidos. Las principales ciudades, carecen de saneamiento ambiental adecuado y  escasea el combustible.

La drástica caída del precio del petróleo supuso la vuelta a las tasas de crecimiento negativo. Reducción de ingresos que paralizó obras públicas realizadas por empresas extranjeras que despidieron a sus trabajadores, con el consiguiente aumento del paro y el descontento social.

Las principales ciudades carecen de saneamiento ambiental adecuado y escasea el combustible

En el plano político, la hegemonía del PDGE resulta agobiante. Ninguna actividad política está permitida fuera del periodo electoral. Imposible ejercer derechos reconocidos por la Constitución: ni reuniones,  manifestaciones o huelgas. La “Seguridad”, policía política, es omnipresente, incluso en las esferas íntimas. Aunque en 2001 se suprimieron los controles del relator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, no cesaron las torturas, detenciones y juicios arbitrarios y demás desmanes promovidos desde el poder. Lo denuncian con asiduidad Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Modos despóticos que pasaron de plañidos de “exiliados descontentos” a clamor internacional: atentados, alguno mortal, y secuestro de opositores refugiados en el exterior, torturados y fusilados en las mazmorras del país, rebasaron el nivel de tolerancia de ciertos gobiernos democráticos. Actos que visibilizan la constante represión ejercida sobre la población y abonan las sospechas sobre muertes misteriosas, con carácter ritual o político, de personalidades del régimen que emitieron opiniones críticas o de conocidos exiliados regresados al país.

Las andanzas de Teodorín

Transparencia Internacional sitúa a Guinea Ecuatorial entre los estados más corruptos del mundo. La corrupción afecta a todos los sectores: jueces, magistrados y fiscales nombrados por Obiang prevarican sin pudor. Altos y bajos funcionarios ineficaces, civiles y militares, sin méritos ni cualificación, colocados por nepotismo o clientelismo, enriquecidos súbitamente. Cleptocracia en la que destaca la familia presidencial, alguna de cuyas suculentas cuentas en bancos de Marruecos y China están publicadas. En enero de 2015 descubrieron en el puerto de Malabo dos contenedores repletos de billetes, divisas y moneda local, consignados por su hijo Gabriel Mbega Obiang —ministro de Industria y Energía desde 2012— dirigidos a Santo Tomé-Príncipe, “patria chica” de su madre, Celestina Lima, segunda esposa oficial de Obiang.

Sobradamente conocidas son las andanzas del primogénito, Teodoro Nguema Obiang, Teodorín, presunto heredero hoy algo devaluado. Imputado en EE.UU. y Francia, sobre él pende orden internacional de busca y captura por enriquecimiento ilícito y otros cargos. A sus 45 años, no se le conocen ni estudios ni oficio, salvo un cursillo de pocos meses en una academia militar estadounidense, que le valió el empleo de coronel del Ejército y vicepresidente segundo de la República encargado de Defensa y Seguridad, cargo no previsto en la Constitución. Aprovechó su anterior prebenda, ministro de Agricultura y Bosques, para acaparar la producción maderera, esquilmar el exiguo bosque tropical y encarcelar a inversores reacios a pagar las millonarias mordidas exigidas por el “patrón”. Se atribuye su meteórico ascenso al influjo de su poderosísima madre, Constancia Mangue, quien sueña con verle en la Presidencia cuando en su esposo se produzca el “hecho natural”.

Factores externos influyeron asimismo en la decisión de Obiang de adelantar la cita electoral. Observa inquieto la prolongada crisis política española:  su incierto resultado pudiera no favorecer sus intereses, pese a los desvelos del poderoso lobby que defiende su causa en la antigua metrópolis. Tampoco son desdeñables el rotundo posicionamiento de Washington contra los “eternos dictadores” africanos, ni las señales de malestar emitidas desde París y Lisboa, último parapeto tras la integración de Guinea Ecuatorial en la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa en 2014.

Ni en África encuentra respiro: pésimas relaciones con Camerún, conflictos con Gabón… Los cambios en Costa de Marfil, Senegal, Burkina Faso o Benín redujeron la complicidad disfrazada de solidaridad africana. Parece menos fluida la relación con Marruecos, protector de antaño, mientras angoleños, israelíes y zimbabuenses le guardan ahora las espaldas. Consciente de su ventajosa posición frente a la periódica alternancia en las sociedades democráticas, Obiang seduce manipulando intereses y ambiciones o imponiendo su presencia mediante los hechos consumados. Ahora sabe que le quedan pocas cartas que jugar. ¿China? ¿Mera cortesía la reciente visita de buques rusos al golfo de Guinea?

Cabe preguntarse entonces para qué llamar elecciones a un plebiscito que, como siempre, ganará. Todo está atado: el voto es obligatorio y observadores internacionales afines lo bendecirán.