17/11/2019
Opinión

Memoria del desastre

Editorial - 08/04/2016 - Número 28
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Desde el estallido de la crisis en 2008, muchos analistas y medios de comunicación la han venido tildando de la peor calamidad económica registrada desde el crac de 1929. Falta perspectiva para asegurarlo, pero en todo caso la lógica argumental inducía graves temores de que después del último desplome económico volviéramos a un escenario político similar al de los años 30 del siglo pasado. Por suerte, parece que esa amenaza no se va a cumplir. Pero como decía Mark Twain, aunque la historia no se repite, a veces rima.

La amenaza de dictadura y guerra en Europa occidental parece impensable. Pero la crisis ha dado pie a un auge de los radicalismos en casi todos los países del continente. Las formas en que cristalizan presentan una gradación que comparte el ascenso penoso de formaciones de extrema derecha que, simulando acatar las normas del Estado de derecho, se entregan de modo simultáneo al cultivo de un lenguaje amenazante para aquellos que se ven caracterizados como enemigos nacionales —inmigrantes, instituciones europeas,  judíos o la Alianza Atlántica—  y para aquellos otros a quienes proclaman defender: esos hombres y mujeres de la calle, víctimas de una terrible depauperación, que necesitarían, según ellos, gobiernos autoritarios que les defendieran de toda clase de amenazas imaginarias. Es cierto que la globalización ha sido en parte un fracaso, y que muchas de sus víctimas pertenecen a una clase trabajadora abandonada, pero el odio a las élites, a los extranjeros, la obsesión por fronteras más impermeables y el intento de renacionalizar las economías solo serviría para agravar la desdicha.

Y aún más lo hará el discurso del fanatismo, aunque se enmascare con argumentos aparentemente racionales. El Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia, el UKIP en Gran Bretaña, Pegida y AfD en Alemania, Amanecer Dorado en Grecia y otros tantos grupos extremistas de los admirados paraísos escandinavos, en vez de proteger a la gente humilde de las élites distantes y egoístas, promueven el resurgimiento de los peores instintos en la lucha política. La contaminación política ambiental exigiría de las formaciones que enarbolan como enseña las ideologías tradicionales —del poscomunismo al conservadurismo— una reacción proporcionada y urgente: la política democrática, basada en la tolerancia, debe saber identificar las líneas rojas de lo intolerable. Como decía Milan Kundera, combatir la injustica sin incurrir en ella. Si hay dudas de que aprendamos de la historia, convendría al menos mantener en la memoria los escarmientos y adonde nos condujeron los extremismos y la retórica incendiaria  contra enemigos construidos.