23/6/2017
Arte

Modelos urbanos, ¿alternativos o complementarios?

El debate sobre el tipo de edificaciones y la altura que se permite no es solo una cuestión de gustos: está en juego qué ciudad se quiere construir

Luis Rojo - 30/10/2015 - Número 7
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Modelos urbanos, ¿alternativos o complementarios?
Unité d'habitation de Marsella, de Le Corbusier. Crookesmoor / CC

En la segunda mitad del siglo XX el desplazamiento hacia la periferia de la ciudad era la pauta mayoritaria y favorecía el modelo suburbano en sus diversas formas, caracterizado por la baja densidad, los barrios residenciales horizontales y la ciudad dispersa asociada a los desplazamientos pendulares y diarios. La confortabilidad derivada de la monofuncionalidad residencial se alcanzaba a costa de la pérdida de contacto con las formas del comercio, la cultura o las actividades cívicas y de ocio amparadas por la ciudad tradicional. 

A partir de 1990 ese desplazamiento se ha reequilibrado con otro inverso que ha marcado el retorno hacia los centros urbanos. La reducción de los desplazamientos diarios, los excesivos costes de la propiedad, el aislamiento de los suburbios y la proximidad de las actividades culturales, comerciales y de ocio proporcionadas por los centros urbanos resituaron los paradigmas urbanos de densidad, altura, artificialidad, confort, vistas o sentimientos de poder.

La construcción en vertical nace de un incremento geométrico de la población urbana

Con el cambio de milenio la aglomeración se ha reconsiderado como un valor cultural, social y económico. Vivir en una ciudad densa, activa las 24 horas y heterogénea en sus actividades, capaz de superponer ocio, trabajo, cultura e incluso naturaleza, es hoy reclamado como modelo de vida por diversos grupos sociales y económicos.

Y en este contexto de reflexión sobre modelos urbanos contemporáneos se debe situar la reforma de la Ley de Suelo de Madrid de 2007 y la irreflexiva limitación de la altura permitida en los edificios en toda la Comunidad, fijada en cuatro pisos. El 26 de julio del 2007 el BOE publicó la Ley  3/2007 de medidas urgentes de modernización del Gobierno y la Administración de la Comunidad de Madrid, una “ley escoba” que unía en improbable compañía una suerte de reforma orgánica de la Administración autónoma —orientada a incrementar su modernización y transparencia—, además de otra serie de modificaciones de las normas de ordenación urbana y territorial. 

La falta de transparencia propiciada por un procedimiento de legislación por decreto y al margen de la discusión parlamentaria proporcionaba una nueva sorpresa en el modo de pensar la ciudad. Con un desarrollo de apenas dos párrafos, se modificaba la Ley de Suelo en vigor en la Comunidad de Madrid y se prohibía construir edificios que tuvieran más de tres plantas de altura y su correspondiente ático.

Con la genérica restricción de la altura de los edificios, la presidenta de la Comunidad de Madrid aseguraba querer impulsar “un modelo de ciudad más humano y acabar con un urbanismo que ya no se corresponde con el desarrollo y con las aspiraciones de calidad de vida actual de la sociedad madrileña”. Antonio Beteta, entonces portavoz del PP en la Asamblea de Madrid, reclamó el derecho de cualquier ciudadano de la Comunidad a residir en barrios con las características urbanas y ambientales de Majadahonda o Las Rozas. En opinión de Beteta, vivir en un barrio de baja densidad es un derecho que los poderes públicos deben favorecer, evitando que nadie se vea obligado a hacerlo en una ciudad densa y compacta —señalada como el tipo de urbanismo que propicia una vida sin calidad—. Y lo que la reforma de la Ley de Suelo hacía era democratizar ese derecho, obligando a todos los ciudadanos a acceder a él. Se prohibía por ley la densidad urbana, que es como prohibir el alcohol en los bares.

Ocho años más tarde el Partido Popular está inmerso en un disimulado cambio de opinión, asesorado por jueces y empresas. Los primeros han dictado sentencias no recurribles en las que rechazan las motivaciones planteadas para incumplir la literalidad de la ley; los segundos, alarmados por la imposibilidad de sacar adelante las dos operaciones inmobiliarias más sustanciosas de la ciudad: el acuerdo urbanístico Mahou-Vicente Calderón (promovido por el Atlético de Madrid y la constructora FCC) o la ampliación de la Castellana-Norte (promovida por el BBVA y la constructora gallega San José). 

El rascacielos y la ciudad

Frente a la simplificación e instrumentalización impuesta en el debate político o por los intereses económicos, es útil redibujar el campo de juego y los actores y factores que configuran el problema. Y, al hacerlo, se hace evidente que lo que se presentaba como un perfeccionamiento de una ley sobre la ciudad y su forma no era tal. Era y es una ley sobre la imposición de un modelo de vida a través del control de la ciudad y de su forma.

Construir en vertical nace fundamentalmente de la necesidad derivada de un incremento geométrico de la población urbana. Es el caso de Manhattan en 1920 o de China hoy en día.

Este efecto se exacerba si el rápido incremento de la población urbana se  combina con la escasez de suelo. Así ha ocurrido en Manhattan, en Hong Kong a partir de 1970 o en Singapur en la década de 1980. No por casualidad, en los tres casos se trata de islas. 

La segunda razón para construir en altura es el precio del suelo: el rascacielos es un instrumento económico muy productivo y prácticamente infalible. Su principio es la multiplicación de la superficie útil de un solar y, por tanto, es una máquina de crear plusvalías.  

A partir de 1890 ambos factores se aliaron por vez primera en Chicago y los arquitectos transformaron el problema en un brillante e ingenioso mecanismo arquitectónico: el rascacielos, ligado a la ciudad liberal y el desarrollo tecnológico. Allí se construyeron los primeros edificios verticales de oficinas de Holabird & Roche o Sullivan.

En 1925 la arquitectura moderna cambió y Le Corbusier y sus coetáneos europeos dejaron de proponer rascacielos en la ciudad para plantear una nueva ciudad de rascacielos. Así, el edificio en altura se convertía  en la alternativa a la ciudad histórica y, sobre todo, a los centros urbanos y compactos, caracterizados por los espacios públicos en forma de calles y plazas.

La propuesta de Le Corbusier de la Ville Radieuse (1925), identificada como el instrumento de un progreso responsable, prosperó en paralelo al modelo alternativo propuesto por Mies Van der Rohe en Berlín (1921). Su capacidad para compartir la ciudad con otros edificios de diverso tamaño, forma, programa o carácter se pone de manifiesto, años después y en otro continente, en los apartamentos Lake Shore Drive en Chicago (1949) o en el Seagram en Park Avenue (1958). La uniformidad programada de la ciudad europea se contrapone a la acumulación de proyectos individuales que comparten la ciudad liberal estadounidense. 

Tal y como propuso el arquitecto holandés Rem Koolhaas en Delirious New York: A retroactive manifesto for Manhattan (1978), mientras las vanguardias europeas discutían sobre modelos y utopías por medio de manifiestos, en EE.UU. se dedicaban a hacer las cosas sin un programa intelectual o ideológico preconcebido. Manhattan, por ejemplo, se construyó dando la máxima libertad a una arquitectura solo limitada por la rígida geometría de la cuadricula de la planta urbana. 

La construcción en 1931-40 del Rockefeller Center provocó otro salto en la relación potencial entre rascacielos y la ciudad, o entre la construcción en vertical y la superficie horizontal del suelo. Sunken Plaza, situada en el centro del complejo Rockefeller, y las prolongaciones de las calles en sus lobbies y programas públicos —teatros, galerías, tiendas, etc.— constituyen un ejemplo paradigmático de urbanidad contemporánea.

Con los códigos de la cultura posmoderna, un edificio alto tiende a ser recibido como algo positivo

El desarrollo del rascacielos quedaba ligado tanto a la diversificación programática en altura como a la negociación de la base con la ciudad. La integración de diversos programas y funciones en el edificio en altura le permite competir con la ciudad: se configura como espacio urbano interiorizado, integrando el espacio público, la actividad comercial de la calle y el trasiego diario en torno a los lugares de trabajo y de ocio. Es un microcosmos de ciudad.

Con los códigos de la cultura posmoderna, un edificio alto tiende a ser recibido como algo positivo: representa destreza técnica, imagen, poder, iconicidad, etc. La repetición se asocia con lo negativo: producción en serie, uniformidad, pérdida de identidad individual y deshumanización en favor de la productividad. No se trata de criterios exclusivamente formales o estéticos: la singularidad se asocia con la libertad económica, mientras que la repetición se relaciona con la imposición de un sistema uniformizado. 

Las nuevas ciudades que se están construyendo ahora en China o Corea se enfrentan a este conflicto con los modelos de hace 40 años, basados exclusivamente en la eficacia de la repetición y la prefabricación.

El modelo urbano 

Con el cambio de milenio el dilema sobre la verticalidad se ha desplazado desde la capacidad tecnológica estructural y material hacia el equilibrio ambiental. El carácter simbólico ha crecido en atractivo para las ciudades o estados emergentes —el 50% de los edificios de más de 200 metros de altura construidos durante 2009 están en Asia y un 36% en China—. Hoy lo que determina la elección de un modelo urbano vertical frente a la dispersión horizontal es la sostenibilidad de cada modelo frente a los dos asuntos centrales de nuestro tiempo: la aceleración del cambio climático y la racionalización del consumo de recursos materiales y energéticos.

En términos técnicos, los criterios de equilibrio energético y sostenibilidad no son concluyentes por la cantidad y diversidad de factores y por las variables involucradas y la dificultad de su cuantificación. 

Aun así, los criterios de sostenibilidad se decantan por la densidad y la compacidad como los instrumentos más adecuados para alcanzar modelos urbanos eficaces contra el cambio climático y para reducir el consumo energético. Mayor densidad equivale a menor ocupación y más espacio libre. 

Si atendemos a la relación entre densidad urbana y consumo energético del transporte, las ratios son concluyentes: Houston, con una densidad de población de 10 habitantes por hectárea, consume 73 gigajulios per cápita al año; París, con una densidad de 50 habitantes por hectárea, 13 gigajulios per cápita al año; Singapur, con una densidad de 80 habitantes por hectárea, 9 gigajulios per cápita al año, y Hong Kong, con una densidad de 325 habitantes por hectárea, consume 4 gigajulios per cápita al año. La energía que consume anualmente un residente en Hong Kong  no alcanza el 20% de la que consume un residente en Houston.  Y la ratio de emisión de CO2 es consistente: Houston emite 1.400 kilogramos/persona al año, frente a Hong Kong que emite 50 kilogramos/persona al año.

La baja densidad de los barrios residenciales periféricos es costosa en términos de urbanización, infraestructuras y mantenimiento. La edificación vertical, en tanto que acumula volumen e infraestructura en un mismo cuerpo compacto, es más eficaz. Por eso se asocia la construcción en altura con la ciudad sostenible. Sin embargo, en la reducción de las emisiones de CO2, los edificios altos no salen bien parados: tanto su construcción como su mantenimiento y demolición consumen hasta un tercio más en energía y materiales.

Y aunque en su favor debe considerase que reducen los desplazamientos, favorecen la concentración y la economía de las infraestructuras (cableado, suministro, servicios públicos, etc.), incrementan la rentabilidad del suelo y ofrecen un factor de forma climáticamente muy favorable, encarecen sustancialmente los costes de construcción y mantenimiento, además de provocar turbulencias, corrientes de aire y sombras que pueden alterar los microclimas locales.  

Un problema complejo

Como en todos los problemas de arquitectura, la información técnica, aunque permite dibujar el escenario con mayor precisión, no contesta la pregunta sobre qué debemos hacer. En un escenario definido por la realidad del cambio climático, la limitación de recursos energéticos y la búsqueda de un modelo de bienestar por medio del reequilibrio entre el artificio construido y el medioambiente natural, la ciudad ya no puede pensarse con autonomía ideológica, disciplinar o técnica. 

La arquitectura, la tecnología y la imaginación deberán emplearse en resolver el problema de la ciudad

La arquitectura, la tecnología y la imaginación deberán emplearse en resolver el problema de la ciudad contemporánea en términos de equilibrio entre la densidad urbana y también del consumo. Lo determinante es su transformación sostenible en el tiempo, no concebido como utopía de futuro sino de resistencia.

Abocada a crecer, pero reduciendo su consumo, y a albergar mayor población, pero en un sistema en el que la arquitectura no es el patrón, sino la naturaleza y su ecología, la verticalidad y la compacidad formarán parte del modelo inexorablemente. Pero lo harán en equilibrio no tanto con la horizontalidad sino con lo existente, con la realidad tal y como la conocemos, porque la ciudad del futuro no será una nueva sino la actual, transformada. Cualquier otra cosa es determinismo ideológico ajeno a la  realidad.