21/7/2019
Arte

Munch, más allá de la pintura

El pintor noruego que cambió la historia del arte tenía claro que, por encima de la angustia y la ansiedad, quería ser artista

David Losa - 25/09/2015 - Número 2
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Munch, más allá de la pintura
La enfermedad y la muerte fueron muy importantes en su pulsión artística, con cuadros como Agonía (1915).MUNCH-MUSEET
Hay muchos estereotipos sobre él y la mayoría de ellos son ciertos, pero sobre todo lo que definió la grandeza de Munch fue una extraordinaria energía con la que pudo vencer sus miedos y legar una extensa y lúcida obra. “En mi arte he intentado explicarme la vida y su sentido, también he pretendido ayudar a los demás a entender su propia vida”, escribía el pintor en el ocaso de su larga existencia. Su longevidad —murió poco después de cumplir 80 años— es una contradicción en sí misma, pues durante mucho tiempo, hasta bien pasado el ecuador de su vida, no gozó de buena salud, ni física ni mentalmente. Por eso, el hecho de que llegase a conocer su decrepitud también habla, al menos alegóricamente, de su excelsa fortaleza. Su apego por la vida le salvó, al borde de la desesperación y de la autodestrucción, y su permanente idilio con el arte se tradujo en una producción ingente: hasta en sus cenagales psicológicos Munch fue un artista extraordinariamente prolífico. Tanto que, según recoge Fuensanta Niñirola en su monografía Edvard Munch. El alma pintada(Ártica, 2012), habría dejado al menos unos 1.700 lienzos y más de 800 motivos distintos de grabados, además de incontables bocetos, dibujos y experimentos artísticos de diferente calado. A su muerte, legó toda la obra que poseía a la ciudad de Oslo, donde se crió y pasó gran parte de su juventud, y que fue escenario de algunos de sus cuadros más notables, incluido El grito
Su apego por la vida le salvó y su permanente idilio con el arte se tradujo en una producción ingente
 
Que Madrid reciba una gran exposición sobre Munch 31 años después —la última data de 1984, en las Salas Ruiz Picasso— ya es una noticia relevante en sí misma. Hoy, además, gracias a la magnitud de la obra y de los manuscritos dejados por el propio autor, los expertos conocen mejor que entonces todo lo que tiene que ver con el artista nacido en Løten, Noruega, el 12 de diciembre de 1863. Y saber más de algo supone desprenderse de estereotipos, al menos hasta cierto punto. “Hay una serie de ideas preconcebidas que el propio Munch fomentó, como la del pintor atormentado, desequilibrado, entregado artísticamente a la angustia existencial. Sin obviar eso, porque a él le interesa el interior del ser humano, hay un Munch muy radical, muy experimental, que tenía muy claro que, por encima de todo, quería ser artista”, explica Paloma Alarcó, jefe de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza y comisaria de Arquetipos, la muestra que se inaugura el próximo 6 de octubre. 

Más allá del arquetipo

Según la Real Academia Española, la palabra “arquetipo”, en el contexto de la psicología, tiene dos significados: “1. Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad. 2. Imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo”. Ambos casan con la idea de obra que el artista dejó clara en sus cuadros y en sus escritos: “Como Leonardo da Vinci diseccionó cadáveres y estudió los órganos internos del cuerpo humano, yo intento diseccionar el alma”.  Con toda su sensibilidad —o crudeza— retrató la angustia de la enfermedad, el vacío de la muerte, la melancolía el despecho, la sexualidad asesina, la soledad colectiva y muchos otros sentimientos primarios del ser humano. “Es fácil verlo solo con la mirada romántica del artista atormentado. Era sensible y reflexivo, pero también un artista de éxito, innovador y emprendedor, muy capaz de manejar su vida y su carrera”, aclara Jon-Ove Steihaug, director de Exposiciones y Colecciones del Museo Munch de Oslo y también responsable de la selección de cuadros de la muestra madrileña. En las dependencias del coqueto espacio expositivo de la capital noruega —que se mudará en 2019 a un espectacular nuevo edificio diseñado por el español Juan Herreros en la pujante zona de Bjørvika— se encuentra el grueso de la obra del pintor, expuesta o almacenada para su gestión en materia de investigación y préstamo a otros museos. 

En septiembre de 1908 Munch, con 45 años, abandonó su residencia de verano en Warnemünde y, aconsejado por su amigo E. Goldstein, ingresó en el Hospital Mental de Copenhague, en Dinamarca, dirigido por el entonces afamado doctor Jacobson. Presentaba un cuadro psicótico con manía persecutoria, agravado por una severa adicción al alcohol. Un oscuro y largo túnel al que llega después de años de frenesí personal y artístico, aunque ya con una importante reputación como pintor. Atrás quedaba aquel pobre niño de 5 años que perdió a su madre, Laura Catherine, que tenía solo 30, después de dar a luz a cinco hijos, a causa de la tuberculosis. La misma enfermedad que se llevó también a la hermana mayor de Edvard Munch, Sophie, a los 15 años. También el pintor fue un niño enfermo, que a menudo no podía ir al colegio por sus afecciones respiratorias, como describió años más tarde y Fuensanta Niñirola recoge en su libro: “La enfermedad era un constante elemento en mi infancia y adolescencia. La bacteria de la tuberculosis tornaba mi blanco pañuelo en una victoriosa bandera rojo-sangre. Los miembros de mi familia morían, uno tras otro”. 

La enfermedad y la muerte fueron muy importantes en su pulsión artística, con cuadros básicos en el conjunto de su obra como La niña enferma (1907) o Agonía (1915), ambos presentes en la exposición del Thyssen, en versiones posteriores a los originales. De hecho, el primero, originalmente de 1885, cuando aún vivía en Oslo, se encuadra en su incipiente impresionismo —para muchos, La niña enferma fue su primer gran trabajo, un punto de inflexión fundamental en su trayectoria—, mientras que el segundo, ya plenamente 
Saber más de Munch, gracias a los manuscritos que dejó, supone desprenderse de estereotipos
expresionista, data de 1895, después de haber vivido sendas etapas en París y Berlín. “Son cuadros en los que Munch no solo expone esos recuerdos de la infancia que tiene en su cabeza, también la influencia que tiene en él la lectura de escritores nórdicos, muy especialmente Ibsen. Además, tal como cuenta en sus escritos, afronta estas pinturas como una especie de lucha con el lienzo a través de trazos gruesos, incluso de rasguños. De La niña enferma hay siete versiones, más todos los grabados. Hay que mostrar la parte técnica, su reto, su radicalidad a la hora de afrontar nuevos lenguajes”, explica Paloma Alarcó. 

Pero no solo la enfermedad y la muerte marcaron la infancia de Munch, también la desmedida ferocidad de un padre, el doctor Christian Munch, amargado por las muertes de su mujer y su hija y empeñado en inculcar a sangre y fuego unos valores de los que Edvard pronto renegó. Con apenas 18 años, vive de forma independiente e integrado en Cristianía —antiguo nombre de Oslo desde 1624 hasta 1925—, con sus debates políticos de tintes anarquistas, su despojo de la religión y, en general, su repulsa a los principios morales que imperaban en la sociedad de la época. También entraron en juego las mujeres y el alcohol, fundamentales en el desarrollo de una parte importante de su vida y su obra. Ambos empezaron como juegos de juventud: la absenta en las mesas de interminables tertulias; el sexo, como extensión de las ideas libertarias sobre el amor, a través de una mujer casada. Y pronto adquirieron protagonismo. 

Las mujeres de Munch

“Se debatió toda su vida entre el amor y el odio a la mujer. Sentía mucho deseo y al mismo tiempo renegaba de ellas porque suponían una carga emocional muy pesada, era tan independiente que someterse a una relación le causaba un trauma. Y también estaba su faceta hipocondríaca: por los antecedentes de su familia estaba convencido de que la enfermedad habitaba en él, de tal forma que era mejor no casarse ni tener hijos para no transmitir lo que él veía como una maldición familiar”, explica Fuensanta Niñirola. 

Las relaciones sentimentales más importantes de Munch con las mujeres estuvieron marcadas por la angustia y los celos. Pero no solo las suyas. “¿Qué mujeres se relacionaban con los grupos de arte, con los bohemios en esa época? —continúa Niñirola—. Las que se salían del guion, o bien prostitutas o, como se decía antes, ligeras de cascos, intelectuales adelantadas a su época y, en general, de armas tomar. Eran promiscuas por provocación, por salirse de lo establecido, pero a Munch, que también tuvo siempre presente el modelo de mujer admirable de su madre o su hermana Inger, eso le sentaba como un tiro.”

Obras vitales como Melancolía (1892) —donde su amigo Jappe Nilssen aparece en primer plano con gesto de tristeza por el abandono femenino y los celos— o la serie Mujeres vampiro, que estará presente en la exposición, es un buen ejemplo de esa fobia que Munch parecía tener al poder seductor —pero también destructor— femenino. “Hay interpretaciones brutales de la mujer en su obra, un poco a la manera de Picasso, que las pintaba perfectas y cuando se enfadaba con ellas las cuarteaba o hacía añicos en sus cuadros.” 
La enfermedad y la muerte marcaron la infancia de Munch, también la desmedida ferocidad de su padre

Munch vivió toda esa angustia con Tulla Larsen, una mujer que ejerció una atracción fatal sobre él. Su relación, entre 1898 y 1902, pasó por todo tipo de vicisitudes, huidas, desaires, celos… hasta que terminó con una una fuerte discusión, en la que, pistola de por medio, el pintor acabó herido en una mano por un disparo accidental.  

Paso por el psiquiátrico

La angustia y la ansiedad formaron parte indivisible de la existencia de Munch, así como de su catálogo artístico. No solo las que le provocaron sus relaciones personales, sino también su conocido pánico a las multitudes, que refleja en algunos de sus cuadros más emblemáticos, como El grito (1895) o Ansiedad (1896), que estarán presentes en Madrid con dos versiones del autor en lápiz litográfico y blanco y negro. Son dos cuadros que además forman parte de “El friso de la vida”, conjunto de obras que, según el autor, aglutinan los sentimientos más básicos del ser humano (amor, miedo, muerte). Es el Munch del terror, el que expresa como nadie la soledad del ser humano y sus miedos en mitad de una muchedumbre fantasmagórica. El Munch que, pese a su lúcida producción artística, perdió poco a poco la cordura, sobre todo desde sus capítulos con Tulla y su descontrolada adicción al alcohol. El Munch que, tras pasar sin éxito por varios sanatorios y balnearios, ingresó, presa del pánico, en el Hospital Mental de Copenhague. Y que milagrosamente espantó sus miedos. 

En mayo de 1909, tras recibir un tratamiento integral que incluía hábitos saludables de alimentación, meditación, terapia psicológica tradicional y electroconvulsiva, Munch supera el trance y comienza una nueva vida, en casi todos los sentidos. “Le hacen una limpieza mental completa. Allí le quitaron sus adicciones, le obligaron a hacer vida sana, meditación y le trataron con electroshock. Hasta el punto de que llega a entender que a él lo que más le perturba en realidad es la convivencia con otras personas, y especialmente con las mujeres”, explica Fuensanta Niñirola. “Incluso durante la reclusión en el hospital, y pese a los tratamientos de electroshock, él escribió, pintó, hizo muchísimas fotografías, estaba en plenas facultades”, añade Paloma Alarcó.  
Estaba convencido de que la enfermedad habitaba en él 

Lo cierto es que el Edvard Munch que salió del hospital mental en mayo de 1809, nueve meses después de su ingreso voluntario, era otro. “Más allá del tratamiento y de que prácticamente abandona el alcohol, lo que condiciona el antes y el después es el hecho de volver  definitivamente a Noruega, donde se refugia en pueblecitos del fiordo. Allí se siente seguro y ya es un artista reconocido internacionalmente. Elabora los paneles para el Aula Magna de la Universidad de Oslo, realiza las mejores reelaboraciones de temas antiguos, es cuando hace más grabados, y sus cuadros nuevos tienen una especie de fuerza y una vitalidad que no tenían antes. Hay una cierta tendencia perversa a decir que todo lo que hizo después de 1909 no tiene interés, pero él se murió en 1944 e hizo cosas fantásticas, más monumentales, más expresivas”, afirma la comisaria de la exposición del Museo Thyssen. 

La angustia, el miedo, la muerte, la enfermedad, los celos, la sensualidad, etc. dejaron paso a una perspectiva mucho más positiva, con abundantes estudios sobre la naturaleza, escenas de trabajadores en el campo o desnudos femeninos despojados de la carga emocional previa. “No tuvo más ataduras emocionales, solo relaciones sexuales con mujeres de su entorno, incluso del servicio doméstico, pero no de igual a igual, intelectualmente hablando. Munch libera su alma, destierra los demonios que le perseguían, se siente en comunión con la naturaleza, con la gente sencilla…”, apostilla Niñirola. 

Aunque triste por la invasión nazi de Noruega y el asedio a su figura —el artista se negó a colaborar con ellos y sus cuadros fueron catalogados como arte degenerado—, Munch pudo poner a buen recaudo su obra y morir en paz consigo mismo en 1944. Para Jon-Ove Steighaug, del Museo Munch de Oslo, “él siempre tuvo un objetivo primordial en su vida de adulto, lo que más le importaba, que era ser un gran artista. Usó su propia vida para alcanzar esa ambición”. 

La gran muestra llega a Madrid

La exposición Arquetipos, que acogerá el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid del 6 de octubre de 2015 al 17 de enero de 2016, reunirá cerca de 80 obras del artista noruego. La muestra se ha dividido en nueve apartados, en los que se abordan algunas de las temáticas más recurrentes de la obra del autor: Melancolía, Muerte, Pánico, Mujer, Melodrama, Amor, Nocturnos, Vitalismo y Desnudos. “Cada sala estará dedicada a una temática, y acogerá obras de diferentes épocas, para entender mejor cómo evolucionan sus técnicas”, explica la comisaria de la exposición, Paloma Alarcó.