23/7/2019
Opinión

Niza y Múnich: causalidad y casualidad

Como dejó escrito Sánchez Ferlosio, la diferencia entre soldado y terrorista es esencial para que podamos entendernos

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Las muertes de Niza y Múnich, la voladura de Ansbach y toda la serie de atentados que han ganado el primer plano de la actualidad multiplican y hacen más perentoria la necesidad política, social y mediática de superar la angustia colectiva en que nos instala lo inexplicable. A la búsqueda de una salida que nos libere de la incertidumbre, la autoridad pública recurre de manera inmediata al principio de causalidad, en cualquiera de sus versiones.

En primera aproximación, tanto la casta como la gente, conforme a las acuñaciones terminológicas de Pablo Manuel, se traspone por igual a esos escenarios del crimen e imagina que sería cadáver. Sin duda, los espectadores de televisión, los oyentes de radio y los lectores de medios informativos o colgantes de las redes, después de permanecer expuestos a la recepción de impactos noticiosos, más bien confusos e inconexos, se sintieron permutables con los del Paseo de los Ingleses de Niza, la noche del jueves 14 de julio, o con los del centro comercial Olympia de Múnich, la tarde del viernes 22.

Por eso, el transeúnte querría acceder a una nueva versión del GPS que le permitiera comprobar en cada momento si sus coordenadas personales —geográficas, étnicas, sociales, religiosas, políticas, ecológicas, deportivas o sindicales— le posicionan dentro o fuera del perímetro objetivo de la amenaza, quiere saber si la amenaza le concierne, si está declarado enemigo a batir y por quién, cuál es el grado de prioridad que le ha sido conferido, quién lo ha determinado y sobre qué bases.

A cada individuo se le hace angustiosa la incertidumbre y prefiere liberarse de ella pudiendo pensar, en el caso de ser alcanzado por las balas o los explosivos, que se trata de un caso de mera casualidad, sin que nada le haya señalado como integrante de grupo de riesgo alguno. A partir de ahí, vendría el afán de calcular cuál sería la probabilidad de verse afectado y cómo podría disminuirse esa magnitud.     

Volvamos sobre la secuencia informativa, en la que —después de la confusión de los primeros momentos, a la que contribuyen, en régimen de gratis total, espontáneos de toda clase próximos al lugar del acontecimiento— se convoca la opinión de los expertos y de su mano se examinan las organizaciones, las causas y su modus operandi,  a partir de indicios significativos que permiten separar los campos magnéticos de la violencia. Sin impugnar las versiones canónicas de lo sucedido en Niza y en Múnich, aceptemos que era más adecuado asignar procedencia yihadista a lo del Paseo de los Ingleses y circunscribir lo del centro comercial Olympia a la iniciativa de un loco suelto. Esas atribuciones casan también mejor con las capacidades de respuesta de los respectivos gobiernos. El presidente francés, François Hollande, puede, bien peinado, ordenar bombardeos desde el portaviones Charles De Gaulle, mientras que la canciller alemana, Angela Merkel, se ahorra quedar en evidencia, privada como está de semejantes recursos aeronavales por la sobredosis armamentista aún recordada.

Jamás llamaría politólogo a Rafael Sánchez Ferlosio, pero es quien mejor ha dejado establecida la disparidad entre el terrorista y el soldado, cuestión capital para entendernos. Al soldado le basta que el enemigo quede aniquilado, mientras que para el terrorista es esencial haber sido él y no otro el agente de la aniquilación. Así que, tanto como el efecto en el matado cuenta el efecto sobre el matador. Este segundo efecto es una atribución, un valor a inscribir en el haber de la persona: no tiene más forma de realidad que la de la palabra, ninguna otra vigencia que la de noticia. El terrorista, pues, hace para haber hecho, mata para haber matado, y cuando “reivindica” una muerte está diciendo “póngase a mi nombre”, “apúnteseme a mí”.

Concluye Ferlosio que “lo que le importa al terrorista, a diferencia del soldado, no es que su víctima muera (o esté muerta), ...sino poner (tener) en su haber nominal el haberla matado”. Al yihadista le aguardan además en el paraíso las huríes del profeta. Entre tanto, pugnan dos escuelas de pensamiento abanderadas por Olivier Roy y Gilles Kepel en el intento de explicar el fenómeno del yihadismo exprés. Para una, los terroristas que habitan entre nosotros son islamistas que se radicalizan; para otra, los terroristas son radicales que se islamizan entendiendo que así dignifican una vida como la suya, estigmatizada por el crimen y los tráficos delictivos, al modo en que hace años se alistaban con ese mismo afán en la Legión Extranjera, en la que pasaban a ser caballeros del honor. Entendido.