3/8/2020
Internacional

Oda a la alegría en la frontera

Cerca de 200.000 migrantes y refugiados han llegado a su destino en Europa atravesando Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia y Hungría

Boštjan Videmšek - 18/09/2015 - Número 1
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Oda a la alegría en la frontera
El refugiado sirio Rami Basisah toca el violín en la frontera entre Grecia y Macedonia.jure Eržen / delo
El atardecer caía sobre la llanura en la frontera entre Macedonia y Grecia. Bajo los árboles, y apoyados en los puestos fronterizos abandonados que todavía marcan el ya inexistente estado de Yugoslavia, grupos de refugiados sirios y afganos, visiblemente cansados, aguardaban una señal.
Lo que en realidad estaban esperando era el permiso oficial para continuar con el siguiente tramo de su odisea hacia el corazón de Europa. Este año, unos 200.000 migrantes y refugiados han llegado ya a su destino a través de Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia y Hungría. Mientras se escribe este reportaje, al menos el mismo número todavía está de camino.

En el lado griego de la frontera, uno tras otro los grupos de recién llegados recorrían, por las vías del tren, el duro camino hacia el improvisado centro de acogida. En un esfuerzo cuidadosamente coordinado, las policías griega y macedonia les permitían atravesar el cuello de botella en la “frontera salvaje”, que, solo en la última semana, han cruzado varios miles de personas cada día.
En el centro de acogida, instalado por las autoridades macedonias hace varias semanas, Rami Basisah, de 24 años, abrió su mochila y sacó un violín. Le dio unos golpes delicados y empezó a afinarlo. El aparentemente tímido e introvertido joven se puso delante de unos 600 migrantes y refugiados que esperaban el tren especial hacia la frontera serbia, la siguiente etapa en su viaje hacia la que, algunos de ellos, todavía consideraban la tierra prometida.

Rami, que había estudiado música en la ciudad siria de Homs, necesitó unos momentos para armarse de valor. Sus amigos le estaban animando a respirar hondo y empezar a tocar sin más. Los policías macedonios —muchos llevaban 30 horas de servicio— miraban boquiabiertos, con una mezcla de inquietud y confusión. Algunos intercambiaron miradas silenciosas, preguntándose si deberían confiscar el instrumento. Su trabajo es muy estresante y exigente, y la mayoría no ha recibido una preparación adecuada. Al fin, un policía hizo una señal de asentimiento a Rami para indicarle que podía empezar.
Comenzó despacio. La melodía se oía tan bajo que era casi trémula. Las conversaciones entre los refugiados se pararon de repente; las burlas de los niños se transformaron en asombro en un instante. Incluso los policías empezaron a sonreír. Parecía que la melodía les resultara familiar; al menos algunos debían de haberla escuchado antes.

La reacción de su auditorio permitió al joven músico sirio relajarse. Estaba cada vez más concentrado. Sus opresivos pensamientos se desvanecían, y ya solo se guiaba por puro amor. Empezó a sonreír. Su rostro se iluminó con tierna ironía.

Era la Oda a la alegría, de Beethoven. El himno oficial de Europa. ¿Ironía? ¿Una buena broma? ¿Un golpe de brillante análisis político? ¿Psicoterapia espontánea?

El conflicto sirio
es peor que cualquiera
de los grabados en
nuestra corta
memoria histórica

Los policías, ahora, seguían el ritmo con sus botas. Los migrantes batían palmas con entusiasmo para alentar al chico. Después de terminar con la obra de Beethoven, Rami se detuvo unos segundos. Luego eligió una canción siria tradicional, patriótica, muy triste y a la vez ferozmente orgullosa. Sus amigos —todos provenientes de la devastada Homs, todos hombres y mujeres jóvenes, urbanos y cultos— empezaron a cantar. Pronto, más y más refugiados se les sumaron. Hombres ancianos curtidos, que habían visto y soportado mucho, empezaron a llorar. Las mujeres abrazaron a sus hijos un poco más fuerte. 

Rami tocó y tocó. Nuevos refugiados siguieron llegando al lugar mientras el sol se ponía en el horizonte. La impresionante actuación concluyó con una pieza de Las cuatro estaciones, de Vivaldi, una elección obvia pero aun así inspirada. Ante el abrumador sonido de los aplausos, Rami hizo una tímida reverencia y guardó su instrumento.
 
“Pido disculpas, cometí muchos errores. Estaba tan nervioso... Este es mi violín de reserva, es muchísimo peor que el que acabó en el mar”, me dijo el joven músico mientras aún respiraba con dificultad debido al esfuerzo.

La ruta de los Balcanes

Rami abandonó Siria hace unos 40 días. Antes había pasado dos años como refugiado en su propio país. Dos semanas atrás, él y sus amigos optaron por la “ruta clásica” desde Turquía a la isla griega de Kos. Para ellos, la travesía por mar había sido la parte más estresante, peligrosa y aterradora del viaje. La maleta que llevaba el primer violín de Rami fue arrojada al mar Egeo. “Todavía duele”, me dijo con un hilo de voz, haciendo un esfuerzo por sonreír.
Aparte de eso, el joven, que desea continuar sus estudios en cualquier universidad europea dispuesta a darle una oportunidad, rehusó hablar mucho de sí mismo. En cuanto dejó su violín “de reserva”, sus movimientos se hicieron más rígidos y su cara se fue contrayendo de nuevo. “Mi objetivo es ayudar a mi hermano, que huyó de Homs al Líbano hace dos años. Cuando se fue, me prometió ayuda para ponerme también a salvo. Trabajó muy duro en el Líbano. Tan pronto como consiguió dinero suficiente para mi viaje a Europa me lo envió. Ahora él ha perdido su trabajo y mi deber es ayudarle. Le debo la vida.”
. . .
El tren, que venía de la cercana Gevgelija, se detuvo para llevar la siguiente remesa de personas hasta Tabanovci, una ciudad situada en la frontera entre Serbia y Macedonia. Durante las últimas semanas, el centro de acogida también ha funcionado como estación de tren para los refugiados. Este era el cuarto tren del día, cada uno con capacidad para 600 o 700 personas. El resto de migrantes alcanzó la frontera serbia con la ayuda de autobuses y taxis. 
Durante las últimas semanas, el negocio del transporte local ha estado prosperando mucho, a pesar de que el fin de semana pasado, cuando el flujo estaba en su nivel más alto, una inspección oficial intervino para frenar el negocio sucio. Ni siquiera eso pudo interrumpir la economía de guerra. En esta área, en teoría aislada, los arbustos estaban siempre llenos de comerciantes locales, instalados allí para vender a los refugiados cigarrillos, agua y tentempiés al doble de precio. Y, si les preguntabas qué tal les estaba yendo, escupían y te ponían al corriente: “Tío, estos afganos… maldita sea, ¡no les queda dinero!”.
. . .
Cuando los frenos empezaron a chirriar, el tren comenzó a pararse. Para evitar el caos, los policías organizaron a los migrantes y refugiados en varios grupos más pequeños. Los viajeros, cansados y sucios, repetían que tenían prisa y preguntaban todo el tiempo cuándo estaba previsto que partiese el próximo convoy hacia la frontera serbia. El pánico comenzó a apoderarse de estos hombres y mujeres exhaustos. Unos días más y ya no sería posible cruzar la frontera húngara. Para miles y miles de personas, esto significaría quedar atrapados en los Balcanes.

El conflicto sirio

Una niña de 3 años se despertó de un profundo sueño. En cuanto sintió el caos nocturno de la multitud inquieta, las lágrimas empezaron a correr por su cara. Los policías permitieron a los inválidos, a los heridos, a los enfermos graves y a las madres con bebés ponerse al principio de la larga cola para cruzar la frontera. Oí a uno de los policías preguntar a un compañero por qué un hombre de 75 años —devastado por varias enfermedades graves— habría siquiera partido en este viaje para cruzar medio mundo y llegar a Alemania.

"¡Necesitamos coger
ese tren! No tenemos 
dinero para un taxi.
En Turquía nos robaron
los traficantes"


¿Por qué? Porque el conflicto sirio es peor que cualquiera de los grabados en nuestra corta memoria histórica. Porque en los últimos cuatro años y medio ha matado a 260.000 personas. Porque 11 millones de seres humanos han sido obligados a abandonar sus casas, 4,5 millones de los cuales han huido a los países vecinos. Porque amplias zonas del país han sido arrasadas. Porque el presente está destruyendo cualquier posibilidad de un futuro soportable —¡recuerda Palmira!— borrando todo rastro del pasado. Porque los países occidentales, que ahora están tratando a esta gente como residuos nucleares, no han hecho nada para finalizar la guerra, más bien, han hecho mucho para asegurarse de que continúe.
. . .
“Tenemos prisa. ¡Necesitamos desesperadamente coger ese tren! No tenemos dinero para un taxi. En Turquía nos robaron los traficantes”, me contó un hombre llamado Saeed mientras esperaba nervioso casi al final de una de las colas. Este profesor de inglés de 26 años era natural de la ciudad siria de Latakia, el bastión del régimen de Al Asad.

Saeed huyó de la ciudad costera porque se negó a unirse a las fuerzas del Gobierno. Hasta el momento, la fuerte presencia de las tropas del régimen había evitado a la ciudad la mayoría de las batallas, pero la movilización se estaba haciendo inevitable. Él se negó a disparar a su propia gente y a tomar parte en la destrucción de su patria. Cuando fue su turno de partir hacia el frente, las dos opciones obvias eran ir a matar a sus compatriotas, que luchaban por la libertad, o pudrirse en una celda del régimen y sufrir episodios ocasionales de tortura salvaje. Decidió tomar la tercera opción, que era escapar. A cualquier parte.

“Hace unos meses hui de Latakia por las colinas cercanas, controladas por el Ejército Sirio Libre. También querían que me uniese a ellos, pero les dije que no. Mi mujer acababa de dar a luz. Ahmed tiene ahora 7 meses, y no quería que creciera sin padre. Así que durante un tiempo enseñé inglés en una de las escuelas situadas en territorio controlado por el Ejército Sirio Libre. Luego todo el pueblo fue destruido por un ataque aéreo del Gobierno. La mayoría de mis vecinos y amigos fueron asesinados. Yo fui el que tuvo que recoger lo que quedaba de sus cuerpos y tratar de recomponerlos. Me podría haber vuelto loco con facilidad. Todo era horrible. Tan pronto como pude cogí a mi mujer y a mi hijo y huimos a Turquía.” Saeed continuó con su relato, lanzando miradas impacientes hacia el tren y los policías. “¡Tenemos que seguir! ¡Tenemos que hacerlo!”

Maratón de natación

Saeed es uno de los ocho refugiados sirios que nadaron de Grecia a Turquía. Después de ser estafados y robados por los traficante turcos, no tuvieron más remedio que hacer a nado los 12 kilómetros hasta la isla griega de Kos. Pasaron 16 horas en el agua. Tenían mucho frío, pero habían conseguido amarrar algunos chalecos salvavidas que les permitieron descansar lo suficiente. Metieron todas sus pertenencias en unas bolsas impermeables que ataron a sus cinturas. Mientras avanzaban con lentitud, fueron adelantados por varias lanchas que llevaban a sus compañeros refugiados.
“¡No tenía miedo en absoluto!” Saeed me sonrió con el esforzado optimismo de un superviviente: “¿No me crees? ¡De verdad no era nada especial! He pasado toda mi vida al lado del mar. Soy un excelente nadador, sabía que podía hacerlo. Solo tenía que pensar en mi mujer y mi hijo, que se han quedado atrás en Turquía. En cuanto sea posible vendrán a reunirse conmigo en Europa. Ah, y los amigos que nadaban conmigo: ¡tampoco fue un problema para ellos!”
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Saeed y sus compañeros de travesía llegaron finalmente a Kos cuando la situación se había vuelto más caótica. Los policías golpeaban abiertamente a los migrantes, que también se pegaban entre sí. A 500 metros de la costa, los nadadores sirios, helados y deshidratados, fueron recogidos por la Guardia Costera griega. “Nos insultaron y nos zarandearon un poco. Cuando llegamos a la costa, empezaron a pegarnos, fue horrible. No sabíamos qué hacer o a dónde ir. Los otros refugiados nos dijeron que teníamos que registrarnos en la comisaría, ya que no se nos permitía continuar el viaje sin los papeles necesarios. Obtuvimos nuestros permisos después de cinco días. Nos subimos de inmediato a un ferri hacia Atenas. Ni siquiera hicimos una parada allí —sabíamos muy bien lo que estaba pasando en la frontera húngara—. Cogimos un autobús para Tesalónica y avanzamos hacia la frontera, a donde llegamos hoy a las seis de la mañana”, concluyó Saeed su relato. Me dijo además que no recordaba cuándo había sido la última noche que había descansado bien. “Pero no debo dejar que nuestro cansancio se lleve lo mejor de nosotros. ¡Se lo debemos a nuestras familias! ¡Se lo debo a mi hijo! Debemos continuar, y nada nos va a detener”, añadió, y me dio la mano con firmeza.

P. D.
A pesar del restablecimiento de los controles fronterizos en Alemania y otros estados del espacio Schengen,  Saeed pasa los días en un gran campo de refugiados en Múnich. Mientras espera a que las autoridades resuelvan su solicitud de asilo, está en contacto permanente con su familia en Siria y Turquía. Se enteró de que su mejor amigo murió mientras trataba de cruzar de Turquía a Grecia.