14/10/2019
Análisis

¿Para qué fuimos a Afganistán?

Han fracasado tanto la aparatosa estrategia militar como las mucho menos dotadas medidas sociopolíticas y económicas

¿Para qué fuimos a Afganistán?
Fuerzas de seguridad afganas en Kunduz tras la retirada de la ciudad de los insurgentes talibanes. NASIR Waqif / AFP / Getty Images
“Cuando desperté, las tropas extranjeras todavía estaban aquí”. Así, parafraseando a Monterroso, cabe imaginar a cualquier afgano, consciente de que su país no logra librarse de la violencia y de la presencia de actores externos. Antes de que Washington invadiera el país (el 7 de octubre de 2001), Moscú y Londres —dejando de lado épocas pretéritas de protagonismo persa, árabe, turco y mongol— ya habían dirimido sus diferencias durante el siglo XIX en lo que se conoció como el Gran Juego, disputándose el control de Asia Central y el Cáucaso. Y luego fue Londres, como hegemón mundial, quien decidió establecer en 1893 la Línea Durand —marcando el límite de su dominio occidental de la India— y quien creó Pakistán en 1947 —con la frontera occidental siguiendo dicha línea— para volver nuevamente a Moscú en 1979-89, en defensa de su ocasional aliado comunista.

Esa impuesta demarcación fronteriza afgano-paquistaní fragmentó al pueblo pastún, la minoría más representativa del histórico reino afgano creado en 1747, estableciendo una permanente tensión alimentada por su aspiración de crear un Estado propio. No es ese el único factor que explica la inestabilidad estructural de Afganistán: también hay que tener en cuenta el efecto de las continuas fricciones con otras minorías (tayikos, uzbekos, hazaras…) que luchan por evitar su marginación y la constante injerencia de Islamabad y Nueva Delhi, interesados en colocar a Kabul bajo su órbita. Todo ello sin olvidar que la compleja orografía afgana dificulta hasta el extremo la consolidación de una autoridad central con capacidad para hacer sentir la acción estatal en todos los rincones de un territorio carente de las más básicas infraestructuras.

Fracaso en toda regla

La reciente decisión de Barack Obama de mantener al menos 5.500 efectivos militares en el país, más allá de 2016, solo puede entenderse como la señal más clara del fracaso cosechado en estos últimos años. Recordemos que, tan solo tres semanas después del 11-S, George W. Bush ordenó la invasión de Afganistán con la intención declarada no solo de castigar a sus responsables, sino también de democratizar un país en el que los talibanes y Al Qaeda habían logrado consolidar un emirato yihadista, percibido como una amenaza mundial. Catorce años después, y tras la finalización de las labores de combate de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, por sus siglas en inglés) en diciembre de 2014, Afganistán no solo no se ha democratizado, sino que está muy lejos de emprender una mínima senda que garantice la seguridad de su territorio y que atienda las necesidades elementales de sus más de 30 millones de habitantes.

EE.UU. hace ya tiempo que ha reducido su nivel de ambición desde la democratización a la mera estabilización 

Y todo eso tras desplegar una misión que ha llegado a ser  la más ambiciosa de la historia de la OTAN —hasta rondar los 150.000 efectivos (más del 70% estadounidenses), acompañados de casi otros tantos “contratistas privados”— y tras activar en paralelo una operación estadounidense, Libertad Duradera, dirigida a destruir a Al Qaeda. Aunque Osama Bin Laden haya sido eliminado —en una acción que tuvo mucho más de venganza que de justicia—, el monstruo ya estaba creado desde mucho antes (con la bien conocida implicación de Pakistán y el propio EE.UU. durante los años de ocupación soviética). Y a pesar de que su núcleo central ha sido severamente castigado, sus franquicias locales siguen gozando de capacidad y voluntad para seguir matando.

Por su parte, los talibanes nunca han sido realmente derrotados. Fue precisamente ese error de interpretación, junto a la carga mesiánica de la administración Bush, lo que llevó a reducir el esfuerzo en Afganistán para iniciar la invasión de Irak, en marzo de 2003. La rápida caída de su régimen fue interpretada erróneamente por Washington como el fin de la amenaza de quienes, muy poco antes, habían sido tratados como aliados instrumentales para pacificar un Afganistán violentado por los choques fratricidas que siguieron a la retirada soviética. Lo que en realidad ocurrió es que gran parte de ellos (pastunes en su inmensa mayoría) simplemente se difuminaron en un terreno que conocían mejor que las tropas invasoras y buscaron refugio en las zonas paquistaníes pobladas, asimismo, por pastunes. 

Como tantas veces han repetido sus portavoces a los ocupantes, “ustedes tienen el reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”. Ahora, cuando apenas quedan unos 13.000 efectivos extranjeros sobre el terreno —en el marco de la operación Apoyo Resolutivo— y las fuerzas armadas y de seguridad afganas (unos 350.000 efectivos) deberían asumir la tarea de garantizar la seguridad de la población y del territorio, comprobamos con crudeza que el inmenso capital desembolsado en instruirlas y equiparlas para ello ha sido dilapidado en una mezcla de corrupción y nula eficacia de un aparato estatal inoperante.

Falta de convicción

Las señales más visibles del fracaso cosechado se concretan en que 2014 ha sido el año más violento (en número de muertos y heridos) y en que la economía sigue siendo igual de dependiente del cultivo de la amapola opiácea (sin alternativas a la vista que permitan imaginar la explotación a corto plazo de las inmensas riquezas del subsuelo). También en que el tándem Ghani-Abdulá no ha logrado normalizar la situación política frente a poderosos “señores de la guerra”, el clan Haqani, Dáesh y las numerosas bandas criminales y de narcotraficantes que pululan a sus anchas por el territorio. Los talibanes, entretanto, se atreven a atacar Kabul (como en agosto pasado) y a tomar en septiembre una ciudad como Kunduz (aunque no hayan logrado consolidar su control), sin dejar de lado unas negociaciones con Kabul (paralizadas actualmente) en las que esperan obtener una buena porción de la tarta del poder. 

España ha puesto fin a sus 14 años de aventura afgana, 102 muertos y más de 3.700 millones de euros después

A pesar de los más de 83.000 millones de dólares comprometidos en las nueve conferencias internacionales de donantes celebradas desde 2003, el Gobierno de Ghani-Abdulá no tiene hoy medios para cubrir las necesidades básicas de la mayoría de la población (Afganistán ocupa el puesto 169 en el Índice de Desarrollo Humano). Ni para acabar con la generalizada corrupción que coloca al país como uno de los tres más corruptos del mundo. Tampoco dispone de medios para comprar la paz social en un escenario tan fragmentado internamente ni para cubrir el presupuesto de unas fuerzas armadas y de seguridad que malviven de la caridad internacional con 4.100 millones de dólares anuales.

Dicho de otro modo, han fracasado tanto la aparatosa estrategia militar como las mucho menos dotadas medidas sociopolíticas y económicas. Y nada permite asegurar que se mantenga indefinidamente la ayuda internacional a unos gobernantes cada vez más cuestionados por su propia población, ni que estos vayan a poder romper la espiral de subdesarrollo e inseguridad que caracteriza a Afganistán. Visto así, y una vez descartada la opción de un nuevo despliegue masivo de tropas extranjeras, Washington hace ya tiempo que ha reducido su nivel de ambición desde la democratización a la mera estabilización: se limita a impedir que vuelva a surgir allí un santuario yihadista de alcance global. Por su parte, a los talibanes se les presenta un panorama en el que ya se ven como vencedores netos. Confían tanto en sus propias fuerzas como en el creciente apoyo de comunidades que ya no esperan nada de las autoridades del Estado, en el cansancio internacional (UE incluida) y en la falta de interés paquistaní para salvaguardar la frontera común.

Y mientras tanto, Dáesh va asentando también sus reales en suelo afgano. No solo para sacar tajada del descontrol existente, sino también para seguir restándole protagonismo a una Al Qaeda con la que compite por el liderazgo del yihadismo global. Y Moscú, con ocasión de la reciente cumbre de la Comunidad de Estados Independientes celebrada en Astana el pasado día 16, ya explora la idea de crear una fuerza militar conjunta con algunos de sus aliados de Asia central para intentar frenar el previsible auge de la amenaza yihadista y talibán en las zonas fronterizas. Y quizás por todo eso, más el efecto de la crisis económica, España acaba de poner prácticamente fin a sus 14 años de aventura afgana, 102 muertos y más de 3.700 millones de euros después.



 

Actores en presencia

Tres son los referentes principales en la escena afgana: el tándem Ashraf Ghani-Abdulá Abdulá, el mullah Ajtar Mansur y el clan liderado por Jalaludin Haqani. Los dos primeros dirigen ex aequo el Gobierno, atados por un acuerdo pergeñado por Washington para salvar el bloqueo producido en las elecciones de 2014. Ambos formaron parte de gobiernos de Karzai. Se identifica al primero como un pastún continuista (muy próximo a EE.UU.) y al segundo como un opositor, con buena imagen internacional y apoyos entre los tayikos.

Mansur alcanzó el liderazgo del movimiento talibán tras conocerse (con dos años de retraso) la muerte del mullah Omar, de quien era su segundo. Todo indica que ha logrado asentar su posición, una vez que han aceptado su autoridad tanto los hijos de Omar como Haqani (logrando así que su hijo pase a ser el segundo en la jerarquía del movimiento). Se le supone partidario de la negociación con el Gobierno de Kabul. Hay serias dudas sobre si Jalaludin Haqani sigue vivo. En todo caso, este poderoso clan se mueve a ambos lados de la Línea Durand, combinando acciones violentas contra el Gobierno y EE.UU. con actividades criminales ligadas al narcotráfico, mientras cambia frecuentemente de bando.

Pakistán, duda eterna

Como enseña la historia militar y muestran los años transcurridos desde la invasión estadounidense de Afganistán, es prácticamente imposible derrotar militarmente a un enemigo que cuenta con un refugio  seguro al otro lado de la cuestionada Línea Durand, que a lo largo de 2.640 kilómetros marca la división entre Afganistán y Pakistán, atravesando zonas de abrumadora mayoría pastún (principal seña de identidad del movimiento talibán).

El interés paquistaní por Afganistán se centra en intentar dominarlo —bien debilitándolo hasta el extremo o, mejor, colocando a sus aliados locales en Kabul— o, como mínimo, en evitar que la India pueda ejercer allí una notable influencia. De suceder esto último, Islamabad tendría que atender simultáneamente dos frentes —lo que supera de largo sus capacidades—, en lugar de enfocar su esfuerzo contra lo que considera su principal amenaza de seguridad: India (con el contencioso de Cachemira en primer término).
Para ello, Islamabad no ha tenido reparos en apostar por afganos refugiados en su territorio. Primero los llamados muyahidín (luchadores por la libertad) contra los soviéticos, y luego los talibán (estudiantes de la religión islámica) contra los “señores de la guerra”. La ensoñación maquiavélica de los gobernantes de Pakistán (y, sobre todo, de sus altos mandos militares y de la poderosa agencia de inteligencia, ISI) los llevó a pensar que podrían jugar con fuego sin quemarse, controlando en todo momento a un actor que muy pronto demostró que tenía su propia agenda. De ese modo, los talibanes no solo se limitaron en los primeros años 90 a controlar territorio afgano, hasta hacerse con Kabul en apenas dos años: también lograron ampliar su radio de acción a Pakistán, principalmente en las denominadas Áreas Tribales bajo Administración Federal (con Waziristán como feudo principal).

En estas provincias, que nunca han sido controladas realmente por Islamabad, los talibanes (y Al Qaeda en su momento) se han podido mover a sus anchas, arropados por una población local afín a sus planteamientos y conscientes de que Pakistán no se atrevería a lanzar operaciones militares a gran escala para no verse empantanado en un conflicto sin salida a la vista. Como resultado de ello, y a pesar de los drones y las unidades de operaciones especiales estadounidenses, los talibanes afganos han podido golpear objetivos afganos sin desmayo, empleando las áreas paquistaníes fronterizas como zonas de descanso, preparación y refugio seguro, al tiempo que los talibanes paquistaníes han ido incrementando su desafío a Islamabad, hasta convertirse hoy en una significativa amenaza para el Gobierno.
A pesar de los reiterados intentos afgano-paquistaníes por aunar fuerzas contra el que ahora ya perciben como un enemigo común, con la notable mediación de Washington, perviven las suspicacias y las acusaciones mutuas. Quizás estén llegando demasiado tarde.