15/12/2019
Análisis

Paro: ¿tragedia o dramatización?

Irrita que no seamos capaces de alcanzar un diagnóstico concertado sobre la realidad del empleo en España, y resulta razonable pensar que sin este diagnóstico estamos perdidos

Marcos Peña - 08/07/2016 - Número 41
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Paro: ¿tragedia o dramatización?
Desempleados en la cola del paro en Madrid. DANI POZO / AFP / Getty
Hace un cierto tiempo (todo parece ya, desgraciadamente, que ha pasado hace un cierto tiempo), publicó Aris Accornero su conocido trabajo I paradossi della disoccupazione [Las paradojas del desempleo]. Hasta el título era bueno. Lamentaba la dificultad para comprender el problema, su banalización, su desvarío estadístico: “El tipo de atención prestada por periodistas, sindicalistas, políticos y economistas conduce a falsear su propia imagen. Estas cifras que trimestre a trimestre se repiten, esas declaraciones cada vez más preocupadas, esos llamamientos solemnes a combatir el mal, esa miríada de razonables papers y medidas inaplazables que los organismos internacionales sacan cada día del horno no consiguen otra cosa que drogar la atención y producir hastío”. Era 1986 y las cosas, desde entonces, no dan la impresión de haber mejorado. Arrecia el bombardeo de las baterías estadísticas y no es fácil comprender ni las cifras ni la realidad que estas esconden. Eso sí, cualquier momento es bueno para prometer.

“Yo crearé un millón de puestos de trabajo, yo dos, yo tres, y de calidad.” En fin, ahí están los empleos, en alacena, y no hay otra cosa que hacer —sobre todo si se es buena persona— que entrar al almacén y comprar. Y cuanto más, mejor. Asombran y conmueven las propuestas, se mantiene inalterado el silogismo clásico: “El problema es tan grave que parece que no haya nada que hacer, ergo se necesita hacer algo inmediatamente”. Gente de buena fe asaltada por un ataque agudo de razón tiene la solución al problema. Es cierto que a menudo lo más pavoroso de los problemas sociales radica en las soluciones propuestas. Y no menos cierto es que una situación tan grave como esta exigiría una cierta contención expresiva, un esfuerzo para no utilizar el paro como un garrote político, una mayor honestidad con los desempleados para no generar en ellos  falsas expectativas. Un compromiso para evitar la dramatización hipócrita del fenómeno. Intentemos primero acercarnos a la realidad del desempleo.

Cronificación y desigualdad

Nosotros tenemos mucho paro, tenemos mucho paro desde hace mucho tiempo y tenemos muy mal paro. Es un problema grave que tiende a la cronificación y alienta la desigualdad.

En el último trimestre de 2007 trabajaban en España 20.500.000 personas, cifra jamás vista en nuestro país, cuya ocupación hasta mediados de los 90 rondaba los 12.000.000.

El conocimiento es la verdadera riqueza de la nación, y el factor humano es y será el factor estratégico

Se destruyeron, casi de repente, 3.500.000 puestos de trabajo (les recuerdo que solo en 2009, 1.300.000) y era impensable que el cuerpo social no quedara gravemente dañado.
Un daño que en los últimos dos años ha disfrutado de un cierto alivio, que es insensato no reconocer ni celebrar: 477.000 ocupados más en 2014, 524.000 ocupados más en 2015.

Pero son muchos los que quieren trabajar y no pueden, son muchos y muy distintos. Cabe hablar de todo salvo de homogeneidad del paro. El paro está muy mal distribuido territorialmente, por edad, por género, por nivel de conocimiento, por nacionalidad, por duración, etc. Un solo ejemplo: en España contamos con cerca de 2.000.000 de trabajadores desempleados de más de 45 años, la mayoría en paro de larga duración, y de ellos 1.500.000 solo tienen educación básica. ¿De verdad que tendremos el desenfado de prometerles una nueva ocupación gracias a las políticas activas de empleo?

Esto es lo que tenemos, y esto es lo que tenemos en una estructura empresarial no del todo hospitalaria.

A la zaga de la realidad

En nuestro país existen 1.250.000 empresas, un millón de ellas con menos de cinco trabajadores, solo 4.500 con más de 250 trabajadores. Casi 12.000.000 de trabajadores (11.900.000) no cuentan con ningún empleado a su cargo. Y es aquí, y desde aquí, donde nacerá el empleo.

Se calcula que el 60% de los niños que entran en la guardería comenzará una carrera universitaria que hoy aún no existe

Como se darán cuenta no es que sea un hábitat especialmente favorable para promover la formación profesional y el conocimiento. Lo que, como ya estamos hartos de escuchar (y de compartir), es la única herramienta de trabajo.

Como es natural, el conocimiento de los problemas no origina su solución, hay que ir un poco más allá. Conocer para transformar.

Irrita que no seamos capaces de alcanzar un diagnóstico concertado sobre la realidad del empleo en España, y resulta bastante razonable pensar que sin este diagnóstico estamos perdidos. Si pensamos que el paro es consecuencia de la maldad del otro; si estamos convencidos de que por inaugurar un nuevo contrato de trabajo lograremos la estabilidad en el empleo, olvidando que lo determinante es el trabajo y no el contrato; si realmente creemos que la derogación normativa conducirá a la recuperación salarial y al bienestar es que realmente hemos perdido la cabeza, o incluso algo peor (la sabia advertencia de Marx): “El derecho va a la zaga de la realidad”.

Y la realidad que nos incumbe, o acecha, es extremadamente compleja y preocupante en lo que al empleo se refiere.

Comencemos por recordar que el desplazamiento de la centralidad del valor trabajo ya hace tiempo que es una realidad. Y dicho desplazamiento ha arrinconado la cultura tradicional del trabajo que animaba y formaba nuestra sociedad; la corporización social a través del trabajo, la sociedad inspirada en los valores del trabajo: esfuerzo, disciplina, solidaridad, compañerismo, mérito…

Con tanta reforma, se ha depositado en el mercado laboral una inflación de expectativas que no puede satisfacer

Se desplaza la centralidad y la propia naturaleza del trabajo. No me quiero extender en la robotización, en la economía digital, en la economía colaborativa o en la evolución demográfica, pero el futuro (que ya está aquí) no resulta muy atractivo: mercado de trabajo cada vez más polarizado, nuevos puestos de trabajo con reducida capacidad contributiva —lo que pone en riesgo la financiación de nuestros pilares básicos de convivencia— y achatamiento de la población activa, lo que enreda el conflicto intergeneracional.

Si no somos conscientes de la gravedad y de la complejidad, todo paso adelante que demos será para acercarnos más al precipicio. Lo primero, ya lo hemos dicho otras veces, es comprender. Y los datos estadísticos deberán ayudarnos, pero a menudo, más que alumbrar, deslumbran, y no solo respecto al paro, también respecto a la productividad, salarios, competitividad, etc.  Incluso en algo que no sería tan difícil de conocer como emigración de jóvenes o riesgo de pobreza. Dos ejemplos significativos: ¿es cierto el cálculo de Luis Garrido de que solamente el 0,26% de la cohorte de edad entre 28 y 41 años ha efectivamente emigrado?, ¿tiene razón Emilio Lamo de Espinosa cuando fija la tasa real de desempleo juvenil en el 24,8% y la de “carencia material severa” en el 7,1%, mejor que Reino Unido (7,3%) o Italia (11,5%)?

Insisto, este es el primer objetivo, el del diagnóstico compartido. ¿Y a partir de aquí?

Lo primero es no hacer daño

Quizás no fuera del todo insensato recordar la primera regla hipocrática, “lo primero, no hacer daño”, y algo más, no tan difícil de conseguir: ponerse de acuerdo en lo que no hay que hacer.

No es discutible que el objetivo esencial es el conocimiento. Esa es la verdadera riqueza de la nación, y el factor humano es y será el factor estratégico. Formar a personas capaces de adaptarse al cambio (recordemos que se calcula que el 60% de los niños que entran en la guardería comenzarán una carrera universitaria que hoy aún no existe). Apostar por el conocimiento —que abarca desde la guardería a la investigación pasando por la formación profesional— debería animarnos hacia un compromiso nacional por el conocimiento, que en verdad no parece inmediato. Aun de existir, tampoco sus efectos serían inmediatos: se trata de un compromiso cuyos efectos obviamente no son a corto plazo. En el mejor de los casos habría que seguir gestionando una realidad bastante áspera.

Los agentes sociales están acostumbrados a conciliar intereses, y estos se concilian mejor que las ideologías

No sería malo que durante este periodo nos olvidáramos de los milagros normativos. El mercado laboral está exhausto de tanta reforma. Se ha depositado en él una inflación de expectativas que es incapaz de satisfacer. No puede crear empleo, no puede reducir el desempleo juvenil, no puede acabar con el paro de los mayores de 45 años, no puede acabar con la temporalidad. No puede. Por muchas reformas laborales que se hagan. No puede, ni ha podido, ni podrá. Son 25 años de reformas, y en esto, al menos solo en esto, sería bueno moderar el reformismo.

Para que el mercado laboral coadyuve, lo que hay que ordenar es su propia coherencia interna, apurar la simplicidad y reforzar la predictibilidad. Limitar interpretaciones y sorpresas. Y por ello el reforzamiento de los agentes sociales y económicos ayudaría con toda seguridad. Están acostumbrados a conciliar intereses, y estos se concilian mejor que las ideologías. Son profesionales de las negociaciones y del acuerdo y, a tenor de lo que se avecina, la mejor garantía para someter la incertidumbre a la razón y el entendimiento.

Encontrar las soluciones

Otro campo de actuación, otro objetivo, podría ser la depuración (en el sentido de purificación) de la política laboral; de “lo laboral”, para entendernos. Esta depuración tiene una doble dimensión. La primera sería la supresión inmediata y universal de todo tipo de subvención, bonificación o ayuda contractual. No sirven, confunden y significan una carga absolutamente inoportuna para la Seguridad Social. Y al hilo de ello, valorar que la regulación laboral, la política de empleo y las políticas de protección social, aunque deben de estar coordinadas en sus objetivos, tienen terrenos de acción diferentes. Hay colectivos cuyas dificultades son enormes, cuya posibilidad de recuperación para el mercado de trabajo es reducidísima, y son colectivos que necesitan atención y protección. Es más, la propia dignidad de nuestra sociedad se mide en función de nuestro comportamiento con estos colectivos. Pero la protección social es algo distinto al mercado de trabajo, y la posibilidad de separación de ambas políticas redundaría en beneficio de un mercado de trabajo más sencillo, más comprensible, más predictible.

Estamos acostumbrados a pensar que el empleo es todo, que está en el epicentro de toda acción política. Así lo he creído siempre, y así lo sigo creyendo, y por eso estoy convencido de que una política de coherencia y honestidad institucional ayuda al empleo, que unos servicios públicos solventes y garantizados ayudan al empleo, que una política de convivencia ayuda al empleo. Cierto, porque todo lo que sea certidumbre nos viene de maravilla.

Pero ahora estábamos hablando de otra cosa. Esto es muy serio, esto afecta a muchas personas que deben ser tratadas con respeto. Vamos a ver si somos capaces de dejar de tirarnos los trastos a la cabeza, de aproximarnos a un diagnóstico concertado y ser conscientes de que los problemas complejos no tienen soluciones sencillas, porque “lo sospechoso de las soluciones es que se encuentran siempre que se buscan” (maestro Ferlosio).