23/8/2019
Opinión

Primeras palabras del “Discurso de Gerona”

En 1984, Rafael Sánchez Ferlosio participó en unas jornadas en torno a la pregunta “¿Qué es España?”. Esta es la introducción a su respuesta, recuperada ahora

Primeras palabras del “Discurso de Gerona”
fede yankelevich
Siempre me han producido una gran vergüenza ajena ciertos títulos de libro en que se combinaban, de uno u otro modo, las palabras España y problema (verbigracia: España como problema), libros a los que me daba grima hasta alargar la mano; de modo que a la vista del asunto y orden del día de este sínodo, “el ser de España” (que, aunque no tenga la palabra problema, evoca fuertemente la actitud de aquellos títulos), confieso que he sentido desde el principio una gran refractariedad o reluctancia a resolverme o a que me resolvieran a venir, ya que, viniendo, aquella vergüenza ajena iba a tener que sentirla como propia.

En efecto, la pregunta que se nos hace en este examen, “¿Qué es España?”, no puede hacerse la inocente sobre la carga enfática con que usa el verbo ser; no puede fingir en su “es” un uso ingenuo de asémica cópula gramatical como mero instrumento de predicación, tal que pudiese darse por conforme con respuestas del tipo de la consabida descripción geográfica (“España limita al norte con el mar Cantábrico y los Pirineos, al este con…, etcétera”) o de una más o menos extensa o resumida reseña historiográfica de todas las predicaciones diacrónicas en
La pregunta “¿Qué es España?” no puede hacerse la inocente sobre la carga enfática del verbo “ser”
que la palabra España aparezca como nombre propio en cualquier posición gramatical. No, sino que, puesto que para semejante viaje no habíamos menester de alforjas, no parece infundado presumir que el “es” de la pregunta no viene a preguntarnos con el noble, limpio y vacío “ser” copulativo del gramático, con el “ser” como verbo blanco —o sea instrumental y asémico—, sino que, por el contrario, viene a interpelarnos con ese temible SER “preñado de sentido”, como diría un periodista, “cargado de significación” (carga, por cierto, tanto más explosiva, justamente, cuanto más huera y más falaz o, por hacer un juego de palabras, doblemente mortífera como tal carga hueca), que es el “ser” con pretensiones ontológicas; un ser, en fin, del que —así como del Barça se dice que es algo más que un equipo— puede decirse que es algo más que una inocente cópula gramatical . Y no es que crea —aunque jamás me será dado averiguarlo definitivamente— que al fin y al cabo pudiese yo tener ninguna taxativa enmienda a la totalidad contra la ontología en general como saber legítimo y posible, pero sí que la tengo —y enmienda aún agravada con denuncia de falacia en documento público, cohecho y corrupción administrativa— contra la ontología histórica, o por decirlo gramaticalmente, contra la ontología de nombres propios. Hasta la aristotélica analogía del ser tendría que hincharse de forma tan abusiva, tan vana y tan flotante como una pompa de jabón o, peor todavía, tan sucia y explosiva como un globo de chicle, si hubiese de hospedar al mismo tiempo en sus entrañas algo tan respetablemente honesto y aun modesto como el ser del gato y algo tan indudablemente fraudulento e incluso sospechoso de maldad como es el pretendido ser de España; una hinchazón cuya desconsiderada impertinencia arrastra a su costado la contradictoriedad fundamental del “campo unificado” que buscó con su ecceitas Duns Escoto . El hic et nunc de su última e irreductible determinación deíctica hace a la individualidad totalmente inconmensurable con respecto a los órdenes propios de la cualificación intencional semántica, único campo lingüístico aceptable, a mi entender, como cancha de juego para cualquier posible ontología . Pero sobre esto ya reincidirá probablemente la ponencia propiamente dicha.

Antes he de añadir que el ya dicho motivo de mi reluctancia se prolonga en el temor concomitante de que, por la propia índole de la presunta cuestión a examinar, este honorable sínodo venga a reproducir, aun en áulicas formas de burocratizada y ritualizada politesse, la miserable onfaloscopia en que cada día más se van encenagando las relaciones públicas sociales de los hombres en general y de los españoles en particular; relaciones en que las relaciones mismas (a la vez siempre iguales por siempre renovadas y siempre cambiantes por siempre renovables) se erigen prácticamente en único asunto a tratar y con que traficar, único asunto que cotidianamente vuelve a dar motivo a su reproducción, al par que los propios sujetos —en perpetua ansiedad de conocer, evaluar, mejorar, celar, conservar o confirmar cada día que amanece sus “posicionamientos” relativos y de seguir y vigilar la fluctuación de cada personal valor en bolsa— se convierten en objeto exclusivo de tales relaciones, todo ello a semejanza de un activo tráfico marítimo que por única y exclusiva mercancía motivadora del más ferviente, acucioso y continuado intercambio comercial no tuviese más que maderas para cuadernas, tablazón y arboladuras, hierro para clavazón y guarniciones, cáñamo y brea para calafates, maromas, velas . . . y, en fin, todos y a la vez solo aquellos materiales que exigiese la construcción, manutención y reparación de esas mismas flotas únicamente consagradas a la perpetuación del propio tráfico motivante y motivado . De ahí que el saber chismes —y, consiguientemente, disponer de fuentes— es hoy el elemento decisivo para
Hasta la aristotélica analogía del ser tendría que hincharse de forma abusiva para hospedar el ser de España
verse solicitado en sociedad, ya que tal mercancía gregaria o personal en torno a los sujetos y sus relaciones es el único objeto intercambiable y comercializable en semejante tráfico social circulatorio y autorrealimentado. Un círculo centrípeto, con la fuerza orientada en el sentido justamente inverso a la fuerza de fuga por tangente, donde el onfaloscopio individual de cada Yo se reproduce, reenfoca y reorganiza hacia el común ombligo de los Yos plurales, de los grupos, de los grupos de grupos, hasta llegar a las presuntas identidades étnicas, como ombligos mayores que convocan en torno suyo, en mucho más poderosos remolinos de succión, la rotación centrípeta de nuevos y más vastos circuitos onfaloscópicos. El hecho, pues, de que aquí se reincida una vez más en la ya insoportablemente empachosa y asfixiante situación onfaloscópica de que los propios españoles se pregunten qué es España me hace temer la estéril reproducción de la eternamente repetible sesión de narcisismo con masturbación, que, en la misma medida en que complace el deseo cada vez más incontinente, hace acendrarse el vicio . De modo, pues, que he de decir lealmente que si he venido es con toda la mala intención del mundo para intentar meter cristales rotos entre mano y verga, con el arduo designio terapéutico de que, sacándole todos más dolor que gusto a la sesión, acabe de romperse de una vez este juguete indigno y vergonzoso . Por eso, solo tendría por éxito del venerable sínodo presente una tan completa destrucción de los fetiches de la Identidad y la Conciencia Histórica como para que sesión como ésta no vuelva a repetirse.

Pero este mismo intento lo veo desesperado, ya que precisamente por tener ese supersticioso culto —el de la Identidad y la Conciencia Histórica— un específico componente masoquista, tanto más improbable será el éxito de una terapia dolorosa. El no conocer yo otra que me parezca leal y el negarme a cambiarla por otra más astuta pero desleal ha constituido, así pues, otro motivo de mi reluctancia: venir a tumba abierta, con la lanceta de sangrar desenvainada y el cauterio al rojo, puede llegar a ser no solo ineficaz sino hasta contraproducente.

Extracto del “Discurso de Gerona”,  incluido en Ensayos 2: Gastos, disgustos y tiempo perdido (Debate, 2016).