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Robots contra las clases medias

El desarrollo de la robótica, aunque genera nuevas oportunidades, podría destruir entre un 40% y un 60% del empleo europeo, según los estudios más pesimistas

Andrés Ortega - 18/09/2015 - Número 1
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Robots contra las clases medias
Un robot de Jet Propulsion Labs sale de un vehículo Polaris en Pomona, California. Chip Somodevilla / Getty Images
Una ola de computerización y de automatización, unida al desarrollo de la inteligencia artificial que planteara Alan Turing, está en curso y puede convertirse en el fenómeno que más afecte al mercado laboral a nivel mundial. Y es posible que lo haga de forma exponencial en los próximos 10 o 20 años. Es parte de la revolución digital, muy diferente de las anteriores. Aunque no todos los economistas coincidan en el análisis, puede destruir muchos puestos de trabajo en un futuro próximo: entre un 40% y un 60% de la fuerza laboral europea, según algunos estudios tecno-pesimistas. Y aunque genere nuevas oportunidades, según los tecno-optimistas, quizás no sean tantas como las que desaparecen. En todo caso, el desempleo crecerá en el periodo de transición. Estas tecnologías disruptivas, con robots que cuestan pero no cobran, no comen y no duermen, afectarán no ya a las tareas más repetitivas, sino a muchos empleos de clase media, cuellos blancos incluidos, en todos los países, lo que puede socavar los sistemas sociales y políticos más estables.  

Los anglosajones llaman “automation” a la técnica de hacer que un aparato, un proceso o un sistema operen automáticamente, según el diccionario Webster. Y de eso se trata, de máquinas que reemplacen a las personas en las cadenas económicas. Su alcance puede ser mucho mayor y devastador, advierten algunos estudios. Los contrarios, y muchos empresarios, equiparan esta visión negativa de la tecnología con la posición de los ludditas, los seguidores de Ned Ludd, que se oponían a las máquinas en el norte de Inglaterra en el cambio del siglo XVIII al XIX. Por entonces un gran economista como David Ricardo avisaba de que “la maquinaria puede hacer redundante la población”. 

Robotización en marcha

El número de robots automáticos se ha multiplicado: había ya más de un millón en uso en 2010 y su venta aumenta a un ritmo de un 20% al año. Requiere inversiones, que van más lentas de lo que se pensaba, y estas son costosas, aunque se han abaratado. El fenómeno afecta no solo a las sociedades industriales, sino también a otras emergentes. China apuesta claramente por la robotización y se ha convertido en uno de los principales países que compra robots y que se ha puesto a fabricarlos. Foxconn, la empresa taiwanesa que da empleo a un millón de personas en el continente asiático (en la provincia de Shenzhen) y fabrica para Apple, está lanzada en un intenso programa de robotización. Un robot de 20.000 dólares puede ensamblar 30.000 iPhones al año con un coste de 66 centavos cada uno. El avance de China en esa dirección puede tener consecuencias importantes para la estabilidad de su sistema social y político.

Prueba de la importancia del asunto es la cantidad de estudios y libros que se están publicando sobre este y otros temas relacionados. El economista David Autor, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), viene trabajando en él desde hace varios lustros. La revista Foreign Affairs, en principio centrada en los asuntos internacionales, le ha dedicado su último número, casi monográfico, a la cuestión: “Hi, Robot”.

Sin embargo, no hay que caer en el tremendismo. Las economías que más han introducido procesos de automatización y robotización
—que son distintas dimensiones de un mismo fenómeno— han generado más empleos. Entre 1871 y 2011 la tecnología creó en

El número de robots automáticos se ha multiplicado y su venta aumenta al ritmo de un 20% al año


Inglaterra y Gales más puestos de los que destruyó, según un informe de la consultora Deloitte. Los trabajos más físicos son los que más han desaparecido.  Un estudio llevado a cabo por los profesores Georg Graetz y Guy Michaels concluye que los robots industriales han impulsado la productividad y el valor añadido entre 1993 y 2007 en EE.UU. Pero también —es una correlación, no un vínculo de causalidad demostrada— que el número de robots por hora trabajada aumentó un 237% en ese periodo, en el que se eliminaron 2,2 millones de empleos en la manufactura. 

En un análisis publicado por la Brookings Institution, Scott Andes y Mark Muro no ven correlación entre robotización y pérdida de empleo, puesto que los datos son muy dispares entre EE.UU. y Alemania, por ejemplo. A pesar de robotizarse más en los últimos tiempos, Alemania ha perdido solo un 19% de sus empleos en la manufactura, comparado con el 33% de EE.UU. Pero estos datos corroboran la pérdida de  empleo en la industria (también en Reino Unido y Australia, por ejemplo, que han invertido menos en robots), a pesar de la actual reindustrialización en EE.UU. y otros países. Este fenómeno se debe en parte a la caída en los precios de la energía, al encarecimiento del trabajo en países como China y también a la robotización.

Hay debate sobre el impacto a largo plazo de estas tendencias, pero pocos discuten, en cambio, que habrá graves perturbaciones a corto plazo. Un informe de Henry Siu y Nir Jaimovich, publicado por el centro de pensamiento Third Way, concluye que los robots y la automatización ya han suprimido los trabajos rutinarios de la recuperación económica y del empleo en EE.UU.  El estudio sobre el impacto de la computerización, realizado en 2013, por Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, de la Universidad de Oxford, prevé que un 47% de los actuales empleos en Estados Unidos está en riesgo de desaparecer en una década o dos a causa de estos avances tecnológicos, a pesar que no todos son de automatización. Un paper más preciso publicado este mes de agosto y elaborado por varios autores, entre ellos el español Manuel Cebrián, del NICTA (National Information and Communications Technology Australia), concluye que entre un 20% y un 33% del mercado laboral de zonas metropolitanas de EE.UU. puede verse afectado, aunque con una capacidad mayor de resiliencia que la prevista, sobre todo debido a la diversidad de actividades.

Empleos europeos en peligro 

Una aplicación/adaptación de la metodología de Frey y Osborne a la economía de los países europeos, realizada por Jeremy Bowles, del think tank Bruegel, llega a conclusiones aún más inquietantes. Su estudio sobre la computerización de los empleos europeos arroja que en una o dos décadas se podría ver afectado entre un 40% y un 60% de la fuerza laboral europea. En concreto, España podría perder un 55,3% de su empleo y otros países de la periferia europea, tecnológicamente menos avanzados, aún más, como Rumanía (61,93%), Portugal (58,94%), Croacia (57,9%) o Bulgaria (56,56%). Los más avanzados sufrirían menos: Suecia (46,69%), Reino Unido (47,17%), Países Bajos (49,50%) o Francia y Dinamarca (49,54%). 

Los tecno-optimistas han respondido con nuevos estudios queprueban lo contrario: la aparición de nuevas ocupaciones frente a las viejas. Algunos apuntan a la creación de empleo y actividad en materia de cuidado de personas, de educación, de servicios a otros, sin resolver bien cómo se pagarán. El informe de Deloitte apunta que la ocupación que más ha crecido en Inglaterra y Gales entre 1992 y 2014 ha sido la de asistente sanitario (de 29.743 a 300.201, es decir, un 909%), seguida de la enseñanza y de la consultoría en gestión empresarial. Y que las actividades que más empleo han perdido en este periodo son las de gestores y directores financieros y los fabricantes y vendedores de calzado. 

La cuestión, por tanto, es qué tipos de empleo se perderán, cuales cambiarán y qué otros nuevos —lo que es más difícil de vaticinar— surgirán. De hecho, lo que Frey y Osborne buscaban es identificar qué cuellos de botella hay en ingeniería que impiden la automatización de algunos trabajos; a saber, fundamentalmente tres: la inteligencia creativa, la inteligencia social y las

El fin o el cambio del trabajo y del empleo tal como se han conocido hasta ahora se empieza a entrever ya


tareas de percepción  y manipulación. “Se sustituye mano de obra no solo en tareas sencillas de manipulación, también en actividades cognitivas no rutinarias y bastante complejas, por ejemplo en medicina y cirugía, logística, apoyo administrativo, legal y financiero”, explica Cecilia Castaño, catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid. “Profesiones cualificadas típicas de clase media, que hasta ahora permitían obtener salarios y un nivel de vida razonables, ahora no necesariamente lo garantizan”, añade, insistiendo en que no todo se debe a la tecnología, sino también a la política laboral: “los robots, sin desregulación laboral, no sustituirían tantos empleos”.

Según estos y otros estudios,  los empleos que más se perderían son, en primer lugar, el de televendedor (un 99%), y en último (0,28%) el de terapeuta recreacional. Los puestos de secretario se han reducido dramáticamente con los móviles, el correo electrónico y los PC. Los empleados de banca ya han visto disminuir drásticamente sus números porque los clientes ya no acuden a las sucursales. También hay menos brokers en el sector financiero y menos pasantes en los despachos de abogados: se ven reemplazados por programas informáticos. Los trabajadores de restaurantes de comida rápida se pueden ver sustituidos por robots o procesos automáticos —algo que tendrá una incidencia importante en el empleo en EE.UU. y afectará a la población sin formación profesional—. Es previsible que se mantenga un alto número de puestos, si bien mal remunerado, en hostelería en países como España. Los periodistas pueden verse amenazados por los programas que redactan automáticamente noticias a partir de la información que mandan las empresas sobre sus resultados. También los cajeros de supermercados y grandes superficies.

Nuevos trabajos 

Las nuevas empresas y actividades basadas en lo digital y con un elevado grado de automatización no generan tantos puestos de trabajo. En una entrevista publicada en Social Europe, Osborne recordaba que cuando Facebook compró Whatsapp en 2014 por 14.000 millones de dólares, Whatsapp tenía solo 55 empleados. Desde el año 2000 las ocupaciones que más crecen son las de científicos de datos y los desarrolladores de iOS (el sistema operativo de Apple) y de Android. Muchos empresarios españoles, por ejemplo, se quejan de que no encuentran aquí suficientes técnicos para desarrollar aplicaciones para móviles o tabletas. En todos los países hay muchos empleos que se quedan sin cubrir por falta de personal cualificado para ellos.

Pero incluso pueden verse afectados los que están detrás de todo esto, los programadores, una profesión en auge. Detrás del dominio de los algoritmos hay personas que los han ideado, a menudo con propósitos muy definidos (pero secretos). Empieza —estamos en el inicio, pero el fenómeno puede avanzar muy rápidamente— a haber máquinas que aprenden solas, y software que escribe a su vez software de un modo mucho más rápido que los humanos. Una de las tecnologías más disruptivas unida a todo esto que avanza aceleradamente es la de la impresión 3D, que permitirá fabricar productos en casi cualquier lugar. 

Son solo algunos ejemplos que muestran que el fenómeno puede tener una incidencia notable no solo en las clases trabajadoras sino también en las clases medias. Es decir, que pueden desaparecer capas enteras de sustento para los de en medio, como apunta Tyler Cowen en Se acabó la clase media (Antoni Bosch Editor, 2014), título de la versión española, aunque es más ajustado el inglés, “se acabó el promedio”, en el sentido de que la media estadística no reflejará ninguna realidad y el centro social y puede que político se hundirá. Este fenómeno cambiará profundamente la sociedad hacia una todavía mayor desigualdad, aunque ya no entre un 1% muy rico y el resto del que tanto se habla ahora. Habrá, según la visión de Tyler Cowen , de un 10 a un 20% que vivirá muy bien, ya sea de su capital o de empleos muy bien remunerados y basados en la capacidad de trabajar con máquinas inteligentes para complementarlas, y un 80% que se habrá depauperado. Pese al abaratamiento de los productos que supone la tecnología y a la conclusión del estudio de Deloitte de que esta ha aumentado la capacidad de gasto de los ciudadanos, ese empobrecimiento puede llevar a que la gran mayoría de la población carezca de dinero para comprar lo que se le ofrece. 

Segunda era de las máquinas

El fin o el cambio del trabajo y del empleo tal como se han conocido se empieza ya a entrever, con una caída notable de los sueldos, no solo debido a la tecnología, y la aparición de lo que se ha llamado los working poor, los pobres con empleo. Solo que en ese futuro que se apunta no habría empleo suficiente. Pese al optimismo al respecto de Keynes en 1930 (sobre las “posibilidades económicas de nuestros nietos”), el tema de la  “sociedad de trabajadores sin trabajo” lo entrevió ya en los años 50 Hannah Arendt. 

Habrá de un 10% a un 20% que vivirá muy bien y un 80% que se habrá depauperado, según Tyler Cowen


Erick Brynjolfsson y Andrew McAfee, autores de The Second Machine Age (Norton & Company, 2014) [La segunda era de las máquinas] (la primera fue la revolución industrial), que sostienen que la digitalización crea mercados en los que el ganador lo copa todo, consideran también que ya “es tiempo de empezar a discutir qué tipo de sociedad queremos construir en torno a una economía ligera en trabajo”. 

Estas perspectivas llevan a algunos de estos analistas a proponer un ingreso mínimo garantizado para todos, bajo diversas denominaciones. No es casualidad que estudiosos del fenómeno de la robotización estén impulsando esta idea, como Martin Ford (Rise of the Robots, Basic Books, 2015 [El auge de los robots]), o, bajo la forma de un impuesto negativo de la renta, Brynjolfsson y McAfee. Se trata de compensar a los que no puedan acceder al trabajo o este esté remunerado por debajo de los límites de subsistencia. Ahora bien,  lo que puede valer como una medida transitoria, difícilmente servirá para estructurar y estabilizar a las sociedades. Y además, no se trata solo de ingresos. Como recuerdan los autores de The Second Machine Age, el trabajo es también una fuente de realización personal, autoestima y relaciones sociales.

La cuestión de la relación entre el humano y estas máquinas, algoritmos o robots, está abierta. Ray Kurzweil, director de Ingeniería de Google, apunta a una “singularidad”, cuando la máquina supere a los humanos, para 2045, es decir, en dos generaciones.  
Para Cecilia Castaño, “lo ideal sería una mayor colaboración humano-robot, utilizando la tecnología para mejorar y reforzar las capacidades humanas, creando empleos menos rutinarios, más creativos y distribuyendo los beneficios de otra manera”. Requiere, desde luego, grandes cambios en el sistema educativo.  Cebrián y varios autores, en otro estudio muy reciente titulado “Cooperando con las máquinas”, creen que es posible —lo demuestran con un algoritmo— un nuevo camino: el de “máquinas diseñadas para maximizar egoístamente sus resultados, que tomarán decisiones autónomas para cooperar con humanos”, y así rendirán más.  

El futuro, no el lejano sino el inmediato, ya no es el que era. Sobre esto deberán reflexionar a fondo economistas, sociólogos y los políticos. También en España. La presión a la baja sobre las clases medias puede repercutir negativamente en la estabilidad de los sistemas políticos, desde luego de nuestras democracias, sobre las que reposan.