21/1/2022
Opinión

Sánchez y los demás

Editorial - 05/02/2016 - Número 20
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El encargo de formar gobierno realizado por el rey Felipe VI al candidato del Partido Socialista, Pedro Sánchez, ha venido a demostrar que el sistema institucional no padecía parálisis alguna. En realidad era el presidente en funciones, Mariano Rajoy, quien lo mantenía bajo un irresponsable bloqueo. Durante las largas semanas transcurridas desde la celebración de las elecciones, Rajoy se ha abstenido de adoptar ninguna iniciativa para conformar una mayoría parlamentaria que presentar al jefe del Estado. Como si hubiera sido convidado a una charla de café, se presentó en dos ocasiones en La Zarzuela con las manos en los bolsillos, acusando a las restantes fuerzas políticas de no reconocerle su exclusivo derecho a gobernar. Poco más de un centenar de diputados, una hoja de servicios con menos logros que descarnada propaganda y un partido minado por la corrupción sistémica concedían a Rajoy tan solo el inexcusable deber de  intentar la articulación de una mayoría. Y es a ese deber al que ha faltado, haciendo dejación de la responsabilidad que le habían confiado sus electores, desairando al jefe del Estado, violentando el procedimiento constitucional y, en fin, sacrificando la suerte de su partido a la de su persona.

En cualquier caso, es el turno del candidato socialista, a quien desde múltiples sectores —incluidos los barones más impacientes de su propia fuerza política— se ha exigido a lo largo de este tiempo que convalidase con su abstención o con su incorporación a un ejecutivo amplio el estado de cosas creado por Rajoy, acusándole, en caso contrario, de entregarse a grupos populistas y de contribuir a la ruptura de España. Pocas razones aconsejaban que Sánchez desistiera de liderar una alternativa, por más que resulte difícil que pueda obtener la investidura. Contribuir a la permanencia del Partido Popular en el gobierno habría privado de credibilidad a cualquier programa dirigido a abordar los tres problemas más inaplazables a los que se enfrenta el país: la desigualdad social, el desafío independentista y la corrupción. La gestión de Rajoy y su partido ha agravado los tres. Por eso, resultaría un sarcasmo que se erigieran en abanderados únicos de un sentido de Estado del que desertaron mientras dispusieron de mayoría absoluta.

El encargo del rey pone a Sánchez ante la tesitura de demostrar si es o no un líder a la altura de un partido que, como el Socialista, sigue siendo determinante en la gobernabilidad del país. Pero no será el único que se examine al subirse a la tribuna del Congreso, dado que mientras se mantuvo el bloqueo institucional provocado por Rajoy los partidos emergentes pudieron actuar con la ligereza de quien se creía a salvo de responsabilidades. Menos, sin duda, Ciudadanos y su líder que Podemos y el suyo, que se han creído tan investidos de legitimidad como eximidos del sentido del ridículo para hacer y deshacer hipotéticos gobiernos como quien construye castillos en el aire. Esta hora es también la suya, puesto que sin un esfuerzo de pacto la imposibilidad de un gobierno haría inevitable unas nuevas elecciones. Si el esfuerzo resultara infructuoso, nada se les podría reprochar por el intento. Pero si, en la perspectiva de forzar la vuelta de los ciudadanos a las urnas, se abstuvieran de realizarlo o cultivaran más la excusa espectacular que el trabajo riguroso de buscar puntos de acuerdo, habrían dejado al descubierto qué significan de verdad tantos gestos y tantas proclamas como han prodigado cara a la galería mediática durante estas semanas.