16/1/2021
Opinión

Sin Rajoy sería mejor

Editorial - 15/07/2016 - Número 42
  • A
  • a
Sorprende  que tras siete meses sin gobierno los principales responsables de esa carencia estén siendo tan poco cuestionados. Unas nuevas elecciones en las que repitieron los mismos cabezas de cartel han arrojado resultados similares a los  anteriores, al menos desde el punto de vista de la complejidad para sumar un acuerdo. Pero pese  a la invalidez  de esos líderes, en vez de exigirles  responsabilidades se está aceptando su continuidad con una actitud de resignación paulina.

Pablo Iglesias tuvo la oportunidad de favorecer una alternativa a su denostado Rajoy, pero prefirió perder un millón de votos y el impulso de la renovación que preconizaba para retirarse a las catacumbas de IU. Pedro Sánchez fue incapaz de rentabilizar ese error de los “sorpassistas”, manteniéndose en segunda posición con los peores resultados de la historia de su partido de forma consecutiva por segunda vez, y ahora se ve presionado para aceptar en peores condiciones alguna componenda con el PP, algo que consideraba enfáticamente imposible hace unos meses. Y Mariano Rajoy pretende imponer a todos la minoría mayoritaria del PP como un aval que le legitima personalmente para gobernar en contra de la aritmética parlamentaria. Sabe perfectamente que su renuncia a favor de cualquier otro candidato de su partido  allanaría automáticamente las dificultades  presentes y  colocaría al PP en mejor posición para  negociar un programa de gobierno, pues a cambio de tragarse el caramelo envenenado de la continuidad de Rajoy cualquier socio exige compensaciones sin cuento.

Por un momento, observemos  el Brexit  y el deterioro consiguiente de la  imagen política de Reino Unido, para reconocer que, en lo tocante a fortaleza y seriedad del partido conservador en el poder, los británicos todavía nos llevan  mucha ventaja.  Su líder, David Cameron, renuncia por responsabilidad, en beneficio de su partido y de su país, e inmediatamente se abre un proceso regulado y democrático de sustitución, que implica  cambio de primer ministro, sin que estallen ni se bloqueen las estructuras de la organización.

En contraste, la situación en España roza lo kafkiano. Aquí los resultados decrecientes del 26-J desencadenan la crítica, en particular a los populistas de Podemos, pero si hubiéramos de examinar la vinculación patológica entre movimiento y líder, aunque afecte a casi todos,  el PP se lleva la palma. La sustitución de Rajoy  es considerada por la dirigencia interna  —merced entre otras cosas a los actos y las palabras de su protagonista— como si supusiera una catástrofe sin precedentes. A Churchill se le sustituyó rápidamente tras la victoria bélica, sin traumas de ningún tipo, pero nuestros cabezas de cartel se atornillan de tal manera que parece imposible  descabalgarlos pese a que pierdan reiteradamente mayorías de gobierno o transiten de fracaso en fracaso.