17/11/2019
Análisis

Telenovela sin final feliz

En un país que vive la peor recesión de las últimas décadas y necesita urgentemente encarrilar su economía, la única certeza es la incerteza

Helena Chagas - 08/04/2016 - Número 28
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La única certeza que existe hoy en relación a la crisis brasileña es la incerteza. En un escenario político extremadamente volátil, con un Gobierno frágil e impopular, una oposición inconforme pero débil, un Congreso desmoralizado por la corrupción y una disputa en las calles entre pijos conservadores de clase media y progres vinculados a los movimientos sociales de izquierda, la única previsión es que no hay final feliz a corto o medio plazo. Una constatación dramática para un país que vive la peor recesión de las últimas décadas y que necesita urgentemente encarrilar la economía.

Nadie por aquí consigue prever lo que ocurrirá en las próximas 24 horas en la lucha político-institucional, mucho menos en relación a la perspectiva de medidas y reformas que recuperen la indispensable credibilidad de la economía. La estabilidad solo volverá al horizonte cuando la tempestad pase y el gobierno, sea cual sea, vuelva a gobernar. ¿Cuándo? No lo sabemos. Hay un abanico de posibles alternativas de desenlace. Todas, aunque contestadas, están dentro de la institucionalidad y de las leyes que rigen el Estado democrático de derecho:

1) La posibilidad de impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, del PT, y su sustitución por el vicepresidente Michel Temer, del PMDB; 2) la derrota del impeachment en el Congreso y una recomposición del Gobierno patrocinada por el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva; 3) la anulación de la candidatura Dilma-Temer por el Tribunal Superior Electoral (TSE), con la convocatoria de nuevas elecciones.

Todavía no es posible apostar por ninguna de las alternativas porque el panorama, enturbiado también por los sobresaltos de la mayor operación de investigación de corrupción en la historia del país —la Lava Jato, que ha engullido a los principales políticos y empresarios de la construcción—, experimenta continuos giros. La solución que parecía más probable ayer nunca es la de hoy.

Hace unos días, el Gobierno estaba en la UCI respirando a través de un aparato. La jugada de la presidenta Dilma de nombrar al expresidente Lula como una especie de superministro para ayudar en la batalla fue impedida por la justicia, al menos temporalmente, y el mayor partido de su base de apoyo, el PMDB de Temer, anunció un estrepitoso desembarque de la Administración. Todos vaticinaban el final, con la inminente aprobación del proceso de impeachment en la Cámara de los Diputados gracias a los votos del PMDB y su efecto dominó en partidos menores.

Con Dilma y Temer debilitados y Lula en el centro de la Lava Jato, se podrían convocar nuevas elecciones

Pero no fue exactamente así. La ruptura comandada por los aliados de Temer expuso la división en las filas del PMDB. Varios de sus siete ministros se resistieron a dejar el Gobierno, en una disidencia liderada por el presidente del Senado, Renan Calheiros, otro miembro del partido salpicado por la Lava Jato. Los partidos menores, como PP y PR, se lo pensaron dos veces ante los gestos del Palacio de Planalto de darles más ministerios y cargos que quedarían vacantes por la salida del ala opositora del PMDB. Y el recuento de los votos para el impeachment volvió a llenarse de interrogantes.

Ese giro, sin embargo, no asegura la supervivencia de Dilma y compañía. Nada más comenzar abril, la sombra de la Lava Jato volvió a planear sobre el partido en el poder en una nueva operación comandada por el juez Sérgio Moro y su equipo. No por casualidad, los investigadores apuntaron hacia el PT por antiguas denuncias de corrupción originadas en su feudo de Santo André, en el estado de São Paulo, intentando relacionarlas con el escándalo del Petrolão. El toque siniestro lo puso el regreso a un caso antiguo, el asesinato del exalcalde Celso Daniel en 2002, que nunca fue esclarecido.

En el fin de este capítulo de la más reciente telenovela brasileña da la impresión de que, con Dilma y Temer políticamente debilitados y Lula como objetivo central de la Lava Jato, puede crecer la tercera alternativa, que prevé la anulación de la candidatura presidencial de 2014 y la convocatoria de nuevas elecciones para poner el contador a cero. En refuerzo de esta hipótesis, el 1 de abril llevó a las calles a manifestantes con pancartas de “Fuera todos”, protestando contra Dilma, Temer, el opositor Aécio Neves, del PSDB, y Eduardo Cunha, presidente de la Cámara acusado de tener cuentas en Suiza. La certeza de que una solución a través de la justicia electoral se ha fortalecido, aunque no se concrete, centró el editorial del mayor periódico del país, Folha de S. Paulo, titulado “Ni Dilma ni Temer”. Sus argumentos son que Dilma ha perdido las condiciones para la gobernabilidad y que Temer no las tendrá, ya que el impeachment dejará en la sociedad brasileña un rastro de resentimiento.

El raciocinio tiene en cuenta que, aun con su popularidad sacudida por el desgaste del Gobierno y las acusaciones que sufre en la Lava Jato, Lula todavía lidera los movimientos sociales y una parcela minoritaria pero ruidosa de la opinión pública, que puede ir a las calles y estorbar mucho a un hipotético gobierno de Temer en sus intentos de adoptar medidas de ajuste fiscal y reformas. Un escenario de agitación social.

Del mismo modo, la segunda alternativa, que pasa por la permanencia de Dilma con Lula como primer ministro informal, tampoco puede representar un horizonte tranquilo. Para mantener la fidelidad de los movimientos sociales contrarios al ajuste de las cuentas públicas y a reformas como la de las pensiones, el Gobierno daría un giro a la izquierda, aventurándose en recetas no ortodoxas para la economía. La consecuencia inevitable sería el tiroteo del mercado y de los agentes económicos, igualmente un escenario nada tranquilo.

Teóricamente, la convocatoria de nuevas elecciones a partir de una decisión de la justicia de considerar ilegales las donaciones a la campaña Dilma-Temer procedentes de la corrupción podría reiniciar el juego. Un nuevo presidente electo tendría fuerza para poner en marcha medidas de recuperación de la economía y legitimidad para liderar un proceso de unión nacional. En teoría. Lo difícil sería llegar hasta ahí. Tendríamos todavía largos meses de crisis, con la economía derritiéndose, puesto que la decisión del tribunal difícilmente saldría en menos de 60 días y las elecciones, en otros 90. Sin mencionar que la campaña, con Lula y sus adversarios como candidatos, se desarrollaría en un clima de carnicería política.

Con todo eso volvemos al inicio de esta conversación: no hay todavía en el horizonte ninguna señal de un final feliz para la telenovela brasileña.