19/1/2022
En palabras

Traficar con nuestro futuro

El pasado 21 de mayo, el Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil desarticuló en Madrid una red liderada por ciudadanos chinos que se dedicaba a la comercialización ilegal de angulas. Los envíos se realizaban en maletas transportadas por viajeros o “mulas” que cobraban hasta 300 euros por transportarlas a China. En total, el grupo criminal habría exportado ilegalmente 2,5 toneladas de angulas cuyo valor final podría superar los cuatro millones de euros. Una semana después, el Seprona se incautó de 744 kilos de marfil procedentes de 74 colmillos de elefante africano en peligro de extinción. Quien los escondía en un domicilio del municipio madrileño de Colmenar de Oreja esperaba obtener cerca de 200.000 euros por su venta en el mercado negro.

A más de 9.000 kilómetros de Madrid, Tanzania alberga cerca del 13% del medio millón de elefantes que quedan en el continente africano —aunque la población ha disminuido un 50% desde 2007—. Según los cálculos de Naciones Unidas, en los últimos siete años habrían salido de ese país cerca de 100 toneladas anuales de marfil ilegal. A otros tantos miles de kilómetros de allí, en China, el precio medio por kilo de colmillo de elefante rebasa todavía los 900 dólares en el mercado negro, tras haber alcanzado valores muy superiores.

El contrabando de especies silvestres se esconde a plena luz del día y forma parte de la cotidianidad mundial

El comercio ilegal de vida silvestre, explica el responsable de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), Yury Fedotov, es una actividad en la que participan “todas las regiones del mundo, ya sea como fuente de origen, tránsito o destino”. Desde muebles a complementos de moda, pasando por alimentos, medicinas o mascotas, el contrabando de especies silvestres se esconde a plena luz del día y forma parte de la cotidianidad en todas las latitudes.

A partir de más 164.000 incautaciones de fauna y flora silvestres realizadas en 120 países y que afectan a cerca de 7.000 especies, el informe elaborado por UNODC —con datos recopilados por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES)— supone el esfuerzo más exhaustivo realizado hasta la fecha para comprender la gravedad del comercio ilícito de la biodiversidad del planeta. Una actividad criminal cuyas consecuencias, según Fedotov, “no solo afectan al medioambiente sino al Estado de derecho y a la estabilidad de muchos países afectados”, y cuyos beneficios “pueden alimentar conflictos y actividades terroristas”.

La facilidad con que la flora y la fauna transada ilícitamente se introduce en los circuitos comerciales legales y ve alterado su valor y, en general, la gran volatilidad a la que están sujetos los mercados ilegales de especies silvestres dificultan su cuantificación económica. En un informe de 2014, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), Interpol, la OCDE y la propia UNODC estimaban que el comercio global ilegal de fauna y flora silvestres ascendía a un valor comprendido entre 7.000 y 23.000 millones, mientras el monto total de los delitos contra el medioambiente oscilaba entre 70.000 y 213.000 millones de dólares cada año.

En cualquier caso, la cuantía económica del tráfico ilícito de flora y fauna no se corresponde proporcionalmente a su valor ambiental. Por ejemplo, según el reciente informe de UNODC, entre 2005 y 2014 se produjeron 380 decomisos de pieles de tigre, cuyo impacto económico en el mercado de contrabando habría alcanzado los cuatro millones de dólares. Sin embargo, teniendo en cuenta que el número de tigres en la naturaleza apenas supera los 3.000 ejemplares, el impacto ambiental de estas pieles incautadas es muy superior a su valor monetario.

En Europa, la Comisión adoptó un plan de acción a principios de año para acabar con el tráfico de especies silvestres dentro de la Unión. Karmenu Vella, comisario de Medio Ambiente, Asuntos Marítimos y Pesca, declaró entonces que “el tráfico de especies silvestres constituye una grave amenaza para la sostenibilidad de nuestro futuro. Al ritmo actual, un niño que nazca hoy verá los últimos elefantes y rinocerontes salvajes antes de cumplir sus 25 años”.