23/4/2017
Filosofía

Un mapa de la democracia

El libro de Aron recoge un curso que impartió en 1952 en el que ofrece un diagnóstico certero del sistema político

AHORA / Ramón González Férriz - 04/12/2015 - Número 12
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Un mapa de la democracia
Raymond Aron en junio de 1983. GATTI / AFP / Getty
Raymond Aron (1905-1983) ocupó un espacio singular en la vida intelectual francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque no fue ni mucho menos un outsider —escribió en Combat con Albert Camus y después, con mucha frecuencia, para Le Figaro; hizo carrera universitaria en la Sorbona y acabó teniendo una cátedra en el Collège de France—, durante buena parte de su vida tuvo que enfrentarse a la mayoría de intelectuales que, sin demasiadas excepciones —como la del propio Camus, François Mauriac o Jean-François Revel—, no quisieron ver la barbarie estalinista y defendieron el sistema soviético años después de que su crueldad fuera evidente. 

A contracorriente

A ellos dedicó el que quizá sea su mejor libro, El opio de los intelectuales (RBA, 2011), que como toda su obra es una defensa de la aburrida, lenta y decepcionante democracia y, en este caso, también un ataque despiadado contra los hombres de letras seducidos por el mesianismo revolucionario: “Para el intelectual que busca en la política una diversión, un objeto de fe o un tema de especulaciones, la reforma resulta fastidiosa, y la revolución, excitante. La una es prosaica; la otra, poética. Una pasa por ser obra de funcionarios, y la otra, del pueblo erguido contra los explotadores. La revolución suspende el orden acostumbrado y deja creer que por fin todo es posible”. 
El libro, publicado en 1955, suscitó toda clase de ataques entre quienes creían que Aron era un simple defensor del orden establecido. Y el odio permaneció entre los soixante-huitards, que a pesar de haber abandonado parcialmente el marxismo tradicional ,seguían viéndole como un mero, aunque sofisticado, capitalista. Sin embargo, a su muerte, en 1983, todo había cambiado. 

Se enfrentó a la mayoría de los intelectuales franceses que no quisieron ver la barbarie estalinista

Como explica Tony Judt en El peso de la responsabilidad (Taurus, 2014), “si Aron había sido, para la generación del 68, la vil y denigrada encarnación de todo lo que estaba mal en el mandarinato de la élite francesa, en 1983 era —a ojos de la misma gente, ahora despojada de sus ilusiones e ideales— la más valiosa esperanza para el reavivamiento del pensamiento liberal. […] En la pira funeraria del radicalismo sartriano una nueva generación de intelectuales franceses empezó a construir un monumento a la razón aroniana”. 

Aron había tenido razón y se la acabó dando incluso una parte importante de quienes le habían atacado, incluida la derecha, incómoda entonces como ahora con las ideas liberales. Y la recién reeditada en español Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución es una de las mejores demostraciones de este tardío reconocimiento. El libro recoge un curso que Aron dictó en la Escuela Nacional de Administración —la gran fábrica de élites políticas francesas— en 1952 y su lectura, especialmente de la primera parte, dedicada a la descripción de la naturaleza, el funcionamiento y los problemas de la democracia, hace casi inevitable preguntarse, más allá de ideologías, cómo pudo Raymond Aron tener tanta razón hace más de medio siglo en su diagnóstico no ya de la democracia de entonces sino de la de hoy.

Democracia, modo de empleo

Para Aron, la democracia es simplemente “la organización de la competencia pacífica con vistas al ejercicio del poder”. No es un sistema mágico, es básicamente imperfecto y tiende a la inestabilidad. Pero muy probablemente sea el mejor sistema político en un entorno moderno en el que las dos prioridades sociales son la igualdad —la abolición definitiva de los privilegios— y las libertades políticas
—el ejercicio de la libertad de expresión y la capacidad para organizarse para detentar el poder—.

“La democracia es el único régimen que incita a los gobernados a protestar contra los gobernantes”

Pero ambas prioridades no son, como tantas veces ocurre, del todo compatibles, y de ellas surgen “dos ideas factibles de la democracia: la primera, la máxima autonomía de los individuos frente al Estado; la segunda, la máxima igualdad entre los individuos”. Lo que sucede es que en democracia conviven las dos tendencias, aunque para Aron, un liberal clásico, el valor máximo de la democracia radica en que permite que los ciudadanos se protejan de las arbitrariedades de los gobernantes. Es más: “La democracia es el único régimen que incita a los gobernados a protestar contra los gobernantes. La organización del descontento implica ventajas considerables para los ciudadanos, pero también enormes inconvenientes para el poder. Las democracias funcionan cuando se mantiene el equilibrio entre ambos factores”.

Y ¿cuándo dejan de funcionar las democracias? Además de la corrupción (a la que dedica las páginas más centradas en la Francia de la época), Aron ve como causas de inestabilidad y hasta del posible fin de este sistema político, por un lado, las desmedidas ambiciones políticas de los individuos —“es bueno que [los políticos] tengan ambición.

El único problema es que dicha ambición debe resultar útil a la sociedad, es decir, es preciso organizar las condiciones de la lucha pacífica de tal modo que la ambición no destruya el régimen”—y el recurso a la demagogia para saciar tales ambiciones; por otro, la disociación entre el poder político y el poder social —razón por la que la competencia electoral es una manera pacífica de llevar a cabo la lucha de clases—; y, por último, una paradoja presente en todas las democracias: “¿Es cierto que la democracia, por principio, debe tolerar a aquellos que quieren destruirla?” (para Aron, los individuos que aceptan el sistema “tienen todo el derecho a defenderse” de quienes quieren acabar con él, pero no es fácil saber a partir de qué punto la oposición al sistema es realmente ilegítima). 

En Aron no encontraremos la respuesta a la pregunta de a quién deberíamos votar, pero probablemente sí a la de en qué sistema queremos hacerlo. Y en ese sentido estaría razonablemente satisfecho del que tiene ahora España —a pesar de haber incurrido en todas las causas de inestabilidad que señala— e incluso de nuestros partidos de izquierdas, también de los más radicales, que parecen haber asumido, aunque sea a regañadientes, los principios de la democracia liberal que Aron siempre defendió.

Retrato de los revolucionarios

La segunda parte del libro, la dedicada a la revolución marxista, tiene un enorme interés histórico, pero no nos sirve de guía como la primera. Los partidos comunistas son residuales en Europa, ya nadie parece creer en ninguna otra forma de gobierno que no sea el parlamentarismo y hasta quienes se presentan como radicales andan más preocupados por medir las desgravaciones fiscales que por la toma de los medios de producción. 

Sin embargo, más allá de contextos históricos, Aron fue un maestro en diseccionar la pasión revolucionaria y el carácter redentor de quienes creen necesario transformar el carácter humano y posible hacerlo mediante la violencia política. Para él, lo que identifica como los tres grandes grupos revolucionarios de Occidente —los puritanos, los jacobinos y los bolcheviques— siempre fueron movimientos de carácter religioso y pretendieron expiar a todos los demás merced a su condición de elegidos: los puritanos, los elegidos por Dios; los jacobinos, los elegidos por el pueblo; los bolcheviques, los elegidos por la historia. 

Una vez más, esto puede tener resonancia en los debates políticos actuales, que inevitablemente siguen teñidos de religiosidad, aunque sea laica, pero que probablemente ya no pueden tener el potencial destructivo que tuvieron en el pasado cuando salen de la universidad, su hábitat actual. (Otra cosa son aquellos que hoy en día se creen, como otros en el pasado, elegidos por la nación: su amenaza sigue siendo seria.)

En uno de los mejores momentos de este libro, Aron explica por qué en democracia lo más deseable es que los contrincantes políticos se lancen toda clase de insultos y acusaciones en la sala plenaria de los parlamentos, pero que después sean capaces de tomarse amigablemente una copa juntos en un bar. 

La democracia no es un sistema que tolere bien la épica y más bien debe reconocerse en la empatía; una empatía que no oculta los inmensos conflictos ideológicos y de interés que llevan a los individuos y a los grupos a buscar legítimamente el poder. En ese sentido, Aron fue un admirable definidor de las reglas del juego por las que podemos y debemos razonablemente regirnos. Introducción a la filosofía política es mucho más que un manual, es un mapa de la democracia.
Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución
Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución
Raymond Aron
Traducción de Luis González Castro, 
Página Indómita,
Barcelona,  2015, 278 págs.