23/6/2017
Opinión

Un socio tóxico

Editorial - 26/08/2016 - Número 48
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El pasado 2 de marzo, durante el debate de investidura de Pedro Sánchez, Mariano Rajoy pronunció un discurso brutal para reprobar que tuviera la pretensión de ser presidente del Gobierno cuando carecía de la mayoría necesaria para ello. Llamó al intento de su rival “farsa”, consideró las negociaciones entre PSOE y Ciudadanos una “representación […] teatral y altisonante”, un “vodevil”. Le dijo que estábamos ante una candidatura ficticia, que no había sido leal con los españoles, que les había ocultado la verdad, que les había hecho esperar contra toda esperanza, que se había tomado un mes de promoción personal. “Ha puesto las instituciones al servicio de su supervivencia y eso también es corrupción, señor Sánchez”, le espetó. Resulta irónico que seis meses después esas palabras puedan aplicarse a quien las pronunció. Porque Rajoy se presenta a la investidura el martes 30 sin posibilidades plausibles de conseguirla, tras una negociación con Ciudadanos que puede quedar en una gesticulación sin posibilidades de traducirse en contenidos reales si el gobierno resultante fuera monocolor del PP. Y ello después de que Rajoy se haya pasado las semanas posteriores al 26-J sin desplegar iniciativa alguna para buscar acuerdos; solo el movimiento de Ciudadanos, con sus seis condiciones, le obligó a tartamudear una incipiente respuesta.

Rajoy ha estado haraganeando y concitando rayos y centellas contra el PSOE, acusado de bloquear la formación del gobierno que le corresponde a él de modo inexorable. Sobre el PSOE se han ejercido todas las presiones imaginables para que se abstenga y sea investido de nuevo un presidente apestado, cuya proximidad es tóxica. Hay razones para pensar que incluso en esas condiciones límite debería hacerlo. Quizá el peso de esas razones aumente con el paso del tiempo y crezca tras las elecciones gallegas y vascas del 25 de septiembre.

Sea como sea, es sobre el PP donde debe colocarse el foco: es él quien hace un uso pernicioso de las instituciones mientras el gobierno está en funciones; es él quien se ha mantenido impasible sin hacer ninguna clase de movimiento para iniciar las negociaciones habituales en los sistemas parlamentarios; es él quien ha manipulado a la opinión pública repitiendo como un mantra que a quien consigue más escaños sin alcanzar la mayoría suficiente le asiste el derecho indiscutible a gobernar. Eso, por no hablar del historial de corrupción, que convierte a Rajoy en un socio tóxico para cualquiera que pretenda, responsablemente, contribuir a la formación de un gobierno. Sin conseguir la confianza de la Cámara para ser investido, le cumple participar en lo que él mismo llamó “comedia de enredo”. Faltan por averiguar los motivos de Rajoy para tomar la calle de la amargura, porque se descarta que lo haya hecho por vergüenza cívica. Probar de su propia medicina y desempeñar el papel que denostaba es la venganza que le pasa al cobro cinco años de sobreactuación. Estamos en el primer episodio del “Rajoy, de entrada, no”.