26/5/2017
Análisis

Una defensa europea más autónoma

Alemania aspira a liderar la política europea de seguridad tras la salida de Reino Unido de la Unión

Una defensa europea más autónoma
Renzi, Cameron, Obama, Poroshenko, Merkel y Hollande se saludan durante la pasada Cumbre de la OTAN en Varsovia. STEPHANE DE SAKUTIN / AFP / Getty
Europa debe elegir entre susto o muerte. Si finalmente es lo segundo habrá significado el fin del proyecto iniciado en 1951. En ese caso, dejaría de tener sentido soñar con la unión política de un conjunto de potencias medias y pequeñas, imposibilitadas para responder individualmente a lo que nos depara una globalización tan irreversible como desequilibrada, contando con que la debacle también acabaría llevándose por delante el mercado común, el espacio Schengen, el euro y tantos otros activos de un proceso que es hoy más necesario que nunca. El enfermo —pues eso es hoy la Unión Europea— ya presentaba una sintomatología preocupante por acumulación de errores y cortedad de miras de los gobiernos nacionales. También por falta de sensibilidad de la maquinaria burocrática comunitaria para liderar la imprescindible labor pedagógica de “vender” el proyecto y democratizar sus procesos de toma de decisiones. Todo ello sin olvidar el impacto sucesivo de una crisis institucional, tras el fracaso en la aprobación del Tratado Constitucional (2005), y económica, en la que llevamos ocho años sumidos.

Y en esas estábamos cuando los británicos decidieron suicidarse políticamente. El Brexit es el golpe más directo a la construcción europea en décadas y nadie es capaz ahora mismo de calibrar sus consecuencias. Por eso la muerte de la Unión es una de las opciones realistas a considerar en un panorama dominado por el más ramplón “sálvese quien pueda”, en el que todos salimos perdiendo. Aplicado al terreno de la seguridad, si este negro augurio se confirma, ninguno de los Veintiocho estará en mejores condiciones de defender sus intereses, por la sencilla razón de que cualquiera de los riesgos y amenazas que nos afectan —sea el cambio climático, el terrorismo internacional, los ciberataques o la proliferación de armas de destrucción masiva— supera con creces las capacidades nacionales de cualquiera de ellos.

Los riesgos actuales superan con creces las capacidades nacionales de cualquiera de los miembros de la Unión

Por eso, aunque no sea un escenario ideal, es preferible optar por el susto. Un susto que conlleva perder a un peso pesado de la UE, aunque solo sea por su privilegiado asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, su poder nuclear, económico y diplomático y su maquinaria de combate (probablemente la más operativa del club comunitario). En todo caso, esa pérdida también puede ser interpretada en un sentido completamente distinto si se recuerda que Londres, en su calidad de líder de los “atlantistas”, ha sido una constante rémora cada vez que se ha intentado ir más allá de un mero mercado común, avanzando en la construcción de una política exterior, de seguridad y de defensa netamente europea. Su relación especial con Washington —la misma que llevó por dos veces a De Gaulle a rechazar su entrada en el club— le hace apostar sistemáticamente por el refuerzo de la OTAN, aunque sea a costa de minimizar la voz de los Veintiocho en el concierto internacional.

Atlantistas vs. europeístas

Frente a los “europeístas”—liderados por una Francia actualmente sin pulso—, los británicos han mostrado sin desmayo su preferencia por la OTAN como paraguas protector y ni siquiera la histórica declaración de Saint Malo (1998), que procuró fusionar las dos visiones, permitió cerrar la brecha. Como resultado la Unión pierde peso a diario y la Europa de la defensa sigue siendo una entelequia, mientras la OTAN continúa buscando nuevas razones de ser tras las amargas experiencias de Afganistán, Irak o Libia, y mientras Rusia aumenta la presión en su periferia inmediata.

La salida británica supone por tanto una oportunidad, dado que desaparece uno de los más reacios miembros de la Unión. A partir de ahí se abren dos opciones principales. La primera, bien visible en la reciente Cumbre de la Alianza, se resume en más OTAN y menos Europa. Esa es la opción preferida por la inmensa mayoría de los estamentos militares de los Veintiocho, por considerarla una organización experimentada y una realidad contrastada, frente a una Europa de la defensa que sigue siendo poco más que una amalgama de siglas y embriones de capacidades limitadas por el techo que establece Petersberg (aunque ya se contabilicen casi 40 misiones activadas en distintos escenarios). Esa es también la apuesta estadounidense y la de la práctica totalidad de los vecinos comunitarios de Moscú, que demandan insistentemente una vuelta a los orígenes, reforzando su condición de organización de defensa colectiva (frente a Rusia).

Tras años de continuas reducciones, Berlín acaba de decidir un incremento del presupuesto de defensa

A fin de cuentas, lo que ha salido de Varsovia —incorporación de Montenegro, despliegue de cuatro batallones en Polonia y los tres estados bálticos, traspaso de control operativo del escudo antimisiles estadounidense desplegado en Europa a manos aliadas, misión naval en el Mediterráneo central— transmite la idea de una organización en la que se toman decisiones que se materializan. Entretanto, lo que trasmite la Estrategia Global sobre Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea —documento que aún no ha sido asumido oficialmente por el Consejo Europeo— es poco más que una simple actualización del lenguaje de la anterior Estrategia de Seguridad Europea (2003), apuntando necesidades y percepciones (no decisiones) solo formalmente compartidas. Lo mismo cabe decir del comunicado conjunto OTAN-UE, entendido como un mero ejercicio de marketing político, sin nada sustancial que añadir al magro balance de más de 15 años de relaciones institucionales.

El Libro Blanco alemán

Seguir priorizando la vía euroatlántica es condenarse permanentemente a la adolescencia política y de seguridad. Es, en otras palabras, reconocer la subordinación a los intereses de una potencia extraeuropea y renunciar a convertirse en un actor de envergadura mundial. Eso no quiere decir que lo aconsejable sea dar saltos en el vacío, desmantelando la OTAN sin contar con una alternativa realista. Pero 25 años después del final de la guerra fría parece llegado el tiempo de abandonar pautas de comportamiento trasnochadas y de entender que la UE es el actor mejor capacitado para atender las causas estructurales y los efectos más visibles de los desajustes de un orden internacional tan inquietante. Nadie como los Veintiocho combina tan equilibradamente los recursos multilaterales y multidimensionales necesarios para sostener un esfuerzo acorde con sus principios, pero también con sus intereses. Lo que falta no es tanto nuevas capacidades —ni siquiera militares, puesto que no se trata de gastar más sino mejor— como voluntad política compartida.

Y eso nos lleva a la segunda opción: Alemania. En el complejo panorama actual de la UE, a Alemania se le presenta la posibilidad de convertirse en el actor principal de las etapas que quedan por recorrer. Si hasta ahora, desembarazada ya de sus culpas históricas, ha tratado de asumir ese papel en el terreno económico, queda por ver si también toma ese liderazgo en el político (y, por tanto, en el de la política exterior, de seguridad y defensa). Una señal clara de que camina en esa dirección es el tono del nuevo Libro Blanco de la Defensa, pasando de verse como “socio fiable” a sentirse protagonista principal, un nuevo puesto al que se puede ver aupado también por Washington, que, tras el desvarío británico, puede ver en Berlín al socio preferente que sigue necesitando en Europa. Así, tras años de continuas reducciones, acaba de decidir un incremento del presupuesto de defensa (de los 34.300 millones de euros actuales a los 39.200 en 2020, para llegar así al 2% del PIB dedicado a la defensa) y de sus efectivos (sumando 14.400 a los 177.000 actuales), mientras sigue adelante con su decisión de desplegar efectivos fuera de sus fronteras (de hecho, ya está presente en Afganistán, Mali e Irak).

Frente a lo que decía el Documento Solana en 2003 —Europa nunca ha sido tan próspera, tan segura y tan libre—, el tono del que Mogherini acaba de presentar es turbador —necesitamos una Europa más fuerte porque vivimos tiempos de crisis existencial y nuestra Unión está en peligro—. Para conjurar los temores de desmoronamiento del proceso, la Unión necesita ir mucho más allá de lo hecho hasta ahora para dotarse de una verdadera estructura política que incluya un Consejo de Ministros de Defensa, un cuartel general permanente, una cadena de mando bien definida, unos efectivos realmente instruidos en común y una industria de defensa realmente europea. Pero primero necesita saber si quiere todo eso para convertirse en un clon de Estados Unidos o para dar sentido a su pretensión de ser una potencia civil con capacidades militares al servicio de la gestión de crisis y la prevención de conflictos. Hoy nadie lo sabe.