18/7/2019
Internacional

Una herencia económica envenenada

Tras alcanzar un mínimo histórico en 2014, el desempleo se ha duplicado y supera ya el 10%

Luis Tejero - 13/05/2016 - Número 33
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Cuando subió por primera vez la rampa del Palacio de Planalto el 1 de enero de 2011, Dilma Rousseff heredaba de Lula da Silva un país que crecía por encima del 7% impulsado por el boom de las materias primas. Las buenas noticias todavía se prolongarían durante un tiempo, con una expansión media superior al 3% en los tres primeros años de la presidenta y el adelantamiento simbólico de Brasil a Reino Unido para ocupar la sexta posición entre las potencias mundiales. Sin embargo, a partir de la campaña que llevó a su reelección en 2014, el PIB inició una cuesta abajo que se extiende hasta hoy.

“Los problemas actuales son conocidos”, comenta Juan Jensen, socio de 4E Consultoría y profesor del centro universitario Insper en São Paulo. “Después de las elecciones de 2014, el nuevo equipo económico de Dilma, liderado por el ministro Joaquim Levy, trató de resolver los problemas creados en la gestión anterior y consiguió avances, pero el agujero era mucho más profundo de lo que se imaginaba. El país acabó profundizando los déficits primario y nominal y la deuda asumió una trayectoria insostenible”, resume.

“La gestión de Dilma será recordada por el descontrol en los gastos públicos”, coincide el economista Bruno Lavieri, también socio de 4E Consultoría. “Esa característica ha llevado la contabilidad del país a los peores resultados desde la creación de la Ley de Responsabilidad Fiscal [en el año 2000]”, dice.

Tras la caída del 3,8% del PIB en 2015 y otra similar prevista para 2016, en 2017 se espera un crecimiento del 0,5%

“La relación entre la deuda bruta y el PIB, que compara el pasivo del sector público con el tamaño de su economía, ha crecido de forma asombrosa”, explica Lavieri. “A finales de 2011, la relación deuda/PIB estaba en 51,8%, un nivel razonable para un país en desarrollo. Hasta marzo de 2016 subió al 67,3%, pero el problema no termina ahí. Una deuda mayor requiere más recursos para pagar los intereses y un tipo más alto, ya que el riesgo es mayor. Eso significa que el desequilibrio fiscal tiende a volverse explosivo, impagable”, advierte.

Desde Barclays, el economista Bruno Rovai tampoco cree que el déficit fiscal vaya a ser “revertido” al menos hasta las próximas elecciones presidenciales, previstas para octubre de 2018. En la misma línea, prevé que la deuda bruta “probablemente seguirá creciendo hasta alcanzar el 87% del PIB” en dicho año electoral. Bajo su punto de vista, “el cambio en el Gobierno es condición necesaria, pero no suficiente, para que las reformas estructurales se aprueben y la confianza de los inversores se restablezca”.

Lenta recuperación

Después del desplome del 3,8% del PIB en 2015 y otra caída similar prevista para este año, los economistas pronostican que la situación empezará a mejorar ligeramente a partir del siguiente ejercicio. En concreto, para 2017 se espera un crecimiento del 0,50%, según el promedio elaborado semanalmente por el Banco Central a partir de las proyecciones de más de un centenar de instituciones financieras.

Los especialistas de 4E son más optimistas que la media. Si el Gobierno de Michel Temer recorta gastos y aumenta sus ingresos a través de nuevos impuestos, “habrá una mejora de la confianza que llevará a una recuperación del consumo y del crecimiento”, aunque “nada espectacular”, apunta Jensen. Su previsión es que el PIB se expandirá un 1,1% en 2017 y otro 2,0% en 2018.

Mientras tanto, el paro emerge como uno de los grandes desafíos para la Administración entrante. Tras alcanzar mínimos históricos durante el gobierno Dilma, con una tasa de desempleo inferior al 5%, ahora ya supera el 10% y se teme que pueda alcanzar el 13% en los próximos meses, según alertan bancos privados. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, ese índice tiende a duplicarse.

Con todos los ojos puestos en Brasil por la recesión, la telenovela de la crisis política y la inminente celebración de los Juegos Olímpicos en agosto, las agencias de calificación de riesgo tampoco dan tregua al mayor país latinoamericano. Si en los tiempos de Lula se celebraba el ascenso a la “primera clase” de las potencias mundiales, ahora las sucesivas rebajas de la nota de crédito reflejan igualmente el estado de pesimismo generalizado.

Nada más comenzar el mes de mayo y en vísperas de la votación del impeachment en el Senado, la agencia Fitch anunció el segundo recorte en seis meses y se sumó así a Standard & Poor’s y Moody’s, que desde el pasado febrero ya habían colocado a Brasil dos peldaños por debajo del grado de inversión.