23/6/2017
Opinión

Una nota sobre el terrorismo

No hay nadie más abyecto que el que induce su bondad de la maldad de sus víctimas

La idea de que las muertes sin odio, las eliminaciones, son muertes limpias suele aplicarse para acreditar la necesidad de unas muertes; donde no hay odio ni pasión no hay subjetividad, motivos irracionales, y hay, por tanto, objetividad, racionalidad; y quien dice racionalidad, dice necesidad, y quien dice necesidad, dice justicia. (No parezca tan caricaturesco, que aún los hay más insensatos.) El guardia se mata y se tira, porque no hay nada personal contra él; su muerte es solamente el medio de afrentar al poder que representa. (Por supuesto que lo malo no sería que hubiese algo personal en contra del matado, lo malo es que no haya nada impersonal a su favor.) Para algunos, la moralidad del terrorismo depende de la bondad o maldad del poder insultado con las muertes: con Franco, justo; después de
Lo malo no sería que hubiese algo personal en contra del matado, sino que no haya nada impersonal a su favor
Franco, injusto. Quien se asusta de este relativismo y accede a volver a valorar por sí misma esa sangre instrumentalmente ignorada trata a veces de reacomodar la coartada implicando a la víctima en la responsabilidad del poder que representa. Es como si  un muchacho de veinticinco años vestido de uniforme, ya por no haber tenido la innata clarividencia de recelar de la autoridad que ha respirado desde la cuna, por no haber prestado a su mundo más que la mismísima, idéntica fe que se le habría pedido en el régimen siguiente, hubiese inventado la autocracia o el franquismo. No hay nadie éticamente más abyecto que el que induce su propia bondad o la de sus acciones de la maldad de sus víctimas o enemigos, ni nadie más bellaco que el que declara malo a aquel de cuyo daño necesita o desea desentenderse. (Nadie piense que todo esto signifique la más mínima renuncia a opinar incluso lo peor de la institución policíaca como tal invención o excrecencia de las sociedades modernas.) Otra forma de la misma, interesada, vileza es la de quienes cuelgan la coartada moral de sus bestialidades, ya no de la política, sino de la sociología, diciendo que el que es guardia es porque en el fondo le gusta pegar a la gente; la salida tiene exactamente el mismo grado de indignidad que esa coletilla con que los periódicos suelen rematar la noticia de la muerte por la policía de alguien que se ha saltado un control de carretera, esa coletilla destinada a suscitar un suspiro de alivio (“todo está en regla”) en la conciencia momentáneamente turbada del lector: “La víctima resultó ser un delincuente habitual”.

Yo no sé valorar según el derecho el que en las aministías se haya tomado el criterio de la finalidad declarada, distinguiendo entre delincuentes políticos y delincuentes comunes, y entre terrorismo con Franco y terrorismo sin Franco. Moralmente lo extraño; y me parece que, en el sentir más común, el criterio más fuerte es el de los sentimientos que hace falta violentar o reprimir para cada maldad. La sublevación de las cárceles de España surgió sin duda del inmenso escándalo, de la sincerísima desmoralización de los ladrones, que vieron amnistiar, en nombre de
Para algunos, la moralidad del terrorismo depende de la bondad o maldad del poder insultado
unos pretendidos y sedicentes fines, a reos de culpas tan especialmente inicuas y sanguinarias como el asesinato de Bultó. ¿Hay quien pueda pensar que hay la más mínima sombra de duda o de hipocresía en el preso que, con el corazón en la mano, se siente infinitamente más bueno, infinitamente más inocente? Después de este inmenso desconcierto, de esta defraudación incomprensible, de este terrible golpe asestado a la conciencia de los delincuentes comunes, ¿quién osaría extrañarse de una mutación social de su comportamiento? Comprendo que desde el más sincero sentimiento de la propia culpa la medida les haya resultado absolutamente aplastante y desmoralizadora, como a cualquiera que rechace la suprema humildad de retorcer, en nombre de la superior instancia de los designios divinos, lo mejor y lo peor de su conciencia hasta dejarla hecha un guiñapo irreconocible. Pero si se han de aceptar los designios del Altísimo —o la Necesidad Histórica, como los llaman hoy—, conviene renunciar a comprenderlos, para evitar criterios más impresentables como la distinción entre fines generosos y fines egoístas. Pues a ver quién se atreve a discutirme que el criterio de egoísmo sería, no digo más, pero sí al menos igual, de legítimo si se aplicase de esta otra manera: los fines del terrorismo son mucho más egoístas que los del ladrón que rehúsa el homicidio, porque el primero pone esos fines nada menos que incluso por encima de la propia vida de sus víctimas.


 Fragmento de “Notas sobre el terrorismo”, publicado originalmente en 1980 y recogido ahora en Ensayos 2: Gastos, disgustos y tiempo perdido (Debate).