18/6/2019
Internacional

África. La maldición de las élites depredadoras

La corrupción y el intento de algunos líderes de perpetuarse en el poder lastran el desarrollo y los progresos democráticos en el continente

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África. La maldición de las élites depredadoras
El opositor Vital Kamerhe frente a los manifestantes que piden a Joseph Kabila, presidente de la República Democrática del Congo, que convoque elecciones. J. KANNAH / AFP / getty

En aquella clase de la Facultad de Derecho de la Universidad de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo (RDC), algunos alumnos, a falta de espacio, tenían que seguir las explicaciones del profesor “encaramados a las ventanas”, recuerda Víctor. “El aula tenía capacidad para 200 alumnos y éramos unos 2.000. Las condiciones en las que estudiábamos y la calidad de la enseñanza eran deplorables. Si querías alcanzar un nivel académico mínimo, no te quedaba más remedio que tratar de formarte por tu cuenta en las bibliotecas y, sobre todo, en internet. En nuestro país, el Estado no se ocupa de la gente ni de su educación.”

Víctor no habla de la época ya lejana de la dictadura de Mobutu Sese-Seko, derrocado en 1997 por el padre del actual presidente congoleño, Joseph Kabila. Tiene 26 años y su paso por la universidad pública es reciente. Tampoco este joven pertenece a la capa más empobrecida de la población congoleña. Su padre es funcionario y, como otros muchos miembros de una incipiente clase media urbana, envió a su hijo a la universidad haciendo carambolas para llegar a fin de mes con su sueldo, que no supera los 46 euros mensuales, dice Víctor.

Hoy, con su licenciatura en Derecho en el bolsillo, Víctor Tesongo está encerrado en la prisión central de Makala, la cárcel de Kinshasa, junto con cuatro de sus amigos. Los cinco militan en LUCHA (Lutte pour le Changement, Lucha por el Cambio, en francés), un movimiento de resistencia civil pacífica, de planteamiento similar al de los indignados de otras partes del planeta. Los 11 jóvenes de esta organización encarcelados en Congo son, según Amnistía Internacional, presos de conciencia.

El pasado 20 de mayo Víctor y dos de sus compañeros fueron declarados culpables de “propagación de falsos rumores” e “incitación a la desobediencia civil” y condenados a un año de reclusión. Todo por haber participado en una convocatoria de huelga general para el 16 de febrero cuyo fin era exigir al presidente Kabila que respetara la Constitución del país. Esta Carta Magna le obliga a abandonar su cargo en diciembre, al término de su segundo y en teoría último mandato de cinco años. De forma muy significativa, los agentes que interrogaron durante días a Víctor —detenido la víspera de la huelga— lo acusaron de “querer echar a Kabila del poder”.

Antes de diciembre, Congo debería celebrar unos dobles comicios legislativos y presidenciales para elegir a un nuevo jefe de Estado. Sin embargo, el Gobierno congoleño anunció hace ya meses un casi seguro aplazamiento de la cita con las urnas, alegando dificultades financieras y logísticas. La sospecha de la oposición de que estos argumentos son un pretexto para soslayar las elecciones y perpetuar a Kabila en el cargo se vieron multiplicadas en mayo, cuando el Tribunal Constitucional emitió una controvertida interpretación de la Carta Magna en la que daba luz verde a Kabila para seguir en su puesto, incluso si no se celebraban los comicios, hasta la “instalación efectiva” de su sucesor. 

Los partidarios de Kabila han lanzado otro globo sonda: el de un referéndum para cambiar la Constitución y eliminar la limitación de dos mandatos presidenciales, lo que abriría la puerta a otros cinco años de poder para el presidente.

Constituciones a medida

Si esta posibilidad se concreta, Kabila estaría siguiendo una senda ya muy transitada en África por líderes como el de la vecina República del Congo, el presidente Denis Sassou-Nguesso, que no dudó en promulgar en 2015 una nueva Carta Magna para ofrecerse a sí mismo un tercer mandato. O el de Burundi, donde el presidente Pierre Nkurunziza impuso a su vez un tercer mandato el año pasado, lo que provocó una oleada de protestas reprimidas con enorme violencia en las que murieron un centenar de personas.

Otro ejemplo es el de la también vecina Ruanda, cuyo jefe de Estado, Paul Kagame —el presidente al que solo la inmunidad que conlleva su cargo le salvó de ser acusado de genocidio en 2008 por la Audiencia Nacional española— ha promovido a su vez una reforma constitucional para perpetuarse en el cargo.

La lista podría seguir, pues las constituciones remendadas a la medida de líderes africanos es larga: entre otros, se pueden citar los casos de Angola, Camerún, Gambia, Yibuti, Guinea Ecuatorial y Chad. ¿Quiere esto decir que, como afirman los llamados afropesimistas, la democracia y el desarrollo no avanzan en África? A la luz de las cifras, no avanzan en absoluto.

Los presidentes han accedido al poder por la vía democrática en 22 de los 55 países del continente 

Según el recuento de la revista Jeune Afrique, en 22 de los 55 países del continente sus jefes de Estado han accedido democráticamente al poder en 2016. No todos son países pequeños y sin influencia regional, como Cabo Verde, sino también potencias regionales como Nigeria y Sudáfrica. Estas democracias tienen en muchos casos importantes carencias, sobre todo en lo relativo a los derechos humanos, pero ello no quita para que sus líderes hayan sido elegidos por la voz del pueblo.

Otro dato para la esperanza: en los últimos años, dictaduras que habían durado décadas, como la de Blaise Compaoré en Burkina Faso, finiquitada en 2014 tras ocupar el poder desde 1987, han ido cayendo gracias a la movilización popular.

Además, al contrario de lo que se piensa, las altas tasas de crecimiento del continente sí han repercutido en general en el desarrollo de sus países y en la reducción de la pobreza. Entre 2000 y 2010 el crecimiento económico de África alcanzó una media anual del 5,7%. Dos años después, un estudio del Banco Mundial anunciaba que, por primera vez desde que se tenían registros, la tasa de pobreza extrema en el continente había caído por debajo del 50% (concretamente al 47%).

El Congo de Joseph Kabila también lo ha hecho bien desde el punto de vista macroeconómico: la inflación lleva años controlada y, entre 2010 y 2014, RDC registró tasas de crecimiento —ahora frenadas por la caída del precio de las materias primas— de entre el 7% y el 9%. Cifras impresionantes que, sin embargo, en el caso congoleño no se han traducido de forma significativa en una mejora de las condiciones de vida de las familias de la pequeña clase media, ni mucho menos para el 63% de la población que vive bajo el umbral de la pobreza.

Tanta miseria  tiene además como escenario a un país que atesora enormes recursos naturales: oro, diamantes, cobre, cobalto, coltán o petróleo, entre otros. Un maná que se calcula podría superar el valor del PIB anual de Europa Occidental y Estados Unidos juntos. “¿Por qué en un país tan rico la gente es tan pobre?”, se pregunta en voz alta Víctor, el joven de LUCHA. 

El 20% más pobre de la población congoleña debe conformarse con el 5,5% de los ingresos del país, según el Banco Mundial. En el otro extremo, la franja del 20% de congoleños más acomodados acapara más del 50% de la renta, de acuerdo con datos de un documento de trabajo de 2012 del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). 

Clientelismo y “mal gobierno”

Probablemente no existen respuestas únicas para explicar tanta desigualdad en un país de enorme potencial pero cuyo desarrollo es excluyente y transcurre a cuentagotas. El antiguo Congo belga deplora una historia dolorosa de genocidios olvidados y guerras devastadoras. La última de ellas se considera el conflicto bélico más cruento en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, con 5,6 millones de muertos solo entre 1998 y 2007, según la ONG International Rescue Committee.

Las cicatrices de este dolor, los 70 grupos armados que siguen activos en el este del Congo, lastran todavía el desarrollo del país pero, como sostiene la revista Jeune Afrique en un especial dedicado a analizar la marcha de la economía del Congo, otro factor, otra asignatura pendiente que explica el estancamiento de la RDC se llama “mal gobierno”.

Los gobernantes dejan a un lado el interés general para buscar su beneficio y perpetuar sus privilegios

En resumen: el modo de gobernar que deja a un lado el interés general para buscar el beneficio propio de los gobernantes y las élites que los apoyan y, en último término, perpetuar sus privilegios, corolario del ejercicio de su poder. Esta lacra es la otra cara de la moneda: el fardo que lastra los innegables progresos en materia de desarrollo y democratización de África.

En el caso de Congo, Soraya Aziz, especialista en desarrollo y militante de LUCHA, asegura que “el carácter depredador” y gerontocrático de las élites de su país es un factor inmovilista. Con una población cuya media de edad no llega a los 18 años, “solo 30 parlamentarios [de 500] congoleños tienen menos de 35 años”, explica esta experta, que sostiene que “el resto, son las mismas personas que ya estaban ahí en los años 90”.

Un dato es relevante a la hora de analizar la concentración de poder económico en unas pocas manos y la aparente distribución clientelar de los recursos. Según Jeune Afrique, en la RDC el grueso de la actividad económica se concentra en “una veintena de actores”, entre los que se encuentran varios hombres de negocios próximos al presidente Kabila, como el millonario de origen israelí Dan Gertler, un antiguo tratante de diamantes que ha accedido de forma opaca a concesiones mineras y de explotación petrolífera en Congo.

Las sospechas de corrupción por parte de la oposición congoleña alcanzan también al presidente y su familia, a quienes acusan de haber amasado una fortuna colosal. En la reciente filtración de los papeles de Panamá figuraba no solo el nombre de Gertler, el turbio hombre de negocios cercano a Kabila, sino la diputada y hermana melliza del presidente, Jaynet Kabila, cotitular de la firma Keratsu, con sede en un paraíso fiscal.

Según la agencia Bloomberg, de acuerdo con la documentación filtrada del bufete Mossack-Fonseca esta empresa posee, a través de una sociedad interpuesta, el 4,8% de las acciones del operador telefónico más importante del país, Vodacom Congo.

¿El fin de la impunidad?

En el grupo de jefes de Estado que ha modificado las leyes fundamentales de sus países para aferrarse al poder, hay varios sobre los que pesan graves sospechas de haberse aprovechado de su cargo para enriquecerse —ellos, sus familias o las élites que los rodean—. Por ejemplo, Sassou-Nguesso, el presidente de la República del Congo, cuyo hijo Denis-Christel fue acusado por una ONG suiza de haberse embolsado varios millones de euros gracias a las concesiones petrolíferas del país. También Kagame, que además de ser presidente de Ruanda controla el principal imperio económico del país, Crystal Ventures. Estos y otros casos como el del dictador guineano Teodoro Obiang Nguema, cuyo hijo y vicepresidente, el famoso Teodorín, está siendo investigado por la justicia francesa por malversación de fondos públicos, entre otros cargos.

“Casi en todas partes los presidentes usan sus cargos para aferrarse al poder, porque las recompensas, a menudo en términos de corrupción, son muy grandes para ellos y para sus partidarios”, explicaba en declaraciones al diario chileno La Tercera el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Columbia (EE.UU.) Thomas Lansner.

Este especialista no alude a otro motivo que podría empujar a algunos de estos líderes a resistirse a abandonar sus cargos. Y ese motivo son las posibles consecuencias penales que personajes como Obiang Nguema podrían afrontar si algún día llegaran a perder su poder.

La reciente condena a cadena perpetua por crímenes de guerra y contra la humanidad del exdictador chadiano Hissène Habré en Dakar (Senegal) es un aviso a navegantes. Sobre todo porque este autócrata ha sido juzgado por primera vez en la historia en África y por jueces  africanos que han aplicado el principio de justicia universal, otro innegable paso adelante en el continente.

Los jóvenes se rebelan

Trinidad Deiros

Hablar de juventud es hablar de los 220 millones de africanos que tienen entre 15 y 24 años. Estos jóvenes cada vez más educados y conectados al mundo mediante las redes sociales ya son un vector de cambio. No solo los congoleños de LUCHA se baten en su país para reclamar democracia. En Senegal, un movimiento similar —Y en a Marre (Estamos Hartos)—, fundado por un rapero y dos periodistas, contribuyó notablemente a evitar que el entonces presidente Abdoulaye Wade impusiera un tercer mandato en 2012.

Otra organización parecida en Burkina Faso, Balai Citoyen (Escoba Ciudadana), formada por periodistas, artistas, abogados y estudiantes, lideró las manifestaciones que forzaron al exilio al entonces jefe del Estado, Blaise Compaoré, tras 24 años en el poder. El lema de Balai Citoyen es: “Nuestra fuerza es nuestro número”.