19/6/2019
Internacional

Las dictaduras que quedan (y las que vienen)

Se estima que alrededor del 60% de la población mundial, unos 4.000 millones de personas, vive gobernada de manera autoritaria, autocrática y despótica

Diego Carcedo - 12/08/2016 - Número 46
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Las dictaduras que quedan (y las que vienen)
Los líderes de Laos, Brunéi, Camboya, Indonesia y Birmania se dan la mano en una cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). ADEK BERRY / AFP / Getty

El progreso democrático de la humanidad está encallado. A finales del siglo pasado pegó un fuerte estirón con la desintegración de la Unión Soviética y la Federación Yugoslava y la caída de varias dictaduras latinoamericanas, pero en los últimos años esta corriente democratizadora se ha visto frenada. Han surgido algunas democracias nuevas pero han caído otras y, lo peor, ha aumentado el número de países democráticos solo en apariencia, no en la práctica. El caso más reciente es el de Turquía, y aunque quizás sea el más grave, no es el único. Venezuela, Tailandia, Pakistán y Rusia también han entrado en este grupo en que las libertades políticas se han visto restringidas. En resumen, en estos momentos viven bajo dictaduras férreas 2.600 millones de personas y quizás otros tantos con las libertades básicas recortadas. Como contrapartida, entre las democracias recientes cabría incluir a Túnez, Madagascar, Maldivas, Islas Salomón y Kosovo.

A veces cuesta distinguir entre dictaduras puras y duras, semidictaduras, dictablandas y sistemas democráticos solo formales pero en absoluto reales. Algunos informes estiman que hay 51 dictaduras cuyos principios y prácticas se ajustan a la definición del término y que en total 107 países, de los 195 reconocidos por la ONU, no gozan de libertades plenas ni de derechos básicos completos. Freedom House estima que alrededor del 60% de la población mundial, unos 4.000 millones de personas —más de la cuarta parte en China— son gobernados de manera autoritaria, autocrática y despótica.

Las primaveras árabes abrieron, cinco años y medio atrás, la esperanza de que muchos de esos países, ya con un cierto desarrollo cultural y varios de ellos entre los más ricos del mundo, emprenderían el camino hacia la democracia, pero las perspectivas enseguida se vieron frustradas. Solo en Túnez, país en el que comenzaron los movimientos democratizadores y de rebelión contra la opresión, estos acabaron triunfando.

En Egipto lo consiguieron, pero por muy poco tiempo: apenas un año después de las primeras elecciones libres se reinstauró la dictadura militar, quizás con mayor dureza que antes, y además con un respaldo popular del que antes carecía. En otros estados como Siria y Yemen las primaveras  degeneraron en sangrientas guerras civiles.

En Libia, el Estado que encabezaba Muamar el Gadafi se hizo añicos y hoy el país, lejos de haberse democratizado, se encuentra a la deriva. En el golfo Pérsico continúan pujantes las monarquías absolutas en las que las migajas del petróleo que llegan a la gente previenen cualquier reivindicación popular de respeto a los derechos humanos y a las libertades básicas de prensa y asociación, y perpetúan un largo etcétera de abusos que incluye en primer lugar la discriminación de la mujer y la prácticamente nula participación de los ciudadanos en su destino.

Tipologías del autoritarismo

En Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Omán o Bahréin son las monarquías absolutas monopolizadas por familias las que controlan todos los poderes y las mayores fortunas. Todas hacen frente común en defensa de su estatus medieval.

Marruecos y Jordania, en cambio, son dos monarquías que se han abierto a fórmulas democráticas y, aunque con muchas limitaciones y restricciones, ya no pueden ser consideras como dictaduras. Sí lo son las que rigen el rico emirato asiático de Brunéi, con el sultán Hassanal Bolkiah al frente, y la pintoresca y corrupta monarquía de Suazilandia, donde la voracidad poligámica del extravagante rey Mswati III rivaliza con su despotismo y la severidad de su Gobierno.

También existen dictaduras republicanas hereditarias siguiendo una tradición que en las décadas pasadas institucionalizaron en Latinoamérica, entre otros, los Duvalier —padre e hijo— en Haití, o los Somoza en Nicaragua, y que sigue vigente en Cuba, donde el poder pleno que durante 50 años ejerció Fidel Castro fue heredado por su hermano Raúl. Otras dictaduras hereditarias las tenemos en África, concretamente en Gabón —donde Omar Bongo fue sucedido por su hijo Alí— y en la República Democrática del Congo (antes Zaire) —donde el presidente dictador Joseph Kabila también heredó el poder de su padre Laurén, asesinado en su despacho—.

La dictadura hereditaria más férrea es la de los Kim en Corea del Norte, con la tercera generación 

Con todo, la dictadura hereditaria más asentada, férrea y cerrada es la de la dinastía comunista de los Kim en Corea del Norte, ejercida desde hace tiempo por la tercera generación familiar representada por Kim Jong-un.

Hay dictaduras de izquierdas y de derechas —en eso no existen diferencias— y aunque muchas están contra el sistema monárquico tradicional, sus detentadores suelen legarlas a sus descendientes como parte del patrimonio personal. Es el caso de Siria, donde el polémico Bashar al Asad llegó a la jefatura del Estado a la muerte de su padre Hafed y tras el fallecimiento del hermano que se entrenaba para heredarla. Otros dictadores como Mubarak o Gadafi cayeron antes de poder entronizar en su lugar a sus vástagos. Teodoro Obiang parece que lo sigue contemplando para su hijo Teodorín.

Hay dictaduras militares, casi todas derivadas de golpes de Estado como fueron en el pasado los casos de Franco, Pinochet, Trujillo o los coroneles griegos, y dictaduras civiles aunque no por eso menos severas. Actualmente hay varias de carácter militar, como la de Mauritania, la ya en proceso de cambio de Myanmar (Birmania), la de Guinea Ecuatorial o la más reciente de Tailandia. Pero también las ha habido civiles, respaldadas a menudo por las urnas, como fueron las de Salazar en Portugal, Hitler en Alemania, Mussolini en Italia o Marcos en Filipinas. El caso de Lukashenko en Bielorrusia demuestra que todavía las sigue habiendo. Tradicionalmente se sostienen con respaldo militar, protegidas por unas policías políticas implacables y apoyadas en un incondicional partido único.

Otras son fruto de la herencia del autoritarismo que regía en la URSS. Cuando se desmembró, los integrantes europeos de aquel conglomerado comunista, como Estonia, Letonia, Lituania, Moldavia  y Ucrania, además de sus satélites, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, adoptaron sistemas democráticos y rápidamente se integraron en organizaciones occidentales como la OTAN y la UE. Igual ocurrió con las antiguas repúblicas yugoslavas, convertidas en países democráticos aunque a costa de regueros de sangre. Solamente Bielorrusia fue la excepción. Aleksandr Lukashenko mantiene el poder absoluto desde entonces, aunque intenta justificarlo presentándose a unas elecciones cuatrianuales en las que siempre sale reelegido poco menos que por unanimidad mientras sus opositores se pudren en las prisiones.

La última dictadura europea

Bielorrusia es el único país europeo que continúa bajo un sistema dictatorial. Su modelo fue secundado, a diferencia de lo que ocurrió en el grueso de los países del este y centro de Europa (liberados de la tutela de la Unión Soviética), por el caucásico Azerbayán y los asiáticos Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Turkmenistán y Tayikistán. Todos  continúan bajo dictaduras de diferente nivel de autoritarismo complementado por el culto a la personalidad, que sigue imperando, de varios de los sátrapas, como Nazerbayev o Karimov. De ese grupo han salido dos democracias, la de Armenia y la de Georgia. Ambas subsisten con dificultades de diferente índole, pero poco a poco se van consolidando. Afganistán e Irak “gozan” de una democracia precaria protegida por fuerzas militares extranjeras.

En América Latina sobrevive el sistema cubano en una esfera autoritaria a la que, últimamente, se incorporó el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. En ambos casos los miembros más activos de la oposición política siguen siendo encarcelados y la prensa, amordazada o perseguida. Ambas son dictaduras de izquierdas, igual que las asiáticas de China, Corea del Norte, Vietnam, Camboya, Laos o Nepal. En Asia resalta el ejemplo democrático que a pesar de su complejidad geográfica, su superpoblación y su diversidad religiosa, ofrece la India. Como contrapartida también subsisten dictaduras de derechas, todas ellas con un fuerte tinte nacionalista, como las de Brunéi — más bien una propiedad privada del sultán—, la todavía a mitad del camino democratizador de Myanmar (Birmania) y la que recientemente se implantó, se espera que  de forma temporal,  en Tailandia.

En África se hallan los decanos de los sátrapas: Mugabe en Zimbabue, Obiang en Guinea y Dos Santos en Angola

El grueso de las dictaduras actuales está en África, sobre todo en la región subsahariana, donde se hallan los decanos de los sátrapas: Robert Mugabe en Zimbabue, Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial y José Eduardo dos Santos en Angola, los tres enriquecidos tras más de tres décadas ejerciendo el poder absoluto, valiéndose de la represión más brutal y de la corrupción desenfrenada en su beneficio y el de sus familiares y allegados. En África hay gobiernos dictatoriales o semidictatoriales en casi todo el territorio. Y para colmo, la  amenaza del terrorismo ha empeorado la calidad de las ya débiles democracias de Argelia, Nigeria o Kenia y ha desintegrado por completo el Estado somalí, además del libio.

Basta echar un vistazo al mapa político africano para comprobarlo. Actualmente entran en la condición de dictaduras en sus diferentes grados los gobiernos de Egipto, Mauritania, Sudán del Norte, Sudán del Sur, Eritrea, Etiopía, Yibuti, Chad, Angola, Camerún, Zimbabue, República Democrática del Congo, República del Congo, Gabón, Gambia, Uganda, Ruanda, Burundi, República Centroafricana y Suazilandia. Otros regímenes, como el de Guinea Bisáu, ofrecen más dudas, acentuadas además por su tradición de precariedad e inestabilidad institucional.

Herederos del esperpento

Además, en África están los dictadores más esperpénticos y a la vez crueles y sádicos, los herederos de Idi Amín Dadá, el ridículo emperador Jean-Bedel Bokassa o Mobutu Sesé Seko. Destacan el rey de Suazilandia, con su carácter despótico bien conocido por sus súbditos y sus frecuentes bodas convertidas en acontecimientos nacionales, o el presidente de Gambia, el pequeño país incrustado en Senegal convertido recientemente en república islámica por su presidente, el curandero Yahya Jammeh. Cada vez más conocido por sus excentricidades y fanatismo musulmán, en el reciente Ramadán Jammeh prohibió que en el país se tocase o escuchase música y ordenó que las mujeres prescindan de ropa interior porque, en su opinión, obstruye su capacidad para tener hijos. La expansión del islam por el continente y la presión yihadista están ejerciendo una indudable influencia en las costumbres y los métodos de gobierno.

En dureza, quizás el ranking lo encabeza el presidente de Eritrea, Isaias Afwek, que desde la independencia de Etiopía mantiene su cargo sin reparar en métodos. Entre la diversidad de dictaduras que existen no hay que olvidar a las de carácter religioso, como la teocracia que gobierna en Irán o la que rige en el medieval Estado himalayo de Brunéi. Algunos estudiosos incluyen al Estado del Vaticano, cuya condición de país independiente, más allá de su significado religioso, también lo convierte en la práctica en un sistema que reúne todos los principios de una dictadura. El Tíbet, que podría responder plenamente a esta definición, no goza de la condición de independiente, y el fundamentalista Dáesh (Estado Islámico), que tanto terror y dolor causa, no es un estado reconocido aunque cuenta con un amplio territorio bajo su control.

Cinismo internacional

Le ley marcial, el estado de excepción o las leyes represivas son instrumentos habituales para el funcionamiento de las dictaduras, que cuentan siempre con el recurso de las prohibiciones, encarcelamiento, reclusión en campos de concentración y tortura, cuando no la pena de muerte. En bastantes casos los dictadores encubren sus ambiciones con el fanatismo religioso, la persecución del incumplimiento de normas morales convertidas en leyes —como ocurre con la homosexualidad, que en muchos países aún es considerada y penalizada como un delito— o el mantenimiento de la poligamia, que tanto satisface a los hombres.

Muchos españoles mayores recuerdan cuando España fue vetada en la recién creada Organización de las Naciones Unidas. No tenía cabida porque se consideraba, con razón, que era un país gobernado por una dictadura en buena medida heredera de los derrotados gobiernos del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Hoy, sin embargo, ni la ONU ni otras organizaciones internacionales relevantes impiden incorporar a dictaduras ni sancionan de una manera clara y contundente los golpes de Estado, los chanchullos electorales ni las violaciones de los derechos humanos y de las libertades básicas que en ellos se producen.

Durante muchos años la Unión Soviética, una dictadura de dictaduras, ocupaba un puesto permanente en el Consejo de Seguridad con derecho de veto. Lo mismo ocurre todavía hoy con China.

Actualmente otras tres dictaduras: Angola, Egipto y Venezuela, ocupan escaños no permanentes en el Consejo y, para mayor burla, varias más forman parte del órgano que vela por el respeto a los derechos humanos. La actitud internacional respecto a esta situación es cínica y discriminatoria. Las principales democracias, con Estados Unidos al frente, critican y toman represalias contra las que gobiernan en países pobres y toleran y protegen a las que igualmente oprimen a los pueblos en los países ricos.