21/10/2017
Internacional

Donald Trump contra todos

Está en guerra con los Clinton, los medios, las minorías y hasta con su propio partido

Dori Toribio - 14/10/2016 - Número 55
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Donald Trump contra todos
Trump durante el segundo debate presidencial, el 9 de octubre. Gary El / EFE
Donald Trump asegura que no se rendirá jamás. Y está dispuesto a ir a por todas en las últimas semanas de campaña hacia la Casa Blanca. Esto incluye una explícita declaración de guerra al Partido Republicano, que enfrenta una de las más profundas divisiones internas de su historia moderna. “Me han liberado de los grilletes y ahora puedo luchar por América como yo quiero”, anunció en Twitter horas después del segundo debate presidencial. Trump se declara libre de las ataduras del partido, a quien acusa de deslealtad.

La reciente publicación de la conversación grabada en 2005 en la que el magnate presumía de manosear a las mujeres fue la gota que colmó el vaso. Más de 20 pesos pesados republicanos anunciaron que le retiraban su apoyo y pedían que él mismo se retirara de la carrera presidencial. Desde el senador de Arizona, John McCain, al gobernador de Alabama, Robert Bentley, o el congresista de Utah, Jason Chaffetz. “¡Basta ya!”, escribió la ex secretaria de Estado, Condolezza Rice. “Trump no debería ser presidente de EE.UU.”

El Partido Republicano se enfrenta al dilema de qué hacer con su candidato, a solo un mes de las elecciones

Muchos le daban por muerto aquel mismo fin de semana. Pero Trump llegó al segundo debate presidencial dispuesto a demostrar que no se iba a ninguna parte. En un cara a cara plagado de ataques e insultos mutuos, el republicano pasó al contraataque y puso a la defensiva a su rival demócrata, Hillary Clinton. Lo hizo, eso sí, quitándose los guantes. Sentó en primera fila a cuatro mujeres que acusaron en los años 90 a Bill Clinton de abuso sexual y acoso —Paula Jones, Juanita Broaddrick, Kathleen Willey y Kathy Shelton—, casos zanjados por la justicia en su día. Amenazó a Clinton con meterla en la cárcel si ganaba las elecciones por el escándalo de los correos electrónicos. Interrumpió a su rival constantemente y la persiguió sobre el escenario, despertando la ira en las redes sociales. Y cargó contra los moderadores del debate sin descanso por considerar que estaba recibiendo un trato injusto frente a Clinton, aunque el compendio final de los tiempos demostró que la balanza se había inclinado a su favor.

La campaña de Trump lo declaró ganador del debate, pese a que las primeras encuestas indicaban lo contrario. El argumento era sólido: Trump había llegado moribundo al cara a cara, y no solo no recibió el golpe de muerte, sino que fue quien más beneficiado salió del encuentro. El polémico tema de su vídeo obsceno desapareció de los titulares y la sangría de republicanos en su contra se detuvo esa misma noche.

En una conferencia telefónica con los congresistas republicanos, el presidente del Congreso, Paul Ryan, anunció que iba a mantener la distancia con el candidato presidencial. No iba a retirar su apoyo a Trump, pero tampoco podía hacer campaña a su lado después de lo sucedido.

También se juegan los escaños

Aquello levantó una ola de protestas internas de legisladores que advertían del peligro de desmarcarse del candidato a estas alturas. “Muchos republicanos quieren distanciarse de Trump en privado, pero dicen que el debate les ha dado qué pensar porque ha contentado a la base de votantes”, escribía en The Washington Post Robert Costa, alertando de que para muchos congresistas y senadores no es fácil tomar una decisión. Se juegan su escaño el 8 de noviembre, en el que también las mayorías del Congreso están en juego, y necesitan el voto de los seguidores de Trump en sus distritos y estados.

Voces como la del expresidente del Congreso, Newt Gingrich, llamaban entonces a la unidad del partido y pedían presionar a los que trataban de desmarcarse. “Ha llegado la hora de que los votantes republicanos se pregunten: '¿Van a ayudarnos a derrotar a Clinton?' Y Trump debería dejar claro que el efecto secundario de no ayudarlo es elegir a Clinton”.

El Partido Republicano se enfrenta a un gran dilema: qué hacer con Trump, a un mes de las elecciones, cuando él ya les ha declarado la guerra. “Los republicanos desleales son más difíciles que la corrupta de Hillary. Te vienen desde todos los lados. No saben cómo ganar. ¡Yo les enseñaré!”, tuitea Trump. Para él, esta es una lucha de los outsiders contra “los políticos de siempre”. Y esta promesa da de lleno en el núcleo duro de sus votantes, que ha demostrado no abandonar a su candidato pase lo que pase. Haga lo que haga.

Liberado de “los grilletes”, Trump promete hacer campaña sin que nadie lo limite. No hay reglas. No hay dolor. “Cuidado con el hombre que no tiene nada que perder”, advierte el republicano convertido en presentador de televisión, Joe Scarborough. Cuantos más problemas golpean la campaña de Trump, mayores son sus ataques. Más negativos, sucios y destructivos, concentrados contra el aparato del partido, contra los Clinton y los medios de comunicación, sin olvidar sus antagonistas originales: mexicanos, musulmanes, inmigrantes, discapacitados y mujeres, no necesariamente en este orden. Trump contra todos. Y a por todo.