19/5/2019
Análisis

Así podría ganar Trump

El rechazo que suscitan ambos candidatos y las debilidades de Clinton favorecen al republicano

Eduardo Suárez - 16/09/2016 - Número 51
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Donald Trump siempre ha ido por debajo en los sondeos nacionales y el promedio lo sitúa por detrás en todos los estados decisivos, menos en Nevada y en Florida. A estas alturas nunca ganó ningún candidato que fuera por detrás y para hacerlo Trump necesita votos electorales que ahora no tiene.

Sin embargo, el candidato republicano aún puede llegar a la Casa Blanca empujado por las circunstancias especiales de esta campaña. La principal es el rechazo que suscitan los candidatos de los dos grandes partidos: dos tercios de los ciudadanos se declaran poco o nada satisfechos con la posibilidad de elegir entre Clinton y Trump, según el sondeo publicado hace unos días por la firma Pew Research. Esa insatisfacción alcanza por igual a demócratas y republicanos y es inédita en la historia reciente. La popularidad de los candidatos suele subir cuando termina el fuego cruzado de las primarias. Esta vez se ha desplomado todavía más.

El desafío es presentar al aspirante como un republicano genérico sin que pierda el atractivo de ‘outsider’x

Esa insatisfacción favorece a Trump porque refuerza la impresión de que es necesaria una sacudida del sistema. Muchos de sus seguidores no se sienten cómodos con su dialéctica incendiaria, pero lo votarán porque están hartos del bloqueo legislativo propiciado por políticos corruptos, sectarios o inoperantes. Les seduce la idea de elegir a una persona que no forma parte del sistema. El descontento les hace creer que merece la pena probar.

Se podría decir que a muchos les ocurre lo que le pasó a Alexander Hamilton después del empate de las elecciones de 1800. Obligado a deshacer el empate entre sus enemigos Aaron Burr y Thomas Jefferson, Hamilton señaló al segundo como el menor de los dos males. “Pensaba que Jefferson era un demagogo deseoso de seducir al pueblo y que no haría nada estúpido que lo enemistara con él”, explicaba esta semana la profesora Joanne B. Freeman en un coloquio en la Biblioteca Pública de Nueva York.

Esa falsa seguridad no es el único factor que puede jugar a favor de Trump. Su adversaria es una candidata imperfecta. Lleva demasiado tiempo en la vida pública, no se siente cómoda en los mítines y no despierta entusiasmo entre las bases demócratas, que añoran la épica del ascenso de Obama en este páramo de 2016.

Hillary es una política notable, pero la campaña está desnudando sus puntos débiles: su alergia a la prensa, su desconexión con los jóvenes demócratas o sus años al servicio de Wall Street. Su experiencia es su principal activo, pero también un arma de doble filo. Nadie es un símbolo mejor de la casta contra la que clama Trump. Ninguno de los dos candidatos alcanza el 50% en los sondeos y el descontento que suscitan ha disparado hasta el 20% el número de votantes que se declaran indecisos o a favor de candidatos como el libertario Gary Johnson o la verde Jill Stein. Hace cuatro años ese porcentaje oscilaba entre el 5% y el 10%.

Más incertidumbre

Más indecisos significa más incertidumbre y más probabilidades de que fallen los sondeos, que por ahora predicen un triunfo de Clinton. La probable ausencia de Stein y Johnson en los debates siembra dudas sobre el futuro de sus seguidores. La mayoría son republicanos moderados que no se fían de su candidato. ¿Acabarán votando a Trump? Todavía pueden surgir sorpresas: un atentado terrorista, una crisis global o las revelaciones contra Clinton que anuncia desde hace días Julian Assange. Pero a priori nada será tan decisivo para el aspirante republicano como los tres debates presidenciales, que se celebrarán entre el 26 de septiembre y el 19 de octubre, y que pueden alterar la carrera presidencial.

Clinton tiene un conocimiento mucho más profundo de las políticas públicas, pero hay varios detalles que juegan a favor de Trump: es un adversario escurridizo, llega con las expectativas bajas y nadie conoce mejor la naturaleza circense de la televisión.

El candidato no lo tendrá fácil. En los últimos días ha suavizado su imagen leyendo sus discursos con la ayuda de un teleprompter, pero en los debates no tendrá chuleta: se verá obligado a improvisar. ¿Veremos a un Trump contenido o deslenguado? ¿Convencerá a la audiencia de que es un candidato respetable? Muchos republicanos moderados no soportan a su adversaria y están buscando una excusa para votar por él.

El politólogo Alan Abramowitz es autor de un modelo que ha predicho el ganador de las siete elecciones presidenciales que se han celebrado desde 1988. El modelo está basado en tres indicadores: el índice de aprobación del presidente a principios de julio, el crecimiento del PIB en el segundo trimestre del año y las legislaturas que lleva en la Casa Blanca el partido en el poder. Esta vez el modelo apunta a un triunfo holgado del candidato republicano, pero su autor cree que la predicción no se cumplirá por la naturaleza especial de Trump.

El modelo de Abramowitz indica que republicanos como Jeb Bush o Marco Rubio habrían derrotado a Clinton, que no suscita entusiasmo entre los jóvenes ni entre las minorías y que sufrirá para sacar a la gente a votar. El desafío del entorno de Trump es presentar al candidato como ese republicano genérico sin hacerle perder el atractivo del outsider que lo ha traído hasta aquí.

Clinton sigue siendo favorita. Ha recaudado más dinero, ha construido una estructura mucho más potente que la de su adversario y tiene el respaldo de un presidente cada vez más popular. Pero quedan dos meses de campaña y Trump todavía puede ganar.