21/10/2017
Opinión

Un partido de mayorías

La primera condición para ser mayoritarios es atender a España, a sus problemas y a sus ciudadanos

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Un partido de mayorías
patricia bolinches
Nosotros no queremos ser el partido mayoritario de una izquierda minoritaria. Nuestro objetivo no es encabezar la oposición de una izquierda fragmentada. No. Esa no es nuestra pelea. Acomplejado ante la aparición de otra izquierda y temeroso del sorpasso, el PSOE está perdiendo los perfiles del partido nacional, centrado, mayoritario que hemos sido a lo largo de toda la democracia constitucional desde 1978.

El PSOE ha sido siempre un partido de mayoría social y electoral, que buscaba el poder para llevar a cabo su proyecto de trasformación social, de libertad e igualdad, de democracia y protección social. No por casualidad las grandes transformaciones sociales y los grandes avances democráticos y de libertades del último siglo español están inequívocamente ligados al PSOE. Desde la superación de la democracia censitaria al voto femenino. Desde las autonomías a la entrada en Europa. Desde el Estado del bienestar al matrimonio homosexual. “Somos el partido que más se parece a España”, decía orgulloso Rodríguez Zapatero.

Esta es para mí la primera y más exigente condición que debemos cumplir para ser un partido de mayorías: atender a España, a sus problemas y a sus ciudadanos. Desde hace un año la política española se olvidó de los problemas de un país que sufre el mayor reto secesionista de su historia, tiene una tarea ingente para la regeneración de su democracia, arrastra un persistente desfase estructural entre ingreso fiscal y gasto público y sufre graves ineficiencias de su economía que le impiden dar empleo a toda su población, especialmente a los jóvenes (coste energético; baja I+D+i, calidad educativa, digitalización e internacionalización; pequeño tamaño empresarial, etc.).

El reto de la izquierda es dar con soluciones nuevas a las demandas de justicia, igualdad y protección social

Necesitamos un PSOE responsable, serio, comprometido con el país y sus problemas. Un partido orgulloso de lo mucho y bueno que hemos hecho estos últimos 30 años y dispuesto a asumir compromisos en esta grave coyuntura de nuestra historia. Un partido fiable, solvente, que genere afectos por ese papel modernizador y vertebrador que marca su ADN histórico. ¿Que eso tiene riesgos en la competencia de la izquierda? Cierto. Pero más peligroso es perder ese perfil para ganar una radicalidad posicional y retórica que tampoco, por otra parte, parece rendir frutos electorales.

Además de un partido de país, el PSOE ha sido y debe seguir siendo una izquierda moderna, una socialdemocracia del siglo XXI. Hay muchas maneras de describir el nuevo mundo, nuestra realidad. Quizás la más sugestiva sea apelar a la revolución tecnológica que cambia el mundo cada día. Desconocer o despreciar la influencia tecnológica en la sociedad es un pecado que la izquierda no puede permitirse. Al igual que el tractor revolucionó la agricultura a principios del siglo pasado, internet, la economía digital o la robótica están conformando una sociedad casi desconocida todavía. La globalización está configurando una nueva economía planetaria. Pongan ustedes sobre un mapa del mundo las líneas de intercambios comerciales, o las cadenas de valor de las grandes corporaciones, o las sedes de las grandes tecnológicas, y descubrirán hacia dónde se están desplazando el comercio, la economía y la innovación.

Soy de izquierdas y me abruma descubrir que los grandes movimientos geopolíticos y económicos se producen sin que la democracia, la gente, como se dice ahora, tengamos nada que decir. La mayor parte de las grandes decisiones que están configurando nuestro futuro no están en nuestras manos. Por eso creo que la dimensión internacional de nuestra alternativa para democratizar la globalización y combatir las injusticias es la primera condición de esa modernidad. El viejo espacio del Estado-nación en el que la izquierda construyó su pequeño sueño de justicia, protección e igualdad social ha desaparecido. Nos han cambiado las cartas del juego. Es más, nos han cambiado hasta el tapete. Pero nuestros sueños siguen ahí. El corazón de la gente sigue latiendo con pálpitos de justicia, dignidad social, protección de los humildes, igualdad de oportunidades, democracia... La clave es encontrar nuestras herramientas, nuestras fortalezas, nuestras soluciones… pero tienen que ser nuevas. He aquí el reto de la izquierda.

El PSOE debe ser un partido innovador,  valiente, moderno, a la altura de la nueva sociedad española. Capaz de ofrecerse a los jóvenes españoles de hoy.  Formados, cosmopolitas, empleados en oficinas, no en fábricas,  urbanos, sin ideología precisa, gente libre, con una moral cívica muy tolerante, preocupados por su incertidumbre laboral, sufrientes de bajos salarios, sin complejos históricos, mucho más próximos al  centroizquierda que a la derecha. Capaces de percibir la impostura o la ignorancia. Con conocimientos para analizar y valorar las propuestas o para apreciar el valor de la innovación social de los partidos.

Yo quiero un partido solvente, capaz de representar esa modernidad, esa valentía, esa innovación. Hay otra izquierda, es verdad. Se acabó para el PSOE el monopolio de la izquierda y no volverán los tiempos del 40% de apoyo electoral. Pero me rebelo contra ese axioma mortal que otorga a los nuevos la innovación por el simple hecho de ser nuevos. Por el contrario, yo creo que son una izquierda bastante vieja y bastante peligrosa. No les conozco  ninguna propuesta socioeconómica seria y sus postulados sobre el derecho a decidir de los pueblos, su gusto por los refrendos, sus tentaciones asamblearias y su enmienda a la totalidad de la transición democrática, del pacto reconciliatorio y de la Constitución me resultan más que preocupantes.

La izquierda que debemos ser debe huir de esa retórica neonacionalista que se opone al comercio internacional abrazando el viejo proteccionismo. Una izquierda moderna pretende intervenir el libre comercio con acuerdos internacionales que garantizan estándares sociolaborales y medioambientales y protegen los derechos humanos. ¿No es acaso más de izquierdas controlar el mercado y regular el comercio que dejarlo libre de compromisos sociales? El combate al neoliberalismo no puede hacerse cuestionando la economía de mercado. Ese viejo anticapitalismo sin alternativas no nos pertenece. Nuestra socialdemocracia interviene y regula al mercado, pero acepta que la economía y el crecimiento se mueven por el dinamismo del mismo. Naturalmente que nos disgustan los efectos del capitalismo financiero y por eso pretendemos limitarlo con reglas que forzosamente vendrán del consenso internacional. Nos preocupa enormemente el crecimiento de la desigualdad o el empeoramiento de las condiciones de vida de las clases medias. Pero eso no nos lleva a formulaciones panfletarias o a retóricas antiguas, sino a nuevas soluciones predistributivas y fiscales que influyen en el abanico salarial o crean nuevas figuras impositivas a la riqueza y al patrimonio.

La izquierda moderna no puede mantener el déficit público con deuda soberana eternamente. Eso nos debilita ante los mercados. Fueron los socialdemócratas nórdicos quienes establecieron la regla contraria. Por tanto, hay que decirle al país la verdad de nuestras cuentas públicas y ofrecer una reforma fiscal que sostenga nuestro gasto público.

Quiero un partido que sale a la calle, que abre sus sedes, que se forma, que hace pedagogía de nuestros valores

El PSOE que yo quiero debe ser capaz de comprender las enormes transformaciones que se han  producido en el mundo laboral, en el viejo contrato de trabajo. Permítanme una confesión: de joven era ingeniero. Me hice abogado laboralista en los 70 del siglo pasado para defender a los trabajadores. Así fui dirigente de la UGT, y aunque mis principios y mis convicciones son muy parecidas a las que tenía hace 40  años, creo sinceramente en la necesidad de un nuevo marco de regulación de las nuevas relaciones laborales de este siglo. La nueva economía necesita un nuevo contrato sociolaboral, también un nuevo sindicalismo y, desde luego, una empresa responsable socialmente.

Me alarma la devaluación de salarios y condiciones de trabajo del empleo no cualificado y creo en la intervención pública y en la función sindical para remediarlo, pero eso no me impide aceptar y reordenar el papel de la empresa. Por eso pretendo construir junto a ellas una nueva cultura de sostenibilidad y responsabilidad empresarial.

El PSOE del siglo XXI tiene que hacer de la educación y de la cualificación profesional a todos los niveles el motor de la igualdad. En esto no nos diferenciamos de los socialistas republicanos del siglo pasado, que hicieron de la escuela el alma de su proyecto igualitario. Pero hoy los retos son muy distintos y los grandes servicios públicos universales del Estado del bienestar que creamos los socialistas, incluida la sanidad, auténtica joya de ese Estado, están pendientes de un esfuerzo inversor que probablemente requerirá la contribución proporcionada de las rentas más altas. ¿Estamos los socialistas dispuestos a encabezar ese salto de calidad y sostenibilidad? Eso es para mí una izquierda valiente. Eso es el progresismo del siglo XXI. Decirles a los españoles: la educación y la sanidad públicas son y siempre serán mejores que la privada, y para eso debemos contribuir en proporción a nuestra renta. Eso nos hace iguales.

Dicho todo lo cual, no me duelen prendas para reconocer que la mayor debilidad de la izquierda internacional es la ausencia de un programa claro para remodelar el capitalismo y  la globalización, ya que ambos están provocando una división creciente entre quienes tienen cualificaciones y habilidades para trabajar en los mercados globales y quienes tienen solo su fuerza manual de trabajo. Por eso, la izquierda reformista que quiero para el PSOE defenderá reformas globales en el mundo financiero, instrumentos igualitarios e inclusivos a nivel nacional y políticas de inversión pública a largo plazo hacia una economía verde.

Nosotros somos un partido autonomista, no autodeterminista. Hicimos el Estado autonómico para combinar el autogobierno de nuestras nacionalidades y regiones y la unidad de un Estado con ciudadanos iguales. La autodeterminación es un derecho poscolonial para otros estados y situaciones. No para España. No compartimos el derecho a decidir de unos contra otros. Decidimos juntos, conforme a reglas y en el marco de una democracia representativa. La delegación de decisiones al pueblo es una excepción en la democracia representativa y provoca efectos perniciosos, la mayoría de las veces irresolubles. La organización territorial de España reclama una reforma federalista de nuestra Constitución y la renovación de nuestros pactos con nuestros nacionalismos, revisando nuestros marcos de autogobierno. Pero si el PSOE pierde su carácter nacional, su sentido solidario de ciudadanía y su vocación vertebradora de la pluralidad española, dejará de ser el PSOE.

Europa es nuestro proyecto. Pero la defensa de esta Europa en multicrisis no es refundarla de abajo arriba como dice con frecuencia un izquierdismo irresponsable que coincide demasiadas veces con los eurófobos que la quieren destruir. Es, por el contrario, fortalecer la Comisión frente al Consejo, aceptar como necesaria la conjunción de fuerzas con la derecha y los liberales para sostener las instituciones comunitarias y combatir el  retronacionalismo rampante que sufre Europa, desde el Danubio al Tajo; es construir y propagar un discurso y un relato europeístas renovados; es defender el modelo de sociedad del bienestar europeo en la globalización; es combatir el fraude fiscal y los paraísos fiscales desde una Europa punta de lanza en las instituciones financieras internacionales. Es, por supuesto, defender una Europa federal, con la renovación de sus tratados como resultado de la negociación del Brexit.

¿Qué más debería ser el PSOE? Por supuesto, seguir siendo un partido feminista, empeñado y comprometido con la igualdad de género. El partido que más ha contribuido en nuestro país a la revolución feminista. Seguir siendo el partido de la laicidad inclusiva. Un partido capaz de defender con radicalidad la aconfesionalidad del Estado y de las instituciones y, sin embargo, entender que el siglo XXI nos demanda el reconocimiento del hecho religioso y una política de igualdad para las religiones.

Quiero un partido conectado socialmente con los movimientos de progreso en todos los ámbitos. Que sale a la calle. Que abre sus sedes. Que se forma. Que hace pedagogía de nuestros valores e ideas. Con militantes y dirigentes que estudian y se preparan para gobernar un mundo complejo en el que saber es condición de eficiencia. Quiero un partido ejemplar. Y por supuesto, unido.

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