23/8/2019
Literatura

Ábreme con cuidado. Breve historia de la correspondencia

Las cartas, cuya tradición es tan vieja como la de la propia escritura, son una muestra de la necesidad del ser humano de contarse al otro. En el caso de los escritores, permiten además adentrarse en su vida

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Ábreme con cuidado. Breve historia de la correspondencia
La correspondencia completa de Anne Sexton acaba de publicarse en ‘Un autorretrato en cartas’. Fotógrafo desconocido / Universidad de Texas y Austin
Las cartas comenzaron a escribirse en tablillas de arcilla y fragmentos de papiro y servían entonces para intercambiar órdenes, informaciones y experiencias. Las más de 300 tablillas que los monarcas del Antiguo Egipto se intercambiaron con sus homólogos babilonios y asirios que fueron encontradas en el Archivo Real de El Amarna son las primeras pruebas de que el ser humano ha tenido desde siempre la necesidad de contarse al otro. 

En la antigüedad la carta fue definida como “una conversación entre ausentes”, se erigió como el mejor método para comunicarse en la distancia entre familiares y amigos o como instrumento de gobierno capaz de hacer llegar las órdenes de los reyes a los puntos más recónditos de la geografía. El uso cada vez mayor de la correspondencia fue de la mano del aumento de la alfabetización entre mediados del siglo XIX y la primera mitad del XX. A pesar de las diferencias entre los países de Europa, entonces los niveles de alfabetización estaban entre un 60 y un 90%.

Las migraciones de los siglos XIX y XX causadas por las guerras, los totalitarismos y la represión que obligaron a millones de personas a exiliarse favorecieron el uso de la correspondencia. La investigadora Verónica Sierra Blas explica en Aprender a escribir cartas. Los manuales epistolares en la España contemporánea (1927 – 1945) (Trea, 2003) que “escribir cartas fue para exiliados, soldados o presos una terapia capaz de mitigar el dolor de las ausencias, un instrumento para salvaguardar su identidad, dejar constancia de lo vivido y transmitirlo a las generaciones futuras”. 

A partir de los años 80 la carta comenzó a perder su valor en la vida cotidiana y pasó a convertirse en una forma de escritura minoritaria. Los correos electrónicos, SMS, Whatsapp y el resto de comunicaciones a través de las redes sociales han venido a ocupar su lugar. Franz Kafka, experto en la conversación amorosa entre ausentes, dijo que “escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas”. 

Si leer los poemas de Anne Sexton, por ejemplo, no es suficiente para entenderla, si cuanto más se lee de alguien más se quiere saber de él, siempre quedará su correspondencia. Como escribe Simon Garfield en su hermoso ensayo Postdata. Curiosa historia de la correspondencia (Taurus, 2014), las cartas seducen, convencen, y arropan sin remisión en una mezcla cautivadora de confesión, emoción e integridad. Garfield ha dedicado años a recopilar los epistolarios de decenas de escritores porque cree que las cartas tienen el poder de engrandecer la vida, “son prueba de motivación y ahondan en el entendimiento. Demuestran cosas, cambian ideas y reordenan la historia. […] Un mundo sin cartas sería ciertamente un mundo sin aire que respirar”.

La carta está ligada al secreto, no solo por su contenido sino por el objeto en sí. Por esta razón, la poeta Emily Dickinson escribía en sus cartas “ábreme con cuidado”.  Pero si esas cartas quedan a la vista, expuestas a la atenta lectura de los curiosos, se ofrece la posibilidad de contemplar la vida de los escritores. 

De Emily Dickinson a Susan Gilbert 

“No tengo más que un pensamiento, Susie, en esta tarde de junio, y es para ti, igual que mi única oración; querida Susie, es por ti. Que tú y yo, unidas nuestras manos como lo están nuestros corazones, podamos deambular como chiquillas por bosques y campos y olvidar todos estos años, todas estas inquietas aflicciones, y volver cada una a ser niña otra vez.” Emily Dickinson (1830 - 1886) pasó la mayor parte de su vida encerrada en la casa de su padre en Amherst, Massachusetts, y las cartas eran su única forma de comunicarse. Nadie conocía su talento como escritora porque nunca enseñó sus poemas, pero algunos de los destinatarios de su correspondencia, como Susan Gilbert, amiga íntima y mujer de su hermano desde 1856, pudo intuir su brillante escritura en las misivas que le envió durante años.

De Juan Ramón Jiménez a Blanca Hernández-Pinzón

“Necesito que me mandes todas mis cosas, pues pienso casarme dentro de unos meses y quiero que todo eso quede en mi poder, de modo que me haces un paquetito con todo lo que tienes de mí —cartas, libros, retratos, etc.—, desde el barquito que te pinté cuando éramos niños hasta esta carta de hoy, y me mandas decir cuándo pueden ir a recogerlo de mi parte. Claro está que no me podrás devolver algunas cosas, por ejemplo todos los besos que te he dado. Yo en cambio, lo único que puedo devolverte es nada, pues tus cartas, única cosa que tenía de ti, están rotas hace tiempo por una dama, Luisa Grimm.” Juan Ramón Jiménez (1881 - 1958) se escribió decenas de cartas con sus amantes y novias. Este fragmento pertenece a la carta de ruptura con su primera novia, fechada posiblemente en 1901 y escrita desde el sanatorio de Castel d’Andorte en Burdeos. Aunque no se sabe bien, porque la carta es un borrador encontrado en los archivos del poeta y no se puede afirmar con seguridad que llegara a enviarla. Lo que sí se sabe es que después de Blanca inició su correspondencia con Luisa Grimm. 

De Franz Kafka a Milena Jesenská

“Esta mañana volví a soñar contigo. Estábamos sentados juntos, y tú me apartabas, no de mal modo, sino amablemente. Yo me sentía desdichado. No porque me apartaras, sino por mi culpa, porque te trataba como a una silenciosa cualquiera, y no percibía la voz que hablaba en ti, que justamente me hablaba a mí. O tal vez no fuera que no la percibiera, sino que no pudiera contestar. Más desconsolado aún que en otro sueño, me iba. Me acude a la memoria algo que una vez leí en alguna parte, más o menos era así: ‘Mi nada es una columna de fuego, que se traslada por tierra. Ahora me tiene preso. Pero no conduce a los que ha apresado, sino a los que la ven’.” Milena Jesenská (1896 - 1944), conocida como uno de los grandes amores de Kafka (1883 - 1924), fue una escritora y traductora checa que sobrevivió al escritor y acabó detenida por la Gestapo. Fue ella la que escribió primero a Kafka para pedirle permiso para traducir algunos de sus cuentos al checo. Murió en el campo de concentración de Ravensbrück.

De Virginia Woolf  a Leonard Woolf


“Tengo la certeza de que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos volver a pasar por una de esas fases terribles. Y esta vez no me voy a recuperar. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que me parece la mejor opción. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que se puede ser. No creo que dos personas pudieran ser más felices que nosotros hasta que llegó esta terrible enfermedad. Ya no puedo luchar más. Sé que te destrozo la vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Fíjate, ni siquiera soy capaz de escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida.” Una tarde de marzo de 1941, Virginia Woolf (1882 - 1941) se llenó los bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse. Unas horas antes escribió esta carta de despedida para Leonard, su marido y fiel compañero durante décadas. 

De Dorothy Parker a Seward Collins 

“Este es mi tipo de hospital favorito, todo el mundo es muy brioso y aséptico y amable y simpático. Pero siempre te están metiendo un termómetro por algún lado o te encienden las luces o te dan instrucciones sobre terapias ocupacionales (tejer alfombras, ¡qué empeño tan fascinante!) y no hay ninguna posibilidad de tener una sola noticia que contar en una carta.” Parker (1893 - 1967) ingresó en un hospital en mayo de 1927 aquejada de un profundo agotamiento. La escritora estadounidense no dejó de cultivar su mordaz y afilada prosa ni un solo día de los que pasó allí. En esta carta que le escribió al editor Seward Collins —dicen que el motivo principal de dicho agotamiento—, describe con todo detalle su aburrido paso por la clínica: “Prometí a mi madre, en su lecho de muerte, que nunca escribiría una posdata, pero he tenido que guardar lo más llamativo para el final. He perdido 10 kilos”.

De Francis Scott Fitzgerald a Scottie

 “Nadie se ha hecho escritor por el simple deseo de serlo. Si tienes algo que contar, algo que sientas que nadie ha contado antes, tienes que poder sentirlo con tal desesperación que al final encontrarás una manera de contarlo que nadie haya utilizado antes, y así tanto lo que tienes que contar como el modo en que vas a hacerlo se fusionarán como una sola materia, tan indisolublemente como si hubieran sido concebidos juntos. […] Es un trabajo espantosamente solitario y, como ya sabes, nunca he querido que eligieras este camino, pero si al final decides hacerlo, quiero que lo hagas sabiendo de antemano algo que a mí me llevó años aprender.” Scottie Fitzgerald (1921 - 1986), hija de Fitzgerald (1896 - 1940) y Zelda Sayre (1900 - 1948), escribió en el prólogo de Cartas a mi hija (Alpha Decay, 2013) que en su próxima reencarnación no le apetecería volver a ser la hija de un “escritor famoso” porque las condiciones laborales resultan demasiado peligrosas. Lo único que recuerda de su familia son los problemas de salud de su madre, los de su padre, los problemas de dinero y su eclipse literario. Releyendo todas las cartas que su padre le envió durante años, comprendió que la única manera de sobrevivir a su tragedia era ignorarla. 

De Rosa Chacel a Ana María Moix 

“Dice usted en su carta algo sumamente acertado: la tristeza de llevar tantos años ignorada de ustedes —de tres generaciones, por lo menos— solo puede ser compensada considerando el silencio que se ha hecho sobre mí como un honor. Sí, eso es muy cierto, pero ya tengo bastante de ese honor: ahora quiero que me conozcan. Quiero, sobre todo, que me escuchen, y eso es lo que me complace y me conmueve de su carta: usted se ha dado cuenta de que en mi obra puede haber un camino. Pregunte usted cuanto le venga en ganas y responderé largamente.” A los 18 años la escritora Ana María Moix (1947 - 2014) le escribió la primera carta a la escritora exiliada Rosa Chacel (1898 - 1994) para transmitirle su fascinación tras la lectura de su novela Teresa. Así nació una correspondencia de 67 cartas que atravesaría el Atlántico. De mar a mar (Comba, 2015) acaba de ser reeditada para deleite de los admiradores de Chacel. En el prólogo Ana Rodríguez Fischer escribe que “son cartas que transparentan la educación sentimental de una generación, pero a la vez nos brindan el trazado exacto de una trayectoria personal” de dos escritoras ejemplares. 

De Vicente Aleixandre a Max Aub

“Escríbeme y no seas perezoso: una de esas cartas apretadas que tú pones donde se te siente latir. Te escribí a vuelta de correo diciéndote que me gustaba mucho lo que tú me deseabas, y después de eso me has dejado en silencio. Siempre que veo tu nombre me digo: ¡Y yo sin carta!” Entre el 20 de febrero de 1958 y el 13 de junio de 1971, Max Aub (1903 - 1972) y Vicente Aleixandre (1898 - 1984) se intercambiaron 64 cartas que versan, sobre todo, de la escritura de ambos. Estos dos escritores representan el exilio exterior e interior, respectivamente, al que fueron sometidos los intelectuales durante la Guerra Civil española y la dictadura franquista. Se intercambiaron poemas, libros y le dieron un carácter más realistas a sus obras atendiendo a la mirada de escritores como Antonio Machado y Miguel de Unamuno. 

De Eudora Welty a los editores de ‘The New Yorker’ 

“No hay modo de saber adónde podría dirigirme si ustedes me rechazan. Soy consciente de que esto no tiene por qué afectarles, pero deberían plantearse cuál es mi alternativa: por 12 dólares, la Universidad de Nueva York me permitiría bailar en Congo, de Vachel Lindsay. Me acongoja. No tengo nada que añadir, aparte de repetir que soy muy trabajadora.” A los 23 años, Eudora Welty (1909 - 2001) acababa de terminar su licenciatura en Literatura Inglesa y era ya una ambiciosa escritora que aspiraba a estar entre los grandes. Se le ocurrió escribir una carta que debería haber cautivado a los editores de The New Yorker: “¡Cómo me gustaría trabajar para ustedes! Un parrafito cada mañana… un parrafito cada noche, suponiendo que no puedan permitirse contratarme a jornada completa, aunque en ese caso, trabajaría como una esclava”. Pero no respondieron a esa carta. ¿A qué revista de prestigio le interesaría publicar a una jovencita recién salida de las aulas? Eso debieron pensar los editores porque nunca la llamaron. Años más tarde rectificaron su error y contaron con Welty entre sus filas. 

De Sylvia Plath a su madre 

“Comprendo y agradezco tu deseo de tener a Frieda, pero si eres capaz de imaginarte el choque emocional que ha supuesto para ella perder a su padre y luego la mudanza, comprenderás que mandarla ahora en avión a América es absolutamente impensable. Soy su única seguridad actual, y desarraigarla de aquí sería desconsiderado y cruel, por muy cariñosamente que la trataseis allí. […] Ahora los niños me necesitan más que nunca, así que durante algunos años más intentaré seguir escribiendo por las mañanas y dedicándome a ellos por las tardes, e iré a ver a mis amigos o leeré y estudiaré por las noches.” Plath (1932 - 1963) murió a los 31 años y fue una prolífica escritora de cartas. Dejó un total de 696 a su familia escritas entre 1950, año en que entró en la universidad, y 1963, cuando se suicidó. En Cartas a mi madre (Mondadori, 2001), la madre de Sylvia cuenta que entre ellas se producía una suerte de ósmosis psíquica que a veces resultaba maravillosa y confortadora y otras se convertía en una inoportuna invasión de la intimidad personal. 

De Anne Sexton a Linda Gray Sexton

Linda tenía 21 años cuando su madre, la poeta Anne Sexton (1928 - 1974), se suicidó. Cinco años antes, Sexton estaba en medio de un vuelo a San Luis para una lectura y sintió la necesidad de escribirle una carta a su hija: “Estaba leyendo una historia en The New Yorker que me ha hecho pensar en mi madre y aquí sentada en el asiento le he susurrado: ‘Ya lo sé, madre, ya lo sé’. (¡He encontrado un bolígrafo!). Y he pensado en ti, en que algún día estarás viajando a algún sitio sola y puede que yo esté muerta y que quieras hablar conmigo.” En aquel momento, la poeta intuyó que en un futuro no muy lejano, cuando su hija la necesitara, ella no estaría allí. Para que Linda no tuviera dudas, su madre le enumeró tres cosas que debía tener siempre presentes: “1. Te quiero; 2. Tú nunca me decepcionas; 3. Ya lo sé. Yo también he pasado por eso. Yo también tuve 40 años y una madre muerta a la que todavía necesitaba”. 

Años después, cuando Linda intentaba unir las piezas del puzle de la obra literaria de su madre (horas y meses luchando con las carpetas de su correspondencia y manuscritos) experimentó una soledad y un dolor que escapaban a cualquier explicación. “Leí sobre su infancia y sus emociones abrasadas —la impresión que tenía de no haber sido amada ni deseada, de ser un error— que habitaban sus días como fantasmas. Leí sobre mi propia infancia, sobre una madre —mi madre— incapaz de ejercer de madre.” Quizá en ese momento Linda pensó en las palabras que su madre le había dejado escritas: “La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes —estés donde estés, Linda, hablando conmigo—. Pero he tenido una buena vida —escribí siendo infeliz— pero he vivido a tope. También tú, Linda  — ¡Vive a TOPE! Apúrala al máximo. ¡Te quiero, Linda de 40 años, y me encanta lo que haces, lo que encuentras, lo que eres!—. Sé tú misma. Entrégate a los que amas. Háblale a mis poemas y háblale a tu corazón —yo estoy en ambos: si me necesitas—”. Para cuando Linda acabó de armar Un autorretrato en cartas (Linteo, 2015), el volumen completo de su correspondencia, ya no veía a su madre como su madre sino como algo irreal y mítico, perteneciente al mundo y no a su vida. En 1980, mientras Linda intentaba escribir su primera novela, Rituals, una historia acerca de cómo una hija intenta superar la muerte de su madre, le pidió a Dianne Middlebrook, profesora de Stanford, que escribiera una biografía sobre su madre. Y desde entonces Linda dejó de cargar con la trágica historia de Anne Sexton sobre sus hombros y de ser la hija que “había levantado las rocas que escondían bajo ellas criaturas que daban miedo”. 
Anne Sexton. Un autorretrato en cartas
Anne Sexton. Un autorretrato en cartas
Linda Grey Sexton y Lois Ames
Traducción
de Andrés Catalán, 
Ben Clark, Juan David González-Iglesias 
y Ainhoa Rebolledo Linteo, Orense, 2015, 545 págs. 
Aprender a escribir cartas. Los manuales epistolares en la España contemporánea
Aprender a escribir cartas. Los manuales epistolares en la España contemporánea
Verónica Sierra Blas
Trea, Gijón, 2013,
254 págs. 
Cartas a mi hija
Cartas a mi hija
Francis Scott Fitzgerald
Traducción
de Albert Fuentes
Alpha Decay, Barcelona, 2013,
209 págs.
Cartas a mi madre
Cartas a mi madre
Sylvia Plath
Traducción
de Montserrat Abelló
y Mireia Bofill
Literatura Random House,
Barcelona, 2001, 376 págs.
De mar a mar
De mar a mar
Rosa Chacel y Ana María Moix
Comba, Barcelona, 2015,
333 págs. 
Postdata. Curiosa historia de la correspondencia
Postdata. Curiosa historia de la correspondencia
Simon Garfield
Traducción
de Miguel Marqués
Taurus, Barcelona, 2014,
520 págs.