18/7/2019
Literatura

“Perdonen por el polvo”

La talentosa Dorothy Parker publicó poemas, cuentos y críticas, y lo intentó también con la novela

Jaime G. Mora - 04/12/2015 - Número 12
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“Perdonen por el polvo”
Dorothy Parker. Hulton Archive / Getty Images
Dorothy Parker escribió poemas, relatos cortos, ensayos, crítica de teatro y literaria y guiones en Hollywood. Todo, según dijo su biógrafa Marion Meade a Bookslut, con un talento al alcance de pocos escritores: “Es la única mujer que ha hecho literatura humorística en Estados Unidos”. También se atrevió con dos novelas. Pero no fue capaz de terminarlas y se intentó suicidar. Conocida por su ironía y por su sarcasmo, Dorothy Rothschild —su nombre de soltera— triunfó desde joven. En 1917, con 24 años, Vanity Fair la contrató como crítica teatral. El editor Frank Crowninshield había quedado fascinado con su trabajo en Vogue, donde, durante dos años, Parker se encargó de acompañar imágenes con versos y comentarios del tipo “Este pequeño vestido rosa te hará conquistar a un galán”. Fue en esa época, antes de cambiar de trabajo, cuando la escritora se casó con Edwin Pond Parker, cuyo apellido conservó tras el divorcio.

La tertulia del Algonquin

En Vanity Fair, Parker se convirtió en la única crítica teatral de Nueva York. Desde el principio tuvo una gran influencia. Era capaz de arruinar una obra con una sola frase. Eso fue lo que provocó su despido cuando cumplía cuatro años en la revista. A tres de los grandes productores de entonces no les gustó que Parker criticara sus obras. “Vanity Fair era una revista sin opinión, pero yo tenía opiniones. Así que fui despedida”, dijo Parker a The Paris Review

Con ella se fueron Robert Benchley y Robert E. Sherwood. “El señor Benchley —siempre se trataban entre ellos por su apellido— tenía dos hijos. Fue el acto más grande de amistad que he conocido”, le dijo la escritora a Marion Capron en The Paris Review. Poco antes de que los tres amigos salieran de Vanity Fair, Parker llevó a Benchley y Sherwood al Hotel Algonquin, donde recibieron al influyente crítico Alexander Woollcott, que volvía de la guerra. Entonces ella todavía no fumaba ni bebía. El alcohol le sentaba mal.

Al grupo se unieron pronto figuras como Harold Ross, fundador de The New Yorker, el director de teatro George Kaufman, la escritora Edna Ferber, el guionista Donald Ogden Stewart y el periodista deportivo Haywood Broun. Como el rincón donde se veían se les quedaba pequeño, el dueño del hotel les habilitó una mesa redonda en el centro de la sala de cenas. Nació así la tertulia del círculo vicioso.
Eran los años 20, los años perdidos de los Estados Unidos de entreguerras, y figuras relevantes del panorama cultural se reunían cada anochecer para beber alcohol de contrabando y divertirse. “La gente mitifica la tertulia —dijo Parker a la Review—. No había gigantes. Piensa en quiénes escribían en aquella época: Lardner, Fitzgerald, Faulkner y Hemingway. Todos ellos sí que eran gigantes. La mesa redonda no era más que un grupo de amigos que contaban chistes y se decían los unos a los otros lo buenos que eran.”

Conocida por su ironía y sarcasmo, Dorothy Rothschild —su nombre de soltera— triunfó desde joven

Divertirse en aquella época estaba asociado a la bebida: divertirse mucho era beber mucho. Parker, cuya lengua viperina era jaleada, fue la más aplicada. “Maldita sea, eran los años 20 y teníamos que ser unos sabelotodo. Yo quería ser ingeniosa. Eso es lo terrible. Debería haber tenido más sentido común”, le confesó a Capron. La escritora se instaló en el Algonquin, tras romper con su marido, en una suite que casi nunca pagaba. Según la biógrafa Meade, Parker, “en competición con los hombres, siguió su carrera con habilidad y logros, y exigió ser tratada como una igual”.

Publicó cuatro libros de poemas. El primero, Enough Rope (1926) fue un éxito de ventas. Parker colaboró en los comienzos de The New Yorker de Ross con el seudónimo Constant Reader y hacía crítica literaria en Esquire. Su escritura era mordaz y, en un estilo informal, era capaz de exponer con gracia lo pomposo de los autores que le desagradaban.

Entre depresiones, intentos de suicidio, rumores de historias escandalosas y abortos que Parker nunca desmintió —“Soy fácil”, le dijo a Edmund Wilson—, publicó su segundo poemario, Sunset Gun, en 1928. Un año después de que comenzara a interesarse por causas políticas. Parker se obsesionó con el caso de los anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos inmigrantes italianos condenados a muerte por asesinar a dos personas durante un robo a mano armada. La izquierda estadounidense denunció que se trataba de un proceso político y hubo protestas. Parker viajó a Boston para seguir el juicio y fue detenida por participar en una manifestación con John Dos Passos en la que cantó “La Internacional”. Las últimas palabras de Sacco antes de su ejecución fueron: “¡Viva la anarquía!”.

La adscripción de Parker a la causa izquierdista la llevó a viajar a la España de la Guerra Civil. En 1926 había quedado horrorizada por las corridas de toros —solo aguantó cinco minutos en la plaza: la escritora adoraba los animales, nunca tenía suficientes perros—. En Sevilla descubrió la afición de los hombres a pellizcar el culo de las mujeres. Pero en 1937 regresó a Madrid, donde coincidió con Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, y fue a Valencia. Fruto de esta experiencia publicó en The New Yorker el relato “Soldados de la República”, donde narraba un encuentro con seis soldados que llevaban más de un año en la guerra.

Escritora de relatos

Parker comenzó a escribir cuentos coincidiendo con su estrenado compromiso político. Por Una rubia imponente —Nórdica recuperó el cuento y lo editó acompañado de ilustraciones de Elisa Arguilé en 2013— ganó en 1929 el premio O. Henry. La mayoría de sus cuentos tienen como protagonistas a mujeres independientes, que vivían su vida y su sexualidad sin reparos. La escritora se fijaban en sus mañanas resacosas, en las charlas con sus amantes. También retrató un EE.UU. racista. Tomaba los nombres de sus personajes de la guía telefónica y de los obituarios. Parker dijo a The Paris Review que cada historia le llevaba unos seis meses de trabajo: “Escribo frase a frase, no a partir de un primer borrador. No puedo escribir cinco palabras sin cambiar siete”. Fitzgerald dijo que el talento de Parker era comparable al suyo.

“Escribo frase a frase, no a partir de un primer borrador. No puedo escribir cinco palabras sin cambiar siete”

“En la era de la gran novela americana —dijo Meade a Bookslut—, ella era consciente de la necesidad de producir un trabajo serio de larga duración, no aquellas ‘cosas cortas’ insignificantes (según sus propias palabras). Empezó una novela, pero no la terminó. En 1929 le ofrecieron un contrato para escribir Sonetos de suicidio o la vida de John Knox. Pensó que sería más fácil en el segundo intento, pero no fue así. Cuando no tuvo más remedio que asumir su fracaso, se deprimió profundamente e intentó suicidarse.”

Parker siguió escribiendo relatos y publicó dos libros más de poesía. En 1933 se casó con el actor Alan Campbell y se marchó con él a Hollywood, donde firmó un contrato de 5.200 dólares a la semana con la Metro Goldwyn Mayer. Parker escribió los guiones de la exitosa Ha nacido una estrella (1937), de George Cukor, y de Sabotaje (1942), de Alfred Hitchcock. En Los Ángeles fundó el primer sindicato de guionistas y se implicó en numerosas organizaciones antifascistas. En aquella época, a mediados del siglo XX, en EE.UU. era peligroso coquetear con los comunistas. Cuando en 1946 escuchó que estaba siendo investigada por infiltración comunista en el mundo del espectáculo, se lo tomó a broma. Pero en 1953 Parker fue llamada a declarar por el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Aunque negó haberse unido al Partido Comunista, estar en la lista negra destrozó su carrera.

Regresó a Nueva York en 1963, cuando murió su marido, enferma y con problemas económicos. “El dinero de Hollywood no es dinero. Es nieve congelada, se derrite en tus manos. No puedo hablar de Hollywood. Fue un horror estar allí y es un horror recordarlo”, le dijo a la entrevistadora Capron. 

A su viejo amigo Benchley el alcohol lo llevó a la muerte, igual que a Woollcott. Lillian Ross, histórica reportera de The New Yorker, recuerda que casi no la reconoció cuando se cruzó un día con ella. Parker estaba demacrada. Se pasó los últimos años de su vida tomando té con sus admiradores, olvidada por el mundo literario. Mandaba entonces la generación beat, movimiento que la escritora definió como un sinsentido que en dos años sería olvidado.

En 1967, una camarera del hotel donde Parker vivía la encontró muerta. No conservó manuscritos ni las cartas que intercambió con sus contemporáneos y por eso se le atribuyen numerosas ocurrencias que nunca dijo. Su última decisión fue donar los 20.000 dólares que le quedaban al movimiento contra la segregación racial. Para su lápida, Parker sugirió que grabaran la frase “Perdonen por el polvo”. A un amigo, antes de morir, le dijo: “No te sientas mal cuando muera porque llevo mucho tiempo muerta”. Y lo seguiría estando mucho tiempo más. Su país tardó décadas en reconocer su talento.