23/10/2017
Opinión

Adiós a las armas

Editorial - 02/09/2016 - Número 49
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“¿Apoya usted el acuerdo final para terminar con el conflicto y construir una paz estable y duradera?” Esta será la pregunta a la que los colombianos deberán responder en el referéndum convocado el 2 de octubre para ratificar el pacto firmado en La Habana entre el Gobierno de Bogotá y las FARC después de cuatro años de negociaciones. La victoria del sí se presenta como el fin a un conflicto armado que ha durado más de 50 años, en el que han muerto alrededor de 220.000 personas y que es el último residuo de la guerrilla revolucionaria al modo castrista surgida durante la guerra fría en América Latina.

 La paz sería bienvenida y abriría en Colombia una normalidad merecida. Como en todos los procesos negociadores de esta naturaleza, el acuerdo que se someterá a referéndum es insatisfactorio para los observadores participantes y presenta algunos puntos difíciles de aceptar. No castigar con prisión a quienes cometieron crímenes graves como secuestros o extorsiones si confiesan, poner un sueldo a los exguerrilleros y asegurar escaños para las FARC en el Congreso y el Senado parecen indulgencias y concesiones hirientes a quienes durante medio siglo han aterrorizado a la población.

Pero más allá de los reparos que suscita, este acuerdo es mejor que el enfrentamiento armado al que pone fin. Álvaro Uribe, el expresidente hoy líder de quienes se oponen al acuerdo, se equivoca al considerar que es una claudicación y una entrega del país a una suerte de chavismo. Se trata de una valiosa oportunidad para un país que lleva demasiado tiempo conviviendo con la violencia. En todo caso, los referéndums los carga el diablo y veremos si los colombianos responden a una pregunta (la de su apoyo al presidente Santos) distinta de la que figura en las papeletas. La paz no clausuraría los conflictos pero inauguraría el camino para resolverlos descartando recurrir a la pólvora. Vuelve a probarse que la libertad no se puede exportar con armas.