14/10/2019
Literatura

Alegría y otros mitos

Se publica la poesía reunida de Claribel Alegría, la escritora que puso la literatura centroamericana en el mapa

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Alegría y otros mitos
Claribel Alegría. Juan Ferreras / EFE
Hay poetas que aspiran a encontrar su estilo, su voz y, mientras eso llega, a veces escriben buenos poemas. Otros poetas se conforman con la honradez porque saben que de ahí vendrá todo lo bueno que tenga que venir, lejos del miedo y del confort. Hay poetas que escriben desde la honradez porque la vida les ha exigido honestidad, indagación, convivencia. Y después viene el poema, la voz y lo que tenga que venir.

Si hay una poeta que abarque y simplifique todo este laberinto existencial, esa es Claribel Alegría (Estelí, Nicaragua, 1924), que ha dedicado una vida a conectar con lo más profundo de ella misma, con lo más luminoso de su musicalidad violenta, de su apetito de fondo. Se ha dedicado fundamentalmente a escribir poemas de amor, es decir, poemas humanos, comprometidos, vitalistas, pero también dolorosos e impotentes: “Acuso / invento odios / balbuceo / tropiezo”. Porque el amor es honradez, serenidad y transparencia, y Alegría conoce bien el sufrimiento que esconden los caminos difíciles y agradecidos. Ahora la poeta reúne todos estos años vagando entre los límites en una antología personal y esencial, Pasos inciertos (1948-2014), que publica Visor. Casi un siglo de vida dedicado a la literatura desde que ya de niña le dictara poemas a su madre, y ya entonces le aseguraba que ahí había algo importante, que no perdiese hilo de lo que decía. Así fue creciendo y buscando una identidad, poniendo nombre y lugar a las cosas que muchas veces no tenían nombre y hubieran preferido otro lugar.

Un jardín en Nicaragua

Como Emily Dickinson, quería vivir en un jardín clausurado donde frotarse la cara con las hojas y donde confundir tierra y cuerpo, donde el jazmín solo oliese a jazmín. Pero Nicaragua no era Nueva Inglaterra y ese jardín se lo arrebataron a tiros, metralla que se escuchaba desde su dormitorio de niña, y la pólvora sustituyó al jardín, y los cadáveres al presente, al cuerpo.

Fue testigo de la masacre de 1932, del genocidio dirigido por el golpista Hernández Martínez, quien mandó asesinar a todos los indios. Y tuvo que irse con su jardín a otra parte dejando todo atrás. “Úsala bien, hijita, esta va a ser tu arma. Yo sé que nunca vas a volver”, le dijo su padre al regalarle una pluma cuando cumplió la mayoría de edad. Y acertó con el arma, solo en parte con el futuro: “Y en medio del paisaje / con frecuencia me asalta una nostalgia / y estoy desamparada / y encuentro ventanas / y sonrisas, / y yo pasé de largo. / Es inútil pensar en el regreso”.

Fue discípula del exigente Juan Ramón Jiménez, quien fue su mentor y editor de su primer poemario

En la novela Cenizas del Izalco (Seix Barral, 1964) se enfrentó por primera vez a esta masacre con su propia arma. No será la última, porque el tema no está agotado y el genocidio sigue arrasando hoy día a las minorías indígenas de Centroamérica. Pero quien deja tanto amor nunca se va del todo, porque la identidad es más firme que el movimiento, como ya apuntaba en Huésped de mi tiempo (1960): “Voy a morirme un día / y no sé de mi rostro / y no puedo volverme”. Ese día afortunadamente aún quedaba —y queda— muy lejos. Se marchó a estudiar a Estados Unidos y fue discípula del exigente Juan Ramón Jiménez, quien acabaría siendo su mentor y quien, junto a Zenobia Camprubí, recopiló los poemas que formarían el primer libro de la poeta.

Júbilo y amor

Como indica Benjamín Prado en el prólogo que abre esta antología: “He conocido pocos creadores cuya obra esté en una sintonía tan perfecta con su nombre: se llama y sus poemas están llenos de todo lo que puede oírse al fondo de esas dos palabras: júbilo, fulgor, nitidez, optimismo…”. Y amor. El amor como el mayor acto de violencia social y política, y como una forma de revolución tranquila, de descubrimiento decisivo. Ocupó el frente sentimental con Darwin J. “Bud” Flakoll hasta 1995, año en que su eterno compañero de vida y literatura falleció. El profundo vacío que le produjo la muerte de su marido no impidió que siguiera exigiendo a la realidad algo que la realidad muchas veces evita: “Mi gato negro ignora / que va a morir un día / no se aferra a la vida / como yo / […] Mi gato negro ama / a cuanta gata encuentra / no se deja atrapar / por un único amor / como lo hice yo”.

“Úsala bien, hijita, esta va a ser tu arma. Yo sé que nunca vas a volver”, le dijo su padre al regalarle una pluma

Con Bud vivió un amor sereno e independiente y una logradísima travesía literaria. Feministas ambos, se respetaron y trazaron su carrera de forma a veces paralela y a veces cruzada a su relación, pero sin que ella perdiera jamás autonomía en su trabajo, cosa que no era muy común en la época. Claribel Alegría consiguió poner a la mujer en el mapa literario, empresa nada fácil en aquel tiempo y en aquella América. Es más, consiguió poner a Centroamérica, a la mujer y a la literatura centroamericana en el mapa de la literatura (falocéntrica del boom) y en mapas aún más exigentes. Y así se ha mantenido hasta hoy: “Sobrevivo / Alegrovosamente / sobrevivo”.

Volver a la infancia

En sus últimos poemas publicados, y aquí recogidos, abandona esa canto por el futuro y decide mutarse con la naturaleza para habitar definitivamente en los extremos de lo primigenio y de lo que evoluciona despacio. Así, esta guerrera de revoluciones tranquilas y aforismos como plazas vuelve al jardín de la infancia —no acertó su padre— acompañada de sus clásicos y mitos confundidos ya con su cuerpo. Vuelve al mar que la vio nacer, de donde emergió esta mujer que fue todo en el amor sin dejar de lado ni el vergel ni la guerra, sin dejar de mirar el universo con asombro: “Porque el mar nos espera / porque el mar es la cuna / porque somos el mar”.

Pasos inciertos
Antología personal (1948 - 2014)
Pasos inciertos Antología personal (1948 - 2014)
Claribel Alegría
Visor, Madrid, 2015, 392 págs.