19/11/2019
Opinión

Asuntos centrales de la campaña

Editorial - 06/05/2016 - Número 32
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La firma por el rey, con el refrendo del presidente del Congreso, del decreto de convocatoria de elecciones a celebrar el 26 de junio era un desenlace esperado desde hace semanas, e incluso buscado por algunos partidos desde el escrutinio de las urnas la noche del 20 de diciembre. Es el reconocimiento de un fracaso consecuencia de la incapacidad de las formaciones políticas para asumir lo que se vislumbra como la normalidad política durante la nueva temporada, caracterizada por la presencia de más actores que componen unas Cámaras más fragmentadas y sin mayoría definida.

La campaña para pedir el voto, que se iniciará oficialmente el 10 de junio,  supone abrir una prórroga de la situación en la que estamos inmersos desde hace cuatro meses. De la obligada convocatoria derivará con toda probabilidad el incremento del hartazgo de los electores. Además, debemos prepararnos para que se añadan ruidos en el sistema y para que cada uno de los contendientes  centre el debate en presentarse exento de culpas y cuelgue en los rivales el coste de lo sucedido en esta legislatura breve y perdida. En esa polvareda puede perderse el rastro de las responsabilidades del Partido Popular durante sus cuatro años con mayoría absoluta en el Congreso y el Senado, que concluyeron en las urnas del 20-D, momento que abrió la etapa de interinidad para Mariano Rajoy y su gabinete.

El Gobierno se ha hurtado al control del Congreso pero ni la prensa ni los jueces han dejado de atender su misión —en modo alguno están en funciones sino funcionando a pleno rendimiento— y bajo su impulso siguen estallando de modo incesante los casos de corrupción en condiciones de ingravidez, sin consecuencias visibles. De aquella proclama según la cual el PP era incompatible con la corrupción nunca más se supo y de su pretendida ejemplaridad en cuanto a la gestión económica fiable y sólida, tampoco, como puede verse por las advertencias de la UE.

El PP se afanó primero en ahondar la profundidad del pozo en que se encontraba el país en 2011, logró con ahínco instalar la desconfianza internacional en nuestras cuentas, alardeó de haber evitado el rescate al que insistía hubiéramos estado condenados, escamoteó el rescate bancario que efectivamente se produjo y ahora amanecemos con una deuda pública que supera el PIB, un déficit mayor del previsto por encima del 3% hasta 2018 y una exasperante  lentitud en la creación de puestos de trabajo, por mucho que nuestro crecimiento se haya situado entre los mayores de la Unión. En lugar del rigor tantas veces predicado, el PP ha preferido incurrir en la actitud clientelar de rebajar impuestos a las rentas más elevadas y granjearse el voto de los funcionarios abonándoles los pagos pendientes, con cargo a la cuenta de los contribuyentes. Estos son los asuntos que el PP intenta eliminar de la campaña, cuando deberían ser algunos de sus puntos centrales. Rajoy aplica la estrategia de rehuir toda búsqueda de consenso a la espera de una repetición de unas elecciones contando que la suma del sectarismo de su hueste y del abstencionismo de las ajenas le encumbre el 26-J. En cualquier caso, su gestión económica tiznada por la corrupción sistémica parece insostenible a medio plazo. El espectáculo de los últimos cuatro meses debería alertarnos porque, como escribe Milan Kundera, la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.