23/10/2017
Europa

Bienvenidos, ¿hasta cuándo?

Muchos se preguntan cuánto puede durar la política de Merkel de acogida a los refugiados en un país aún dividido económicamente

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Bienvenidos, ¿hasta cuándo?
Refugiados frente a la policía en la frontera entre Austria y Alemania en Freilassing, al sur de Alemania. CHRISTOF STACHE / AFP / Getty Images
En las pequeñas ciudades de la Alemania más profunda, como algunas de la antigua RDA, la crisis de los refugiados que tanto angustia estos días a Europa parece lejana. Es el año de Lutero y las poblaciones que tuvieron alguna relación con el iniciador de la reforma protestante —son muchas donde predicó contra el papa y el indecente comercio de reliquias e indulgencias, sobre todo en Sajonia-Anhalt—  han organizado rutas turísticas y exposiciones para celebrarlo. 

Coincide además con el año dedicado al pintor Lucas Cranach hijo, que siguió las huellas de su padre, retratista del fraile rebelde, de su esposa, la monja Catalina de Mora, y de otros reformadores como el humanista Melanchton. Los rostros severos de Martín Lutero y de los príncipes y nobles que le protegieron están en todas partes.

En Sajonia-Anhalt están también Weimar y Dessau, ciudades estrechamente vinculadas al movimiento de la Bauhaus que, bajo la dirección de GropiusHannes Meyer y Mies van der Rohe, revolucionó la arquitectura y el diseño y que finalmente fue cerrada en 1933 por los nacionalsocialistas. Estas y otras ciudades como Berlín, donde estuvo en su etapa final, se preparan para festejar en 2019 el centenario de su creación.

Es de todo esto —de la cultura  compartida por las dos Alemanias durante los decenios en que, tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial,  estuvo cruelmente dividida— de lo que le gusta hablar a la gente de ese Land tan alejado de la elegancia y el cosmopolitismo de algunas ciudades del oeste como Düsseldorf o Hamburgo.

De eso y no de lo que se habla últimamente en todas partes: del auge que han tenido en esa región movimientos claramente xenófobos como el de Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), que por ejemplo en Magdeburgo, capital de Sajonia-Anhalt,  ha adoptado el nombre de Magida.
Allí , durante un viaje de dos semanas por esa parte de la antigua RDA, me topé tan solo con una manifestación de extrema derecha. Me habían asegurado que eran cada vez menos los que se reunían allí regularmente para airear sus quejas contra los inmigrantes y la política permisiva del Gobierno. Y así fue: apenas superaban la veintena. Había jóvenes tatuados y con pendientes en la oreja, pero también jubilados de ambos sexos y algún tullido que portaba una bandera alemana. Los dirigía alguien que se identificó ante la policía como miembro del NPD, el partido neonazi.  Sus rostros parecían desencajados por la rabia mientras gritaban consignas contra la democracia y en algún caso a favor del presidente ruso, Vladimir Putin. Como a los simpatizantes del Frente Nacional francés, a los ultras alemanes les gustan los hombres fuertes.

Los jóvenes han emigrado

En varios puntos de mi recorrido por ese Land, tan rico en iglesias románicas, catedrales góticas y esas casas de entramado de madera que dan a las ciudades un aspecto totalmente medieval, hablé con gente mayor del cambio experimentado por la antigua Alemania comunista desde la caída del muro.  
Gente mayor porque era difícil muchas veces encontrar a jóvenes. Muchos de ellos han emigrado a la capital, Berlín, o a distintas ciudades de la parte más rica del país en busca de trabajo. Exactamente igual que los españoles y otros mediterráneos que no lo encuentran en casa. Magdeburgo, por ejemplo, tuvo durante la época comunista una importante industria de maquinaria pesada que hoy ha desaparecido por completo, como tantas otras. En su lugar, aunque sin poder suplirlas, han surgido industrias nuevas como la eólica. Son muchas las turbinas que se ven por los campos vecinos, tierras muy fértiles donde se cultivan el maíz o la remolacha azucarera.

La gente mayor agradece la posibilidad de viajar a lo que antes era la otra Alemania y la mayor oferta de productos que hay en todas partes. Han llegado supermercados y franquicias de todo tipo. Y en las ciudades más grandes han surgido esos templos del consumo que son los centros comerciales, ocupando a veces plazas donde antes se celebraban los desfiles del primero de mayo. También agradecen que se hayan saneado las casas, reformadas por dentro y por fuera. Las fachadas antes totalmente lisas se han embellecido con modernos balcones. Eso sí, todo ello a cambio de una subida de los alquileres, que en la época comunista eran irrisorios e incluían la luz y el agua. 

Cautela con los refugiados

De todo eso hablan sin problemas los sajones. Pero cuando se les pregunta por el tema de los refugiados se muestran más cautos. Una jubilada me dijo que todo el mundo quiere ayudar y puso el ejemplo de unas monjas que estaban dispuestas a acogerlos, pero tenían miedo de que al día siguiente montaran una mezquita frente al convento. Otros hablan de los problemas de integrar a gentes de una cultura distinta y citan como autoridad a Thilo Sarrazin, un exdirectivo socialdemócrata del Bundesbank y exsenador de finanzas de Berlín que publicó en 2010 su superventas Alemania se suprime a sí misma, en el que advertía a los alemanes del peligro que puede suponer la inmigración —sobre todo la musulmana— para la cultura y la demografía del país. 

Los políticos alemanes presentaron la crisis como una oportunidad económica para sostener a sus jubilados

Sarrazin volvía hace poco a la carga en una entrevista en el semanario liberal Die Zeit en la que se ratificaba en sus predicciones de entonces, y expresaba su creciente preocupación por la “radicalización” del islam y sus consecuencias para el país y criticaba la extrema porosidad de las fronteras externas de la Unión Europea, incompatibles, según él, con el Tratado de Schengen.

Sarrazin, a quien escuchan muchos alemanes a juzgar por el éxito de su libro, argumentaba que la inmigración no preocupa a profesionales como los médicos, los ingenieros o los periodistas que le entrevistan, sino al hombre de la calle, que ve en los inmigrantes una competencia: la tantas veces repetida posibilidad de que puedan hacer que bajen los salarios de los nacionales e incluso que muchos pierdan sus empleos. 

Y aunque a veces no sea tan evidente, está claro que hay preocupación. Está en muchos el miedo al extranjero. Miedo que es mayor, como suele ocurrir, en aquellos lugares donde no están tan  acostumbrados a la convivencia con gente de distinta cultura o procedencia, a diferencia de las grandes ciudades como Berlín.

La pregunta que se hacen muchos aquí es cuánto durará eso que los medios alemanes, sacando pecho, han dado en llamar Willkommenskultur (cultura de bienvenida). Después de que Angela Merkel dijera que el país estaría a la altura del desafío —un desafío potencial de 800.000 inmigrantes—, la prensa se llenó de editoriales y comentarios elogiando tanto a la canciller como a los miles de voluntarios que acudían diariamente a las estaciones a recibir a los solicitantes de asilo que otros europeos, como por ejemplo los húngaros, maltrataban. La prensa incluso agradeció en algunos editoriales la generosidad de los lectores para con los refugiados, animándoles a continuar por esa vía para ejemplo del resto de los europeos. Había que leer algunas cartas de lectores para percatarse de que no todo el mundo estaba de acuerdo. Algún cínico señalaba que la gente se había acercado a las estaciones tal vez para hacerse un selfie con los refugiados para mostrarlo luego a los amigos. 

Una oportunidad económica

Políticos y editorialistas trataban de presentar la crisis como una oportunidad económica y demográfica. Si, como argumentan los demógrafos, Alemania está envejeciendo a pasos agigantados y necesita a gente joven para sostener al número creciente de jubilados, la llegada de esos cientos de miles de refugiados podría incluso ser una bendición. Claro que antes habría que alojarlos, enseñarles alemán y formar a quienes no tuviesen ya un título profesional. 

Pero también esto serviría para crear nuevos puestos de trabajo para los propios alemanes. Tal era el argumento recurrente en círculos del Gobierno. Argumentos que ocultaban la otra cara de la moneda: la lógica caída de los salarios al aumentar el ejército de reserva que representarían los refugiados.
Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con esa visión economicista. Cada vez son más los que piensan —tanto en la unión cristianosocial bávara como entre los socialdemócratas de la coalición— que Angela Merkel ha hecho de aprendiz de brujo y ha puesto en marcha fuerzas que le resultará difícil controlar. Así, Alemania se ha puesto la medalla —esta vez no de austeridad, sino de solidaridad y compasión con los más débiles y desprotegidos— y ha dado lecciones a sus socios europeos, que acaban de acordar el reparto de 120.000 refugiados con la oposición de Hungría, República Checa, Eslovaquia y Rumanía y la abstención de Finlandia. 

Después de haberse mostrado tan dura y falta de empatía con los griegos, como si no aceptara que nadie le plantara cara, el péndulo osciló de pronto al otro extremo. Y esto es algo que algunos —no solo otros gobiernos europeos, sino sus propios aliados como los cristianosociales bávaros— no están dispuestos a aceptar. 

Huida hacia delante

Muchos en la CSU bávara hablan de una huida hacia delante de la canciller, en otras ocasiones tan vacilante y dubitativa. “¿Qué mosca le ha picado esta vez?”, se preguntan. Merkel ha tenido siempre buen olfato para la opinión de sus conciudadanos. Y ha podido contar con la ayuda inestimable del diario sensacionalista Bild, que, olvidándose de sus pasadas y odiosas campañas xenófobas, no dudó en esta ocasión en apoyarla. 
Alemania no parece conocer el término medio. Como escribía en un editorial el conservador Frankfurter Allgemeine: “Un día arden asilos de refugiados y otro día se da la bienvenida en Múnich a quienes llegan en los trenes como si quienes allí viajan fueran los últimos germano-orientales que se refugiaron en la embajada de Praga”. Mientras tanto, otros insisten en que Alemania no puede convertirse en la tierra para todos los que huyen de la violencia y la miseria, y sobre todo niegan que quienes buscan asilo en Europa puedan decidir por ellos dónde quieren quedarse a vivir. 

El vicecanciller y líder socialdemócrata Sigmar Gabriel cree que Alemania podría acoger incluso a medio millón de refugiados anualmente. Sin embargo, otros ponen el tope entre 200.000 y 300.000 personas si no se quiere someter a los Länder y a los municipios a excesivas tensiones. 
Y sobre todo, muchos se hacen ya una pregunta crucial: ¿qué pasa con Estados Unidos? ¿Cómo es que el país que con sus ataques a Afganistán e Irak y su inacción en Siria, de donde procede la mayor partede los refugiados, se desentiende de todo esto? ¿Y dónde están nuestros supuestos aliados, los países ricos del Golfo?