Opinión

Big data con consecuencias

Editorial - 09/09/2016 - Número 50
  • A
  • a
En muchos sentidos, la nuestra es la era de las grandes corporaciones digitales. Facebook tiene casi 1.750 millones de usuarios; Instagram, casi 500; LinkedIn, 450; Twitter, más de 300. En 2015 se invirtieron en Estados Unidos casi 60.000 millones de dólares en anuncios en soporte digital; un 64% de ellos fueron a parar a Google y Facebook. La capitalización bursátil de Amazon supera a la de Walmart, la primera cadena de supermercados estadounidense. La de Apple es más alta que el PIB de Holanda o Bélgica.

Las consecuencias de estos datos son evidentes en la economía, en el ocio y en la cultura. Pero también en la política: no ya solo en las campañas electorales, en las que se sustituye el cartel por el post, sino también en áreas mucho más complejas, que van de la sanidad al espionaje. En el centro de todo ello está el big data, las inmensas bases de datos que permiten a empresas y estados conocer con mucha precisión nuestras conductas, preferencias y opiniones. Por supuesto, el tratamiento de estas bases de datos está teniendo ya usos positivos, en el plano de la frivolidad o de la transcendencia: las aplicaciones de música a la carta saben tan bien nuestros gustos que nos recomiendan nuevos grupos mejor de lo que podrían hacerlo nuestros amigos; lo mismo sucede con las librerías online y sus sugerencias o todas aquellas apps relacionadas con la salud, que nos pueden empujar a mejorar nuestros hábitos recordándonos que hemos sido sedentarios o hemos comido de más.

La injerencia de la vida electrónica en la vida en general arrastra también consecuencias nefastas. Las más visibles se dan en las redes sociales. Su enorme plasticidad les permite transmitir las mejores piezas de periodismo, los más ligeros entretenimientos o la propia intimidad. Pero más allá de eso está el modo en que son utilizadas para la propaganda política, la desinformación y el envenenamiento a base de bulos. Nada que no hicieran los periódicos o las barras de los bares, pero esta vez a una escala prodigiosamente masiva que puede alterar la siempre volátil opinión pública. Así ha sucedido con filtraciones recientes, mezcla de periodismo de la mejor calidad con frívolas revelaciones de datos intrascendentes de personajes públicos. Y también con asuntos más delicados como la propaganda de guerra o la ubicación de objetivos. Singularmente en países con democracias muy precarias o en abiertas dictaduras, como Rusia o China, las redes sociales y las nuevas tecnologías relacionadas con los datos no están sirviendo, como se esperó, para hacer sociedades más abiertas, sino para fomentar el oscurantismo desde los poderes del Estado y de las empresas por ellos sometidas.