17/7/2019
Análisis

Brasil. El rupturismo de Michel Temer

En su Ejecutivo convive un equipo económico liberal con unos aliados parlamentarios más conservadores

Luis Tejero - 08/07/2016 - Número 41
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Brasil. El rupturismo de Michel Temer
MARTÍN BERNETTI / AFP / GETTY
Con casi la mitad del territorio de América Latina y un tercio de su población, Brasil es un gigante que suele moverse con pasos más lentos —y generalmente más seguros— que otros vecinos de su entorno.

Así ocurrió con el giro a la izquierda que protagonizó la región durante la década pasada: mientras varios países se dejaban contagiar por la revolución bolivariana de Hugo Chávez y sus discípulos, la antigua colonia portuguesa prefirió optar por una suave transición de la mano de Luiz Inácio Lula da Silva. Y no precisamente el Lula desafiante y combativo de sus tiempos de sindicalista, sino un líder más maduro y moderado que se había recortado la barba y hacía guiños a la clase media y el empresariado bajo el eslogan “Lulinha, paz y amor”.

Relevo turbulento

Pero a la hora de volver a girar, el gigante ya no ha apostado por el cambio tranquilo. A diferencia de las demás naciones latinoamericanas que están sumándose a una cierta tendencia de derechización a través de las urnas, en este caso el relevo se ha producido por un turbulento juicio político en el Congreso. Una brusca ruptura que una parte de la población brasileña —minoritaria, aunque ruidosa— compara con el golpe militar de 1964.

El proceso de impugnación (o impeachment) apartó del poder a Dilma Rousseff, guerrillera marxista en su juventud, y puso fin a más de 13 años consecutivos de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). Una época de aciertos y desaciertos, con tantos aplausos por sus logros en la reducción de la pobreza como críticas por la reiterada implicación de ministros, tesoreros y asesores en escándalos de corrupción de proporciones multimillonarias.

Cambio de rumbo

El lugar de Dilma lo asumió su vicepresidente, Michel Temer, a quien la izquierda tacha de “golpista”, “conspirador” y “traidor” por haber contribuido decisivamente a reclutar votos en el Parlamento para derribar a su antigua aliada y arrebatarle el despacho en la tercera planta del Palacio de Planalto.

La aprobación del presidente interino es casi tan baja como la de su predecesora, poco más del 10%

Acostumbrado a negociar entre bastidores, este veterano constitucionalista y exdiputado de 75 años ejerce como interino desde el pasado 12 de mayo y hasta que concluya el proceso, previsiblemente a finales de agosto. Si dos tercios de los senadores ratifican la destitución de la presidenta por el presunto crimen de maquillar las cuentas públicas, Temer seguirá en el cargo hasta que se celebren nuevas elecciones en 2018. En caso contrario —menos probable—, Dilma será absuelta y regresará a la Presidencia para reanudar su mandato.

Mientras tanto, el Gobierno en funciones va confirmando las previsiones de un viraje ideológico hacia la derecha. De estilo clásico y oratoria algo anticuada, Temer encabeza un Ejecutivo en el que conviven dos almas: por un lado, un equipo económico de formación liberal y favorable a las privatizaciones; por otro, unos aliados parlamentarios decididos a sacar adelante una agenda conservadora que abarca desde la flexibilización de la compra de armas de fuego hasta la defensa de la “familia tradicional” o la obstaculización del aborto.

Lula conserva grandes probabilidades de llegar a la segunda vuelta de unas presidenciales, según los sondeos

Si bien es cierto que una parte de la izquierda se sentía decepcionada con Dilma por las políticas de ajuste fiscal que puso en marcha tras ser reelegida en 2014, con Temer los recortes podrían acelerarse dado que la coalición gubernamental ya no incluye al PT ni a sus aliados comunistas (PCdoB) o laboristas (PDT). A cambio, han entrado otras formaciones de centro-derecha que llevaban fuera del poder desde que Fernando Henrique Cardoso cedió la banda presidencial a Lula el 1 de enero de 2003.

Presidentes impopulares

Tras dos décadas de estabilidad interrumpidas por la crisis política y económica, las encuestas señalan que los brasileños no quieren la vuelta de Dilma, pero tampoco les entusiasma la alternativa planteada por Temer. La aprobación del presidente interino es casi tan baja como la de su predecesora —poco más del 10%—, aunque su índice de rechazo es inferior. Si la heredera de Lula tenía en su contra a dos tercios de la población, los que valoran como “malo” o “pésimo” al actual Gobierno son poco más de un tercio.

Hay suficiente margen, por tanto, para que la coalición de centro-derecha que ahora gobierna el país mejore su popularidad si regresa el crecimiento económico y se frena el desempleo o, por el contrario, para que la gestión del Ejecutivo liderado por Temer sea un fracaso y se abra la puerta a un eventual regreso de la izquierda. Los sondeos recuerdan que Lula todavía tendría grandes probabilidades de llegar a la segunda vuelta de unas presidenciales como candidato del PT, pero de aquí a 2018 puede ocurrir de todo. Desde que él mismo no esté en condiciones de presentarse, bien por sus problemas judiciales o por su desgaste físico —tiene 70 años y superó un cáncer de laringe que se le diagnosticó a finales de 2011—, hasta que surjan otros candidatos con más tirón electoral. Las municipales de octubre servirán de termómetro.