16/1/2021
Teatro

Carne trémula para un nuevo don Juan

La versión de Darío Facal bebe de la estética maximalista de algunos conciertos multimedia para poner en escena al burlador

Martín Schifino - 20/11/2015 - Número 10
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Carne trémula para un nuevo don Juan
Un momento de ‘El burlador de Sevilla’. Sergio Parra
Don Juan, que como todo mito nunca nos abandona, ha vuelto esta temporada a la escena española, apenas un año después de que Blanca Portillo, en la versión que hizo para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, lo redujera a un manojo de taras masculinas.
 
La obra que lo contiene ya no es el drama romántico de Zorrilla, sino El burlador de Sevilla atribuido a Tirso de Molina, y el director es Darío Facal (Madrid, 1978), quien la temporada pasada dio muestras de gran originalidad con una adaptación rockera de Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. Ahora Facal se propone restituir al mito de su carga latente de sensualidad. Lo logra con un desenfado que rara vez se ve en las tablas. Ya en la primera escena, la duquesa Isabela (una estupenda Marta Nieto) tiene un orgasmo, mientras la cara y el torso de la actriz, filmados con una videocámara de mano en un áspero blanco y negro, se proyectan en una pantalla gigante que hace las veces de telón de fondo.

Facal se propone, y logra con desenfado, restituir al mito de su carga latente de sensualidad 

 
La pantalla se alinea con las grandes apuestas técnicas que viene haciendo la producción del Teatro Español, donde se ha vuelto una sana costumbre tirar la casa por la ventana. Pero es ante todo un elemento central en un montaje de corte espectacular, que mezcla espacio minimalista, focos a ras del suelo, micrófonos de mano para que los actores se planten ante el público como cantantes y grandes elementos de utilería, incluyendo un titánico deus ex machina

Estética rompedora

La impresión general no es solo que este Burlador de Sevilla bebe de la estética del rock, sino que lo hace de la estética maximalista de los conciertos multimedia. El truco de la cámara sobre el escenario recuerda a alguna gira de U2, y los dibujos, fotografías o trozos de películas que se proyectan en la pantalla (un logrado trabajo con audiovisuales de Iván Mena Tinoco) remiten a la gramática de imágenes que acompañan canciones, como si el escenario mismo nunca debiera quedarse quieto.
 
Otro tema es si tanto movimiento sirve siempre a la progresión dramática. En un punto, la grandiosidad de la puesta en escena ralentiza el drama de los personajes, aunque al mismo tiempo lo salva de repeticiones: al menos hasta el final, el seductor hace poco más que “burlar” a una mujer, incurrir en la ira de alguna figura de autoridad y poner pies en polvorosa para empezar de nuevo en otro sitio.
 
A don Juan viajar no le abre nuevos horizontes y lo que Facal llama su road movie por Europa es apenas una iteración de los mismos impulsos con distintas mujeres. Uno de los presentes aciertos, pues, es mostrar mujeres muy distintas, cada una con un momento de esplendor escénico. 
Después de la burla de Isabela, Facal realza especialmente el monólogo de la pescadora Tisbea, que Manuela Vellés, en una interpretación llena de orgullo y despecho, convierte en el fragmento lírico central de la obra. La boda de Aminta (Judith Diakhate) se orquesta con chispa y morbo, y el escarceo de la novia con don Juan es sensual sin falsos aspavientos. Convence menos el desnudo ritual de doña Ana de Ulloa (Alejandra Onieva), aunque su ceguera simbólica es oportuna en vistas de cómo acaban las cosas entre ella y don Juan.  

Apuesta por la sensualidad

El elenco masculino no es menos seductor. Álex García, apuesto, carismático y aquí con un punto chulesco está inmejorable en el papel protagónico; y Agus Ruiz, como su criado Catalión, transmite al dedillo la duplicidad moral que lo secunda.

La grandiosidad de la puesta en escena ralentiza el drama de los personajes, aunque lo salva de repeticiones

 
Hay interpretaciones que se inclinan hacia la sátira, como la de Emilio Gavira, que encarna al rey con su habitual capacidad para lo grotesco. Y el resto del elenco compone cuadros bien equilibrados, incluso si algún detalle de caracterización pueda ser cuestionable: ¿tienen que llevar casi todos los hombres la barba y el pelo crecidos, como en un cónclave de hípsters? Más allá de la fila 10, unos y otros se parecen, y a veces el espectador tarda en darse cuenta de si ha entrado el duque Octavio (Rafa Delgado), el marqués de la Mota (David Ordinas), Catalinón o el propio don Juan. Quizá eso explica por qué le es tan fácil a este último burlar a sus víctimas.
 
La pregunta obligada que ha de hacerse cualquier adaptación es cómo juzgar las burlas, que a fin de cuentas el texto castiga con el descenso a los infiernos. Una adaptación que apueste por la sensualidad no podrá caer en la simple condena sin contradecir su propio espíritu de transgresión. Y ahí reside la tensión más difícil de la actual.
 
En la primera escena, sin ir más lejos, existe la sugerencia de que, así como toma, don Juan da; y aunque más tarde se revele violador (Blanca Portillo cargaba las tintas para ese lado), por momentos parecería liberar la sexualidad femenina de una época encorsetada, en la que el corsé lo imponían los hombres.
 
¿Se puede rescatar a don Juan de sus propias fechorías? Facal no llega a tanto, aunque habla de un “personaje subversivo que nos seduce con su profundo amor a la vida”. En eso hasta Tisbea estaría de acuerdo. Los espectadores de El burlador de Sevilla tienen todo de su lado para dejarse seducir. Este montaje gozoso recuerda una intuición básica: en el teatro, si es placer, no es pecado.   
El burlador de Sevilla
El burlador de Sevilla

Adaptación y dirección: Darío Facal. Hasta el 29 de noviembre en el Teatro Español.