18/11/2019
Cuento de verano

Catastro

Mariano Peyrou - 26/08/2016 - Número 48
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Catastro
iker ayestaran

Como un colosal cnidario (y aquí me acuerdo de Amundsen, que me contó que Faulkner calificó a Hemingway de “incapaz de usar una palabra que mande al lector al diccionario”), asentada sobre las cáscaras u osamentas de sus antepasados, elevándose sobre la muerte, sobre la escasa materia que todavía no se ha pulverizado, está la Delegación Provincial de Hacienda, piedra que imita al vómito, vómito que imita al mármol, donde Garzía decidió organizar el sexto cumpleaños de su hija Martita.

Nico estaba invitado pero al principio no quería ir. Son niños muy pequeños, decía, es un rollo. Yo hice un esfuerzo para convencerlo porque tenía muchas ganas de ver a Rebe en función materna, a Martita soplando las velas e incluso a Garzía, sobre todo para preguntarle por qué había elegido ese lugar, cómo, quién.

Cnidarios, sin cerebro ni corazón, marinos, urticantes, agrupados en un mismo filo pero tan diferentes como los niños que iban llegando uno por uno, cada uno con solo uno de sus padres, siguiendo instrucciones de Garzía, que quería que la entrada fuera discreta para no tener problemas con los guardias de seguridad, las sacerdotisas del templo que siempre están vigilantes, vestales, con sus túnicas y la mirada atenta a la ciudadanía y a la pantalla de rayos X, aunque parezcan distraídos comentando el resultado de anoche o del miércoles que viene.

En cuanto entramos, noté el olor a ministerio, un olor que siempre me hace evocar el pasado

En cuanto entramos, noté el olor a ministerio, un olor que siempre me hace evocar el pasado, la primera infancia de Nico, un olor que es casi un hogar, un lugar donde no podría pasar nada malo. Iban llegando los niños y Garzía les quitaba el calzado para que en calcetines se deslizaran mejor sobre el suelo de mármol y les colocaba matasuegras y silbatos en las manos y bombones, coca-cola, mazapán y napolitanas al alcance de la boca. Al borde de la sobredosis de azúcar, excitados como cnidarios en celo, los puso a jugar al escondite pilla-pilla.

Rebe llevaba un vestido blanco. Es bastante rubia. Cuando iba a ponerme a hablar con ella, Nico vio un cartel donde decía CATASTRO.

-¿El catastro es donde se producen las catástrofes? —preguntó.
-No, el catastro es una…
-Sí, exacto —me interrumpió Garzía, y le acarició el pelo.
-¿Y Amundsen? ¿No viene?
-No.
-¿Por? Tendría que…
-Mejor así —dijo Rebe, que es holandesa.

En realidad se llama Rebekka. Rebekka Buitenhuis. Entonces me acordé de que la noche anterior había soñado que Nico era hijo de Rebe y se llamaba Nikko. Íbamos por la calle de la mano y me preguntaba:

-Papi, ¿por qué estás tan triste?

Mi hijo tiene la capacidad de nombrar emociones y llevarlas a un nuevo nivel de realidad

Mi hijo tiene la capacidad de nombrar emociones y llevarlas a un nuevo nivel de realidad. Al menos en mis sueños.

-Va a ser un niño mimado —dijo la profesora de Nico cuando Nico tenía 4 años.
-Mejor para él —dijo mi madre cuando se lo conté unos días más tarde.
-¿De verdad dijo eso? —preguntó Garzía en el Pandora.
-Me encanta —dijo Amundsen, que justo en ese momento me estaba llamando pero no contesté.

Me acordé del móvil de Amundsen. A algunos les daría vergüenza mostrarlo, pero él lo deja tranquilamente sobre la mesa del Pandora, al lado de las gigantescas velas que también tienen algo de cnidario, hechas con la cera de otras velas, pedestal que opaca o vela la estatua.

-No tiene internet ni graba vídeos, pero hace una cosa que no hacen los vuestros: se caga en los smartphones.

No sé si lo dijo o me lo imaginé. Pudo haberlo dicho y pude haberlo imaginado (y aquí me acuerdo de Garzía, que me contó que Freud utilizó una vez una cita de Nietzsche según la cual “Mi memoria dice: yo hice esto. Mi orgullo dice: Yo no puedo haber hecho eso, e insiste, y la memoria siempre acaba cediendo”). En cualquier caso, es cierto: su teléfono se caga en los smartphones igual que las películas de Garzía se cagan sutil, discretamente, en la mayoría de las películas que proyectan en los cines, igual que las novelas de Amundsen se cagan de manera tácita pero contundente en la mayoría de las novelas que vemos en los escaparates, igual que el cumpleaños de Martita se estaba cagando con delicadeza infantil en los demás cumpleaños infantiles, en los que jamás ocurriría que los invitados chocaran con dos o tres señores tirándoles al suelo los documentos que habían ido a entregar o a recoger en aquel templo del orden, o a compulsar, ni que unos guardias de seguridad se acercaran a Garzía y le pidieran amablemente que se marchara cuando estaba en el baño con seis o siete niños, cargando unas pistolas de agua. Garzía exigió que le enseñaran el reglamento que prohibía su presencia allí, pero los guardias lograron convencerlo de que lo mejor era que nos marcháramos cuanto antes. La fiesta apenas había durado ocho minutos.

-¿Ya nos vamos? —preguntó Nico cuando salimos a la calle.
-Sí, es una fiesta corta.
-Papi, ¿por qué estás tan triste? —había preguntado Nikko.

Pensé que Martita debía de estar a punto de llorar, pero parecía muy contenta. Sonreía y soplaba su matasuegras. Iba de la mano de Rebe, que me miró y también sonrió, pero con las cejas.

-Es el mejor cumpleaños de mi vida —dijo Garzía.