16/6/2019
Cuento de verano

Gravedad

Pilar Adón - 19/08/2016 - Número 47
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Gravedad
patricia bolinches

Querida A. D-H:
He terminado de leer los libros de cuentos que me mandaste y he subrayado las líneas y los párrafos que más me han gustado o impresionado o invadido mis pensamientos, como me dijiste que hiciera. Si me pidieras que eligiera un relato, me quedaría con dos: “Los hijos del granjero” y “Él”. Encuentro un fabuloso parecido entre ellos ahora que escribo sus títulos y ahora que me esfuerzo por recordar los nombres de sus autoras. Aunque no los leí seguidos, si me concentro en las dos historias, me resultan muy afines. Me evocan las mismas imágenes. El mismo sabor. El mismo pitido en los oídos. La misma blancura en la memoria. Como dos máquinas de triturar papel que dejaran tras de sí largas tiras de personajes hambrientos. Personajes aplastados y desconsolados. Como yo misma cuando llegué a esta nueva casa, poco antes de que te fueras.

La casa no ha cambiado nada. Y las residentes tampoco. Nadie se ha ido y nadie ha llegado. Ninguna chica distinta

La casa no ha cambiado nada. Y las residentes tampoco. Nadie se ha ido y nadie ha llegado. Ninguna chica distinta. Así que los poderes se mantienen y las presiones y las tareas y los cometidos de cada una también. Todo sigue igual. Las horas de las comidas. Las paradas para el descanso. Las tablas del suelo de madera crujiendo bajo los pies. Las lecciones de amabilidad y de respeto. La manera de prestar atención, de mostrarnos corteses. Siempre esperando que suceda algo diferente. Que suceda algo extraño. Algo inesperado… Como ves, lo mismo. La misma quietud entre los lienzos que se suceden por las paredes en sus marcos dorados y la misma ropa que tú ya no llevas y que nos han dejado aligerar un poco ahora que ha terminado el invierno. Hemos guardado los jerséis negros de cuello alto, las faldas negras de lino y los calcetines, y hemos sacado los vestidos sin mangas con bolsillos a los lados, que siguen siendo negros pero que no dan tanto calor.

Esta casa me parece mejor que la anterior, y que la casa sea mejor indica que el castigo va remitiendo

Esta casa me parece mejor que la anterior, y que la casa sea mejor indica que el castigo va remitiendo y que irá siendo cada vez más llevadero. Quizá me odien menos. ¿Lo crees posible? ¿Tú has notado cambios? ¿Has mejorado en comportamiento?

En cuanto termine de escribirte empezaré a copiar en un cuaderno los párrafos y las frases que he subrayado en tus libros. No me los puedo quedar. ¿Lo recuerdas? Claro que sí. Conoces las normas. Entiendes que debemos entregarlos. Regalarlos o dejarlos en la biblioteca o en un rincón para que los recoja la primera que pase por allí y los vea y quiera llevárselos a su cuarto o cedérselos a otra o dejarlos en una de las ventanas que dan a la calle sabiendo que desaparecerán en cuestión de minutos. Terminado un libro, hay que regalarlo. Roto un jersey, hay que rasgarlo para trapos. No debemos atesorar nada. No debemos conservar nada. Afortunadamente, no soy débil en ese aspecto. No tengo una especial inclinación hacia las cosas. No me apena deshacerme de ellas. No quiero mantener el dominio sobre tus libros. Quedan muchos volúmenes en la biblioteca, y que estén allí implica que son míos. En sus estanterías esperando a que yo vaya, a que yo los mire, a que yo los elija y a que yo los lea.

Te echo de menos. En cada rincón de esta casa. A todas horas. Todos los días. Te quiero. Como solo se puede querer a un ser como tú. Un ser amable y alegre, además de brillante y valiente. Tú eres todo eso. Tú eres lo mejor que se puede ser, y me gustaría abrazarte y que me abrazaras. Pero no podemos conservar nada. Es la regla. No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender, y si algo debemos buscar en esta casa es autosuficiencia. Imperturbables y poderosas. Así debemos ser. De modo que tu marcha no me afectó. No alteró mis sueños ni mi apetito ni mi imposición de seguir creciendo y aprendiendo. No me entristeció. Todo lo que he de hacer es mejorar. Mantenerme en el buen camino. Evolucionar e imaginar los prados verdes salpicados de flores violáceas que me conducirán al mar.

Donde tal vez me estés esperando. En la casa de la que me hablaste.

¿Estarás en esa casa?

Recuerdo que me contaste que allí no hay barandillas de hierro pintado como aquí, ni larguísimas alfombras que cubren la parte central de las escaleras, adheridas a cada contrahuella con una barra dorada. Sé que allí no encontraré una gran biblioteca ni una magnífica mesa situada debajo de una lámpara central, escoltada en las esquinas por cuatro luminarias que ahora brillan gracias a la electricidad pero que en tiempos fueron de aceite. No hay una chimenea en cada habitación. Pero nada de eso puede importarme porque estaremos juntas. Y podremos vernos por el patio. Por los jardines. Por las playas y por la orilla de los mares. Así que crezco, aprendo, dejo atrás lo que me pesa y lo que no me pertenece, y me olvido de lo que hicimos esa tarde entre los manzanos y las ramas partidas y las pequeñas flores de color púrpura a las que tú llamas zapatitos del Señor. No sirve de nada recordar. Ni castigarse. No sirve de nada tener presente el hoyo que excavaste tú y que excavé yo cerca del lago para enterrar el cuerpo aún vivo del hombre al que acogimos después de que matara a su mujer y después de que se atreviera a afirmar que ella en realidad se había suicidado. Así me lo dijiste: vengadoras, eso es lo que somos. Es nuestro destino y no se puede huir del destino ni se puede luchar contra el destino. De modo que hicimos lo que nos correspondía. Aparentar al principio un espíritu servicial ante él, complaciente, agradecido, casi servil. Sonreírle. Acogerle. Y luego, pronto, buscar unas piedras. Las más planas. Por muy lejos que estuvieran. “Ayúdame, hermana. Ayuda a tu hermana”, me dijiste. Y lo hice. Alimentamos al hombre. Le dimos de comer almendras amargas. Lo condenamos. Y lo enterramos.

Administramos justicia.

Le ayudamos a consumar la última de las cuatro funciones fundamentales de los seres que pueblan la naturaleza.

Sigo pensando que no es un gran castigo el que nos han impuesto. Ir de casa en casa. Aprender nuevas normas. Vivir con esta encerrada sencillez. No poseer ningún bien ni disfrutar de la potestad de salir corriendo al atardecer con los brazos abiertos en busca del frescor de los arroyos. Organismos de agua, eso es lo que somos. Así me lo dijiste: si yo fuera un animal, sería una rana; si lo fueras tú, una nutria.

Me llevarán a esa nueva casa cerca del mar. Donde no hay suelos ajedrezados en los salones. Donde no podré andar por el ala de Invierno porque no hay ala de Invierno. Sin escalera de Honor. Pero de nuevo a tu lado. Viviremos juntas sin culpas ni escrúpulos que nos lastren. Administrando justicia. Dándole a cada uno lo que le es propio, lo que le corresponde.

Espérame allí. Llegaré pronto.

Tu hermana,
E. D-H.