21/2/2020
Internacional

Chechenia, el trampolín de Putin

La humillante derrota del Ejército ruso marcó un antes y un después en la percepción del poder de Moscú

Georgina Higueras - 03/06/2016 - Número 36
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Chechenia, el trampolín de Putin
Valdimir Putin y Ramzán Kadírov. ALEXEI Nikolsky / AFP / Getty

Rusia nació quebrada. Chechenia, una de sus repúblicas caucásicas, se había declarado independiente dos meses antes de que Boris Yeltsin alumbrara a la heredera del imperio soviético el 8 de diciembre de 1991. La nueva Rusia, desarticulada socialmente, sin equilibrio de poderes, sin partidos políticos que merecieran tal nombre, con una estructura federal amenazada, con una economía en ruinas, el patrimonio estatal saqueado y plagada de corruptos y mafiosos, no estuvo en condiciones de negociar con una Chechenia que afianzaba su independencia y se apoderaba con distintas artes de la mayoría del arsenal soviético en su territorio, lo que le permitió formar su propio Ejército. Ocho años de caos —incluida una guerra— se convirtieron en el trampolín que catapultó a Putin al poder al tiempo que aplastaba las ansias de libertad de la indómita república.

Chechenia, desde que la conquistaron los zares a finales del XVIII, siempre aprovechó la debilidad rusa para rebelarse contra su dominio. En el siglo XX, tras el estallido de la guerra civil entre rojos y blancos (1917-1920), proclamó su soberanía y estableció una “democracia teocrática” hasta que el Ejército Rojo acabó con ella en 1920. Durante la Segunda Guerra Mundial, rebeldes chechenos se unieron a las filas nazis contra los soviéticos. A ojos de Stalin, la traición fue de todo el pueblo checheno, por lo que en 1944 ordenó su deportación en masa a Kazajistán. Las brutales condiciones del traslado y el exilio acabaron con la vida del 30% de los chechenos, a los que solo se les permitió volver a su tierra en 1957. 

Desde finales del XVIII, Chechenia siempre ha aprovechado la debilidad de Rusia para rebelarse contra su dominio

Derribado el Muro de Berlín en 1989, la fragilidad de la URSS era evidente. El Ejército Rojo, que había sido el bastión de la seguridad soviética, además de su locomotora económica por la influencia del complejo industrial militar, atravesaba una gravísima crisis, a la que había contribuido la salida pactada de Afganistán después de 10 años de sangrienta y costosa guerra. Con la fuerza que le daba el conocer desde dentro la desmoralización militar, Dzhojar Dudáyev, el primer checheno que llegó a general de brigada de la URSS, se retiró de las Fuerzas Armadas en junio de 1991 para regresar a su tierra y participar en el Congreso Nacional del Pueblo Checheno, que reunía a los líderes nacionalistas.

Las resoluciones del congreso fueron claramente separatistas. Abierta la espita, todo fue muy rápido. A principios de septiembre, Dudáyev encabezó una manifestación en Grozni, la capital, contra el Consejo Supremo de la República Autónoma. Poco después, ocupó con sus seguidores el Parlamento checheno, y el 27 de octubre de 1991 fue elegido presidente de la autoproclamada República Chechena de Ichkeria.

La sombra del Ejército Rojo

Mijaíl Gorbachov, ya en sus horas más bajas, no intervino, y con Yeltsin en el Kremlin, el país se deterioró a pasos agigantados. Cuando Moscú trató de negociar con Dudáyev, el presidente checheno replicó que solo aceptaría la independencia y expulsó a la mayoría de los funcionarios rusos de los órganos de seguridad y defensa. La progresiva discriminación contra los rusos que vivían en Chechenia se convirtió en una auténtica limpieza étnica que obligó a huir a 200.000 de ellos. Rusia acusó a Dudáyev de crear un “Estado criminal” y, desde comienzos de 1994, apoyó a la oposición armada chechena, a la que suministró tanques en secreto. En diciembre, al descubrirse la maniobra, los militares rusos, confiados en una superioridad teórica aplastante, se desplegaron en la república caucásica.

No sabían dónde se metían. La sociedad chechena estaba fuertemente militarizada, sus combatientes conocían cada rincón del territorio y estaban dispuestos a morir por defenderlo, lo que los convertía en un enemigo formidable. Sin planes previos de ataque, faltos de preparación para el combate y sin motivación, los rusos se estrellaron contra la férrea determinación de los guerrilleros. Al mes de iniciarse la guerra, un Ejército Rojo ni sombra de lo que un día fue se enfrentó a un conato de motín, con unidades que rechazaban obedecer las “órdenes ridículas” del Gobierno. Tres meses después y a pesar del apoyo de los bombardeos aéreos, habían perdido más tanques —casi 2.000— que en la batalla de Berlín. No lograron enderezar la campaña ni cuando mataron a Dudáyev con dos misiles guiados por láser, en abril de 1996. Yeltsin se vio obligado a pedir un alto el fuego y a retirar sus tropas. El acuerdo firmado dejó para más adelante la resolución del problema de la soberanía. Aunque sin reconocimiento internacional, Chechenia se comportó como un país independiente, dominado por la lucha de clanes y la criminalidad.

Los rusos asistieron atónitos a la debacle. La humillante derrota frente a los “hombres de las montañas”, como despectivamente llamaban a los chechenos desde la época imperial, marcó un antes y un después en la percepción del poder de Moscú. Para el profesor británico Anatol Lieven, Chechenia puso la “lápida al poder ruso”. Fue una lucha esencialmente nacionalista, aunque en su apoyo acudieron miles de árabes y muyahidines wahabitas, que ya se habían enfrentado a los rusos en Afganistán y pretendían crear el emirato islámico del Cáucaso Norte.

Un ascenso meteórico

La creciente sensación de inseguridad y debilidad del Estado, la decepción que trajo el tan ansiado capitalismo, el agotamiento de la población por la crisis económica instaurada como rutina y los resabios de siete décadas de comunismo abonaron el terreno del meteórico ascenso al Kremlin del exagente del KGB Vladimir Putin. Contra el caos y la desintegración del país, los vapuleados rusos buscaron la autoridad, el guía que debía recomponer la madre Rusia y devolverle su papel en el mundo.

La incursión en Daguestán y los atentados fueron la excusa perfecta para una nueva invasión rusa

El verano de 1999 fue dramático. Putin ascendió a primer ministro el 9 de agosto, dos días después de que las fuerzas del señor de la guerra checheno Shamil Basáyev y del comandante Jatab entraran en Daguestán con el objetivo de establecer una república islámica. Mientras, una campaña de atentados salvajes —tres de ellos en Moscú— dejó 300 muertos. Se culpó a los chechenos, pero no se aportaron pruebas.

Según el Moskovski Komsomolets, un diario populista, los servicios de seguridad no excluían que los atentados respondiesen a un encargo de políticos y financieros interesados en desestabilizar el país. Muchos miraron al magnate Boris Berezovsky, quien manejaba a su antojo a la familia Yeltsin, con el propio patriarca entre las brumas del alcohol y la enfermedad. En marzo de 2002, ya en el exilio, Berezovsky difundió un documental que intentaba demostrar que detrás de la oleada de atentados estuvieron los servicios secretos, que había dirigido Putin hasta el 1 de julio de 1999. Fuese Berezovsky o Putin o los dos o ninguno de ellos —nunca se sabrá—, lo cierto es que la incursión en Daguestán y los atentados fueron la excusa perfecta para una nueva invasión rusa de Chechenia.

Desde que Aslan Masjádov fue elegido presidente checheno en 1997, sus fuerzas habían tratado sin éxito de doblegar a los milicianos wahabitas de Basáyev. Tras el avance ruso tuvieron un enemigo común. Masjádov, que fue jefe del Estado Mayor durante el primer conflicto, retomó el mando de todas las operaciones en esa segunda guerra total contra Moscú.

El cortijo de Kadírov

Un grupo de corresponsales extranjeros nos encontrábamos el 2 de octubre de 1999 en Grozni —una ciudad fantasmagórica llena de esqueletos de edificios y escombros entre los que vivían sus habitantes desde la primera guerra— cuando, después de intensos bombardeos, las tropas rusas invadieron Chechenia. En los días siguientes los hombres de Masjádov nos llevaron hasta la línea del frente, mientras los civiles huían maldiciendo a los invasores. Muy cerca de la frontera, los rusos de Chernokosovo habían optado por quedarse en la localidad y sobrevivían en los sótanos de las casas, como los cristianos en las catacumbas romanas. Permanecimos en Chechenia una semana, hasta que nos enteramos de que los hombres de Basáyev, que en los años precedentes habían hecho del crimen y el secuestro su principal fuente de ingresos, planeaban capturarnos.

La guerra salvaje se mantuvo hasta 2002, pero supuró feroces acciones terroristas fuera de Chechenia durante años, como la toma del  teatro Dubrovka en Moscú (2002) y de una escuela de Beslán en Osetia del Norte (2004). Un acuerdo entre Putin y el muftí checheno Ajmat Kadírov, que se convirtió en presidente en 2003, pacificó la república rebelde. Tras su asesinato al año siguiente, su hijo Ramzán Kadírov tomó las riendas y la gobierna como su propio cortijo.

Las Fuerzas Armadas rusas cometieron todo tipo de atrocidades, pero igualmente los combatientes chechenos y los yihadistas árabes fueron autores de “barbaridades de una crueldad difícil de explicar”, según constató Álvaro Gil Robles, comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, quien critica el “doble rasero” con que se denunció a unas y a otros. Tanto él como Lieven opinan que el empeño de Occidente por debilitar al Ejército ruso y a Rusia ha fortalecido lo que el historiador británico Geoffrey Hosking denomina la “forma arcaica de poder excesivamente personalista” de Rusia y el afianzamiento del autoritarismo del régimen.