22/11/2019
Análisis

Putin busca devolver a Rusia al tablero mundial

Washington y Moscú tienen un interés mutuo por mantener un limitado nivel de violencia al servicio de objetivos internacionales

Putin busca devolver a Rusia al tablero mundial
Obama y Putin brindan en la cena oficial organizada por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. Amanda Voisard / efe
Han pasado 10 años desde la última vez que Vladimir Putin participó en la Asamblea General de la ONU. Si entonces intervino como líder de una renqueante potencia regional que volvía a asomarse al mundo tras superar el trauma de la implosión de la URSS, ahora lo ha hecho como quien sueña con ser visto como un actor de envergadura mundial. 

Una vez neutralizadas las derivas del entramado político-financiero que se atrevió a cuestionar su peculiar modelo de democracia soberana, Putin no ha viajado a Nueva York únicamente para celebrar el septuagésimo aniversario de una organización en horas bajas, sino especialmente para dejar claro que hay que seguir contando con Moscú entre los grandes. Y para confirmarlo basta con echar un vistazo a los principales temas de la agenda de su última reunión con Barack Obama: relaciones bilaterales, Ucrania y Siria, país este último que Rusia comenzó a bombardear el 30 de septiembre en una intervención que se limitará a las fuerzas aéreas para atacar las posiciones de Estado Islámico. El Kremlin asegura haber recibido una petición del régimen de Bashar al Asad.

Son cada vez más frecuentes los titulares que proclaman el regreso a la guerra fría, dando a entender que EE.UU. y Rusia están nuevamente enfrascados en su histórica competencia por el liderazgo mundial, hasta el punto de que incluso se pronostican choques directos a corto plazo. Vista desde Occidente, esta simplista interpretación solo se explica por la nostalgia de cualquier tiempo pasado y, sobre todo, por la inquietud que produce un mundo tan complejo como el actual, sin un mapa de carreteras tan claro como el de entonces, con buenos y malos nítidamente alineados en torno a Washington y Moscú.

Basta recordar, para rechazar esa trasnochada imagen, que la URSS era una superpotencia con aspiraciones globales mientras que la Rusia de hoy tan solo guarda de aquel pasado su arsenal nuclear, al tiempo que otros (como China) asoman en el horizonte como nuevos referentes mundiales. En términos militares Rusia está en clara desventaja frente a EE.UU. en todos los terrenos y, para su desgracia, no cuenta en modo alguno con algo parecido a lo que fue el Pacto de Varsovia, diseñado como multiplicador de fuerza frente a posibles adversarios y como instrumento de control de los más díscolos entre sus potenciales aliados. 

Sanciones 

En términos económicos sigue siendo una economía de monocultivo, excesivamente dependiente de los precios internacionales de los hidrocarburos (sin capacidad para poder determinarlos), y está afectada por unas sanciones que, en resumen, ponen fuera de su alcance aventuras militaristas de perfil hegemónico más allá de su vecindad. Lo que sí estamos viviendo es un proceso de crecientes tensiones entre ambos actores, fundamentadas en imperativos estratégicos, los que llevan a Rusia a buscar salida a los mares cálidos y a garantizarse un colchón amortiguador en sus periferias inmediatas (asiática y europea) para sentirse segura ante posibles adversarios. Las mismas exigencias, por otra parte, que impulsan a EE.UU. a evitar por todos los medios que surja en la masa euroasiática un contrapoder de entidad suficiente para cuestionar su liderazgo. Y, en lo que respecta específicamente a Rusia, a tratar de contener lo que percibe como una vocación expansiva más allá de su espacio natural.

Mientras China se asoma como referente mundial, Rusia solo guarda del pasado su arsenal nuclear

En respuesta a esos imperativos, Washington no tuvo ningún reparo en rellenar inmediatamente el vacío de poder provocado por la desaparición de la URSS, ampliando el espacio OTAN (en paralelo a la expansión político-económica de la Unión Europea) hasta la extremadamente debilitada Federación Rusa.

Aun así, un acertado cálculo estratégico convenció a Washington de que no convenía aprovechar esa notoria debilidad para profundizar aún más la fragmentación interna de la federación, puesto que su ruptura generaría una inestabilidad de proporciones difícilmente controlables a escala global. Pero, situados ante la oportunidad histórica de liderar el mundo en solitario (haciendo del siglo XXI el siglo americano, como rezaba el lema central de la administración Bush hijo), EE.UU. aprovechó las circunstancias para quitar el aire a Moscú.

Como resultado, y mientras Rusia bastante tenía con intentar frenar una caída en el abismo que se ha prolongado al menos 15 años (por algo Putin califica lo ocurrido en diciembre de 1991 como la mayor catástrofe estratégica del siglo XX), EE.UU. logró consolidar sus posiciones. De ahí que, desde el momento en que Putin logró detener el derrumbe y hacerse con las riendas del poder, su prioridad en política exterior haya sido liberar a Rusia del asedio, con la clara intención de garantizarse una zona de influencia propia (su near abroad). Así, en estos últimos años hemos asistido al esfuerzo ruso por recuperar su capacidad militar —notable en algunos aspectos, pero con planes de modernización a todas luces inalcanzables en la actual coyuntura económica—. Y por retomar su antiguo nivel de influencia en sus periferias —jugando tanto la variable energética como la comercial y la militar para revertir las ventajas que había adquirido Washington—. La intervención en Georgia (2008) fue la muestra visible de ese empeño y, de paso, de la falta de voluntad occidental (ni EE.UU. ni la OTAN respondieron a la afrenta) para defender a países que soñaban con quedar bajo la protección de la Alianza.

Desde entonces Moscú ha logrado volver a colocarse en la casilla de salida de un juego que conoce sobradamente. En clave vecinal trata de mostrar tanto a europeos como a asiáticos que puede ser su mejor amigo —si se avienen a sus dictados como participantes en los esquemas multilaterales que ha puesto en marcha (Comunidad de Estados Independientes, Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, Unión Económica Euroasiática…)—, pero también su peor enemigo, con Georgia y Ucrania como ejemplos bien visibles. En clave global ha ido incrementando sus gestos provocativos con sobrevuelos de aviones de combate en las proximidades del espacio aéreo de países OTAN, o incursiones de buques en sus aguas territoriales, para mostrar tanto su vuelta a la escena como la indolencia de sus oponentes para reaccionar (lo que le sirve para presionar aún más a su near abroad para que se acomoden a sus pretensiones).

Los perdedores son los ucranianos, cortejados irresponsablemente por EE.UU. y Bruselas, y castigados por Rusia

Ucrania, cuna histórica del alma rusa, vía preferente de sus exportaciones energéticas y último bastión defensivo ante un hipotético avance occidental hacia Moscú, es el ejemplo más relevante de este serio juego. Un juego en el que los perdedores netos son los ucranianos (cortejados irresponsablemente por Washington y Bruselas para molestar a Moscú y castigados por Rusia por pretender salirse de su órbita). Mientras EE.UU. y Rusia siguen optando por utilizar actores intermedios para comprobar hasta dónde alcanza la voluntad de cada uno para llegar hasta las últimas consecuencias, parece claro que no desean el choque directo. Pero también parece que Moscú está dispuesto a ir más allá, como lo demuestra su decisión de hacerse con Crimea, de apoyar militarmente a los rebeldes y de realizar movimientos disuasorios en la frontera. Rusia sabe que ni EE.UU. ni los Veintiocho —reticentes a armar a las fuerzas leales al presidente Petró Poroshenko— están dispuestos a implicarse en la pelea por un país que no representa ningún interés vital para ellos.

Estrategia de contención

Llegados a ese punto, lo que se adivina es un interés mutuo por mantener un limitado nivel de violencia al servicio de objetivos políticos. El de Washington (con el escaso apoyo de los Veintiocho) es impedir que Moscú vuelva a recuperar terreno, consciente de que con Ucrania bajo su manto Rusia puede todavía aspirar a ser tenido en cuenta en el tablero mundial, mientras que sin ella pasaría a ser crecientemente irrelevante y vulnerable. Obedeciendo a los postulados de la estrategia de contención iniciada tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, mantendrá previsiblemente sus sanciones y presionará a los Veintiocho para evitar que alguno se salga del guion, al tiempo que incrementará las rotaciones de unidades militares en el territorio vecino a Rusia (sin atreverse a facilitar la entrada en la Alianza de ninguno de los candidatos problemáticos). Y hasta volverá a posicionar material militar en las cercanías de Rusia.

Por su parte, Moscú —tras haber sufrido un evidente fallo de inteligencia en el arranque de la crisis ucraniana por no saber anticiparse al Euromaidán y gestionarlo de acuerdo a sus planes— se afana no tanto en provocar una fractura definitiva de Ucrania (que le obligaría a asumir la carga de unas regiones separatistas necesitadas de casi todo) sino, más bien, en imponer una reforma del modelo de organización política (descentralización del poder a las regiones). Así se asegura de que sus aliados locales puedan defender los intereses rusos, bloqueando cualquier posible deriva europeísta o atlantista de los gobernantes de Kiev. En paralelo, procurará diversificar sus rutas de exportación energética hacia Europa más allá de Ucrania (Turkstream y Nordstream II), dividir a la UE y mantener a EE.UU. empantanado en Oriente Medio.

Siria, un conflicto en tres niveles

Jesús A. Núñez Villaverde
El conflicto de Siria enfrenta al régimen de Bashar al Asad con sus opositores internos, a Irán y Arabia Saudí por el liderazgo regional y a Washington con Moscú. El tiempo transcurrido desde el arranque del conflicto en marzo de 2011 lleva a la conclusión de que el estancamiento actual no permite salir del túnel en el que Siria está metida —con el coste de más de 330.000 muertos, más de siete millones de desplazados y más de cuatro millones de refugiados— y solo beneficia a Dáesh y a otros grupos yihadistas. Rusia sigue siendo una firme aliada del genocida régimen sirio, en un juego que combina el aumento de la apuesta militar para evitar su derrota —con el bombardeo de Siria por parte de las fuerzas aéreas rusas, el suministro de armas y el despliegue de asesores— y la aceleración de su apuesta diplomática, planteando una idea que comienza a calar en las capitales occidentales: conviene apoyar a Al Asad, visto abiertamente como un mal menor, para implicarlo en la lucha común contra Dáesh. De ese modo, haciendo pasar a Damasco por un sincero aliado antiterrorista, Rusia pretende salvaguardar sus intereses en Siria (Tartus es la única base naval para sus buques de guerra en el Mediterráneo) y contener la amenaza de un yihadismo que también puede florecer en su propio territorio. Queda por ver si Obama se suma al coro de los que ya reclaman —como el Gobierno español— vencer la repugnancia que pueda causar volver a colocar los intereses (necesitan contar con efectivos locales para enfrentarse a Dáesh, dado que Occidente no va a desplegar sus propios soldados) por delante de los tan manoseados valores y principios que impedirían colaborar con quien no ha tenido reparos en masacrar a su propio pueblo.

Todo eso son buenas noticias tanto para las industrias de armamento como para los militaristas nostálgicos de la guerra fría, obsesionados con buscar soluciones militares a cualquier problema. Son varios los países de la OTAN (y Rusia) que ya están anunciando subidas de sus presupuestos de defensa, mientras se vuelve a hablar de modernización de los arsenales nucleares y del abandono de tratados como el INF (1987), que limita el despliegue de misiles nucleares rusos y estadounidenses de alcance intermedio. Pero son pésimas para los rusos, que ven cómo se esfuma la posibilidad de crear una auténtica democracia y de mejorar su bienestar en un marco económico subordinado a consideraciones militares. También para los ucranianos, imposibilitados para superar una gravísima crisis económica en mitad de un conflicto sin fin a la vista, y para los sirios, convertidos desde hace ya más de cuatro años en meros daños colaterales. Y son malas también para quienes, en cualquier lugar del planeta, sigan creyendo que la carrera armamentística es el camino equivocado.