19/10/2021
Literatura

Chimamanda Ngozi Adichie. El don de una narradora milenaria

Se reedita La flor púrpura, la primera novela de la escritora nigeriana que ha sacado la literatura africana de los estereotipos y los prejuicios

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Chimamanda Ngozi Adichie. El don de una narradora milenaria
Chimamanda Ngozi Adichie en la Feria Internacional del Libro de Edimburgo, en 2006. Murdo Macleod
La escritora Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) fue una lectora precoz, su madre siempre le ha dicho que empezó a leer con apenas dos años. También fue una escritora prematura: a los siete años ya escribía cuentos con ceras de colores que su madre estaba obligada a leer. Por entonces, en Nsukka, ciudad universitaria en la que pasó la infancia, todos los libros que tenía a su alcance venían de Reino Unido o de Estados Unidos, libros cuyos protagonistas poco tenían que ver con ella. Al igual que en los libros que leía, los personajes de sus primeras historias también eran blancos y de ojos azules, jugaban en la nieve y comían manzanas, hablaban mucho del tiempo y de lo hermosos que eran los días en que salía el sol. Adichie escribía el mismo tipo de historias que leía. No había salido nunca de Nigeria, no había visto nunca la nieve y su fruta favorita era el mango.

Si alguien le pregunta a Adichie qué es y qué ha sido siempre, ella dirá que narradora. Es fácil verla así: una de esas mujeres antiguas que contaban historias alrededor del fuego. En una conferencia en TED que la autora dio hace algunos años habla de una de las primeras cosas que aprendió en la vida: el peligro de conocer una sola historia, de lo vulnerable e impresionable que se puede llegar a ser si solo se conoce una única historia. Como ella leía libros en los que todos los personajes eran extranjeros, estaba convencida de que en los libros que ella escribiera debía haber extranjeros, nieve y manzanas y no cosas con las que pudiera identificarse.

Referentes

Todo aquello cambió cuando descubrió los libros de autores como Chinua Achebe (Nigeria, 1930 - EE.UU., 2013) o Camara Laye (Guinea, 1928 - Senegal, 1980). Leyó L’enfant noir (1953) de Laye, protagonizada por un niño africano, que le hizo ver que podía contar la historia de su pueblo, su propia historia. Adichie confiesa: “Me di cuenta de que personas como yo, niñas con piel color chocolate cuyo cabello rizado no se podía atar en colas de caballo, también podían existir en la literatura”.

En el National Arts Club de Manhattan, después de una charla, se econtró por primera vez con Chinua Achebe. Se presentó y él le contestó: “Creía que estabas huyendo de mí”. Adichie llevaba evitándole desde que publicó a los 26 años La flor púrpura (2003), su primera novela —recibió el Commonwealth Writers’ Prize for Best First Book—. En La flor púrpura, Adichie condensa la pasión, la tragedia y las ansias de libertad de Nigeria en las tensiones que se respiran en la casa de la joven Kimbali. La historia de un hogar es también la de un país.  Es una novela que trata de la juventud que demanda cambios, pregunta a sus padres y mira África con otros ojos. Es una juventud que no olvida el rostro más horrible de su pasado, pero cuya actitud ante la vida dibuja un rumbo distinto para el futuro. Escribe Chimamanda Ngozi: “Pronto llegarán las nuevas lluvias”.

El hijo de Achebe le mandó un correo que decía: “Mi padre acaba de leer tu novela y le ha gustado mucho. Quiere que lo llames a este número”. Adichie detalla en un artículo en el que habla de sus encuentros con Achebe que leyó el correo una y otra vez, pero que nunca lo llamó. Unos años después, sin que la escritora lo supiera, su editora le mandó a Achebe el manuscrito de su segunda novela, Medio sol amarillo (2006), un libro sobre la independencia de Biafra y la posterior guerra civil en Nigeria entre 1967 y 1970. Achebe le envió un texto que decía: “No solemos asociar la sabiduría con los principiantes, pero aquí tenemos a una nueva escritora que posee el don de los narradores milenarios. Adichie sabe lo que está en juego y qué hacer al respecto. Ni tiene miedo ni se siente intimidada por el horror de la guerra civil de Nigeria. Adichie llega casi completamente hecha”. Obtuvo el Orange Prize for Fiction por esa novela.

Beca en Estados Unidos

A los 19 años Adichie se trasladó a Estados Unidos con una beca de dos años para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Drexel (Filadelfia). Su compañera de habitación quedó impactada en cuanto Adichie abrió la boca: “¿Dónde has aprendido a hablar inglés tan bien?”, le preguntó. La joven Adichie tuvo que explicarle que el inglés era una lengua oficial en Nigeria. La segunda cosa que su compañera quiso saber fue la “música de su tribu”. Adichie le mostró los CD de Mariah Carey. Se dio cuenta de que todo lo que su compañera estadounidense sentía hacia ella era una lástima condescendiente. Solo conocía una historia de África, una historia de catástrofe. Adichie no tuvo conciencia de que era africana hasta que llegó a Estados Unidos y se enfrentó a esa única historia que Occidente tiene de África. Piensa que “esta única historia de África como un país de gente incomprensible que muere de sida y hambre y debe ser salvado procede de la literatura occidental”.

El descubrimiento de libros protagonizados por africanos le hizo ver que podía contar el relato de su pueblo

Cuenta que en 1561 el comerciante John Locke se refirió en sus diarios de viaje a los africanos negros como bestias sin casa, gentes sin cabeza y con las bocas y los ojos en el pecho. En su conferencia de TED, Adichie explica que “lo que importa del testimonio de Locke es que representa el comienzo de una tradición de historia sobre africanos en Occidente. La tradición de que África es un lugar de diferencias y oscuridad”. Rudyard Kipling también escribió de los africanos que eran “mitad demonios, mitad niños”.

Cuando comenzó a ir a talleres de escritura creativa y le enseñó a un profesor estadounidense su novela, este le dijo que no era “auténticamente africana”. Tuvo que lidiar además con todos los estereotipos que se presuponían de ella por venir de un continente desconocido. “Dijo que mis personajes se parecían demasiado a él, hombres educados de clase media que conducían coches y no morían de hambre.”

Combatir el relato único

Es difícil no caer en el relato único, ella misma se avergüenza al confesar que se dejó llevar por la historia de que todos los mexicanos eran “inmigrantes abyectos”. Una vez viajó a Guadalajara y vio a la gente ir a sus trabajos, amasar tortillas en los puestos callejeros, fumar, reírse y se dio cuenta de que solo conocía la historia de lo que muchos estadounidenses pensaban de los mexicanos, pero que eso no equivalía a lo que los mexicanos eran. El riesgo sigue existiendo si, según Adichie, “mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez hasta que se convierte en eso”.

Su escritura parecía destinada desde el principio a combatir ese peligro. “Las historias también se definen por este principio: quién las cuenta, cómo se cuentan, cuándo se cuentan y cuántas historias son contadas depende del poder. El poder es la capacidad no solo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la historia definitiva.” Algo tienen en común Adichie y la reciente Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, ambas recogen en sus libros, como ficción y no ficción, respectivamente, las voces que no han sido escuchadas ni recogidas en la historia oficial. Adichie, al igual que Alexiévich, tiene que lidiar con la historia conflictiva de Nigeria y seguir contándola para que no triunfe la historia única. Adichie cree que “si comenzamos la historia con el fracaso del estado africano y no con la creación colonial del estado africano, tendremos una historia completamente distinta”.

En Medio sol amarillo, Richard, uno de los protagonistas, está escribiendo un libro sobre Nigeria. En un capítulo titulado “El mundo guarda silencio cuando morimos” describe cómo la Segunda Guerra Mundial transformó el orden global y una élite nigeriana procedente del sur del país comenzó a emerger. Pero el norte se mostraba receloso y temía la dominación del sur, más culto. Lo único que le preocupaba a los británicos entonces, cuenta Richard, era preservar la existencia de Nigeria, “su preciada creación, y de su amplio mercado, una espina para Francia. Para favorecer al norte, amañaron el resultado de las elecciones previas a la independencia del país y redactaron una Constitución que otorgaba al norte pleno control del gobierno central”. A esto se refiere Adichie: cuando llegó la independencia de la colonia británica en 1960, “Nigeria era ya una frágil colección de fragmentos prendidos con frágiles alfileres”.

Cuando estaba escribiendo esta novela, a los 29 años, estaba escribiendo su historia, pero también la de su padre y la de su país. Le aterrorizaba la idea de que los nigerianos y, en concreto, su padre la acusaran de no saber de lo que estaba escribiendo porque no lo había vivido. Un hombre le escribió para decirle que su padre había escrito el libro por ella. Cuando su padre la leyó, le confesó que sabía que sería buena pero no tanto y que “nuestra historia ha quedado registrada”. 

Su prosa tiene mucho de relato oral. Escribe con cuidado y suavidad, dotando a cada uno de sus personajes del andamiaje necesario para que el lector pueda reconocerse. Achebe tenía razón en cuanto al don de Adichie para contar historias y hacer que el lector se deje arrastrar por las vidas de sus personajes.

En su novela más reciente, Americanah (2013), que ganó el Chicago Tribune Heartland Prize y el National Book Critics Circle Award, pueden verse rasgos de Adichie en Ifemelu, la protagonista. Cuenta la historia de amor de una pareja nigeriana condenada a separarse para buscar un futuro mejor lejos de su país, y recorre sus vidas durante tres décadas y a lo largo de tres continentes distintos. Es mucho más que una historia de amor: es una novela de formación y una crítica a la sociedad contemporánea.

La voz de una generación

En una entrevista en The Guardian, Adichie afirmó que toda la literatura trata sobre el amor, pero “cuando los hombres escriben sobre ello, es un comentario político sobre las relaciones humanas. Cuando las mujeres lo hacen, es solo una historia de amor”. Quería hacer de Americanah algo más que una historia de amor, pero también quería luchar contra la idea de que las historias de amor no son importantes, quería usar el relato de un romance para hablar de otras cosas. Confiesa que muchas nigerianas no se sintieron identificadas ni cómodas con Ifemelu porque no estaba agradecida por tener un buen hombre. Americanah es también una novela feminista: “¿Por qué tiene que estar ella agradecida a su hombre? ¿Tenemos los mismos estándares para los hombres? No. Ella engaña a un buen hombre sin razón y es crucificada por ello, pero si fuera al revés, si ella fuera un hombre…”.

En “Todos deberíamos ser feministas”, la charla en TED que Literatura Random House publicó, Adichie hace una defensa apasionada del feminismo. En Suecia se han distribuido ejemplares entre los estudiantes de 16 años. “Por las historias que he oído, mi bisabuela era feminista. Se escapó de la casa de un hombre con el que no se quería casar y se casó con el hombre que había elegido ella. Cuando sintió que la estaban despojando de sus tierras y sus oportunidades por ser mujer, ella se negó, protestó y denunció la situación. Ella no conocía la palabra ‘feminista’. Pero eso no quiere decir que no fuera feminista. Mucha gente tendría que reivindicar esa palabra.”

Adichie dice que de niña, hija de padres universitarios, quiso inventarse una infancia desdichada, similar a la de los escritores que admiraba. No le hizo falta recurrir a la ficción: sus abuelos habían muerto en un campo de refugiados, una prima falleció por falta de atención médica y un amigo murió en un accidente de avión porque los camiones de bomberos no tenían agua.

“El poder es la capacidad de contar la historia del otro y de hacer que sea la definitiva”, dice Adichie

Creció bajo regímenes militares represivos y vio cómo sus padres (él, profesor y ella, administrativa en la Universidad de Nigeria) perdieron su salario porque esos regímenes totalitarios no creían que la educación fuera importante. El miedo también fue una parte elemental de su infancia y adolescencia. “Todas las historias me hacen ser quien soy, pero si insistimos solo en lo negativo sería simplificar mi experiencia y omitir otras muchas historias que me formaron. La historia única crea estereotipos y el problema de los estereotipos no es que sean falsos, sino incompletos. Hacen de una sola historia, la única historia. Roban la dignidad de los pueblos.”

En Medio sol amarillo, uno de los personajes le recita a otro, entre los albores del sueño, un poema que se le acaba de venir a la cabeza: “Parda, / resplandor de sirena en la piel, / se muestra, / cual aurora de plata, / y el sol la viene a ver; / sirena / que nunca será mía”. Ella exclama: “Como diría Odenigbo [otro personaje]: ¡la voz de una generación!”. Y él le pregunta: “¿Y qué dirías tú?”. Ella responde: “La voz de un hombre”. Adichie es la voz de una generación contando la historia de su pueblo y la de una mujer contando su propia historia.

Libros contra el prejuicio 

Americanah
Americanah
Chimamanda Ngozi Adichie
Traducción de Carlos Milla Soler
Literatura Random House,
Barcelona, 2014,
608 págs.
 
La flor púrpura
La flor púrpura
Chimamanda Ngozi Adichie
Traducción de Laura Rins Calahorra
Literatura Random House,
Barcelona, 2016,
304 págs.
 
Medio sol amarillo
Medio sol amarillo
Chimamanda Ngozi Adichie
Traducción de Laura Rins Calahorra
Literatura Random House,
Barcelona, 2014,  544 págs.
 
 
Todos deberíamos ser feministas
Todos deberíamos ser feministas
Chimamanda Ngozi Adichie
Traducción de Javier Calvo Perales
Literatura Random House,
Barcelona, 2015, 64 págs.