26/11/2020
Teatro

Y sin embargo, se mueve

Ramón Fontseré lidera el estupendo reparto que, en versión de Ernesto Caballero, lleva a escena Vida de Galileo

Martín Schifino - 19/02/2016 - Número 22
  • A
  • a
Y sin embargo, se mueve
Ramón Fontseré es Galileo.David Ruano / CDN
Se mueven sin cesar los actores, se mueven los pocos elementos de la escenografía, se mueve incluso el escenario, un disco giratorio que ocupa el centro de la sala y permite al público seguir la acción desde los cuatro costados. En este admirable montaje de Vida de Galileo, de Bertolt Brecht, el ajetreo escénico tiene evidentes resonancias simbólicas: así como el famoso astrónomo refutó el sistema ptolomeico, con su tierra estática en el centro, el director de la obra, Ernesto Caballero, se opone al estatismo tradicional del teatro a la italiana. Pero el resultado no solo demuestra que los cambios de perspectiva pueden ser renovadores, sino que además transmite una impresión de elegancia, ligereza e inteligencia dramática.   

Esas cualidades son bienvenidas ante un texto más bien lineal, que no escatima parlamentos técnicos ni largas deliberaciones. Basándose en la traducción canónica de Miguel Sáenz, Caballero se concentra en los diálogos y consigue momentos de comedia. No es que el material biográfico sea precisamente alegre. La vida de Galileo, que aquí se muestra a partir de 1609, cuando el filósofo natural apunta por primera vez su catalejo al cielo, acaba en una retractación forzada ante el Vaticano en 1633 y una especie de arresto domiciliario. Pero a la luz de la historia sus tribulaciones relucen con visos absurdistas. Una de las mejores escenas, en este sentido, presenta una discusión en la corte de Florencia, donde Galileo insta a los doctores de turno a mirar por su telescopio para que vean las lunas de Júpiter (prueba de que las estrellas no están fijas en esferas). Los doctores no solo se niegan a ello, sino que rebaten la necesidad de hacerlo con ridículas invocaciones a Aristóteles.

El núcleo ideológico de la obra trata del enfrentamiento entre observación científica y doctrina religiosa

El dogma de ayer es el disparate de hoy. Para Brecht, Galileo es un héroe del empirismo: con una piedra que lleva siempre en el bolsillo, demuestra una y otra vez que nada cae hacia arriba. Con una silla montada sobre ruedas y una lámpara explica la ilusión de que el sol sale y se pone. El núcleo ideológico de la obra trata del enfrentamiento entre observación científica y doctrina religiosa, pero Brecht, que era un dedicado materialista dialéctico, presta mucha atención a las injusticias inherentes al contexto social en el que ambas convivían. Galileo se muestra magnánimo con su aprendiz Andrea, pero parece totalmente refractario al destino de las mujeres. A la menor pregunta de su hija (“nada que te importe”), la manda a misa y la chica acaba pagando con su soledad terrena las blasfemias cósmicas del padre, que la convierten en una apestada para los padres católicos de su prometido. Las ideas requieren sacrificios, con el incómodo corolario de que a veces los sacrificios son ajenos. 

No se trataba de una mera cuestión teórica para el autor, que empezó a escribir la obra en 1938 en Dinamarca, donde se había exiliado con su familia después de que los nazis tomaran el poder en Alemania. Como integrante de varias listas negras, Brecht se identificaba con el italiano perseguido, y la historia de Galileo lo interpelaba tanto que escribió dos versiones más de su obra: la segunda en 1947 (y en inglés), ya instalado en Estados Unidos, y la tercera en 1955, de vuelta en Alemania, después de ser interrogado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Los mayores cambios entre las tres no fueron producto de nuevas persecuciones, sino de los nefastos adelantos tecnológicos que se implementaron en la Segunda Guerra Mundial. Como señala Caballero, “si bien en todas las versiones el autor planteó una reflexión sobre el progreso científico y el progreso social, es cierto que a partir del uso de las bombas atómicas empezó a cuestionarse su beneficio”. Hay en la tercera versión, pues, más espacio para la duda y un retrato más matizado de Galileo. Como sabe Caballero, es también la que más puede interpelar a un público actual.

Distanciamiento brechtiano

Hay algunas frases (unas cuantas) que despuntan un didacticismo poco acorde con los cánones del teatro contemporáneo. Pero el director suele imprimirles un giro irónico, que casa bien con el famoso distanciamiento brechtiano. Al fin y al cabo, el didacticismo chirría sobre todo cuando pretende pasar desapercibido y no lo logra. Dado que Caballero nunca pretende ocultarlo, evita que chirríe: su montaje estilizado, que incluye un abstracto vestuario negro, proyecciones e interludios musicales, realza continuamente el artificio, volviendo más franco el diálogo del pasado con el presente. De ahí, sin duda, la decisión de agregar una especie de proemio metateatral donde aparece el autor en persona. Interpretado por Ramón Fontseré, “Brecht” viene a reemplazar al “actor catalán”, que se ha ausentado sin aviso; habiendo aparecido una vez, puede reaparecer más tarde para comparar a uno de los cardenales con Goebbels o declarar: “¡El totalitarismo es la peste! ¡El nacionalismo es la peste!”.

Brecht escribió hasta tres versiones de esta pieza. La última presenta un retrato matizado de Galileo

Liderados por un estupendo Fontseré, los 14 actores (entre los que destacan Paco Ochoa, Borja Luna, Tamar Novas, Ione Irazabal y Pepa Zaragoza) aprovechan los distintos niveles de la obra, así como los cambios de ritmo, para cautivar la atención durante dos horas. Si hay traspiés, son pocos. Un número de baile entre Paco Déniz y Zaragoza, al ritmo de una cancioncilla con tema astronómico, se alarga quizá innecesariamente; el diálogo entre Galileo y un monje matemático (Roberto Mori) se inclina excesivamente hacia el melodrama; y los símil-madrigales entonados entre escenas por el contratenor Alberto Frías son casi prescindibles. Pero la mezcla de elementos habla ya de un espíritu generoso y la magnánima estética de Caballero y su equipo se completa con alusiones al arte renacentista y un sugerente espacio sonoro. Poco queda del aristotelismo que tanto denostaba Brecht. Parece apropiado.

Vida de Galileo
Vida de Galileo

De Bertolt Brecht Versión y dirección de Ernesto Caballero
Hasta el 20 de marzo en el CDN-Valle-Inclán, Madrid