23/10/2020
Política

Convergència se hace la eutanasia

El nuevo partido recogerá lo que quede de CDC, salvo las deudas, y pretende ser conservador y progresista al mismo tiempo

Francesc Arroyo - 27/11/2015 - Número 11
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Convergència se hace la eutanasia
Artur Mas junto a la vicepresidenta, Neus Munté, y el conseller Francesc Homs en el debate en que no logró su investidura. alex caparrós / getty
Dice Artur Mas que Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) ya no sirve y que se fundará un nuevo partido que ocupe su lugar. Un partido que debe recoger lo que quede de CDC (salvo las deudas), con sensibilidades socialdemócrata, democristiana y liberal. Conservador y progresista a la vez. “Bisexual”, en palabras de Carles Campuzano, número dos en la lista del Congreso. Las otras formaciones han coincidido en el diagnóstico: se trata de tejer un cesto nuevo con los mimbres viejos. Mimbres que son herencia de Pujol: en la política y en la corrupción. En cualquier caso hay algo claro: en Convergència no cree ya ni su propio presidente.

Lo que está por ver es si el nuevo rumbo lleva a alguna parte. De momento, la nave convergente se mueve entre mil escollos. El Gobierno de Mas ha entrado en su segundo mes de provisionalidad y sigue sin horizonte. Algunos dirigentes, como Antonio Fernández-Teixidó, se han dado de baja. Consejeros del Gobierno —Andreu Mas-Colell y Felip Puig— discreparon de los acuerdos con la CUP primero en privado y, pese a la consigna de guardar silencio, luego en público. El empresariado que se queda en Cataluña (unas 700 firmas han trasladado su sede a otras comunidades) exige nuevas elecciones aduciendo que no sabe si es peor la falta de gobierno o depender de la CUP.
 
A ello debe de haber ayudado la actitud de Cristóbal Montoro poniendo condiciones para las nuevas aportaciones del Fondo de Liquidez Autonómica al Gobierno catalán, cuya tesorería debe miles de millones a proveedores, entre otros, farmacias y hospitales. Mas ha calificado la decisión de “agresión a Cataluña”, mientras un alto cargo de Economía recomendaba a quien quiera cobrar “que ponga velas a los santos”.

A esto se añade que la CUP, aunque dividida, sigue diciendo que no piensa investir a Artur Mas, negativa a la que se han añadido PSC, Catalunya Sí que es Pot y Ciudadanos, eso sí, fingiendo tenderle una mano para recuperar la gobernabilidad perdida. Los únicos que callan son los sindicatos y muchos se sorprenden de que ni Comisiones ni UGT tengan nada que decir. 

Convergentes contra la CUP

Mas-Colell formuló sus objeciones en un artículo publicado en el diario independentista Ara. En su opinión, un partido de centroderecha resulta incompatible con las exigencias de la CUP. No es solo la propuesta de desobedecer la legislación española, decía, es que nada de lo que propugnan una y otra formación es coincidente, más allá de la independencia de Cataluña, y aun eso es discutible si se atiende al método. Porque lo que opinan Mas-Colell y otros dirigentes de CDC es que el camino de la CUP no lleva ni a la independencia ni a ninguna parte. El conseller de Economía concluía, y no está solo, que es preferible ir a nuevas elecciones, porque de lo contrario se perderán los electores partidarios del orden y la calma. En su opinión, el independentismo no puede ser el único lema porque ahí, ERC y CUP son más de fiar que un converso como Mas.

Apenas 24 horas después de que Mas-Colell expusiera sus opiniones, Francesc Homs, primer candidato al Congreso, dio por cancelada la declaración de independencia aprobada el 9 de noviembre en el Parlamento catalán, ante el segundo voto negativo de la CUP a la candidatura de Mas. Rectificó horas después, como es habitual en estos casos.

Mas-Colell, Homs, Puig, Germà Gordó y otros creen que CDC camina hacia la nada, con o sin cambio de nombre, y que ceder a la CUP significa perder el apoyo social

Algunos convergentes creen que con o sin cambio de nombre caminan hacia la nada si ceden ante la CUP

que aún le quede al partido y entregar el centro a una Esquerra cada día más callada, que es la forma que mejor conoce para parecer centrada. Solo ha alzado su voz para decir que conviene un acuerdo entre Junts pel Sí y la CUP, como si ERC no fuera parte de la negociación.
 
CDC no será el primer partido de gobierno que se disuelve. Sin mirar a Italia, donde no queda ninguna de las formaciones tradicionales, en la España de la Transición ya desapareció la UCD (Unión de Centro Democrático) de Adolfo Suárez. Ambos partidos nacieron de fusiones y recosidos y se mantuvieron relativamente unidas mientras duró el poder que permitía repartir cargos y prebendas.
 
Pero el modelo de aniquilación de CDC sigue pautas muy diferentes a las de UCD. El partido de Suárez era una formación de coyuntura y estalló en cuanto cambiaron las circunstancias. Convergència, en cambio, era un partido socialmente asentado y con penetración en las capas tradicionalistas catalanas, hasta el punto en que algunos lo veían como el heredero del carlismo rural.

Asentado en el centroderecha

En su origen hubo personalidades como Jordi Pujol y Miquel Roca Junyent. El primero, de derechas, tenía pedigrí de antifranquista y catalanista tras su paso por la cárcel. Roca procedía de un centroizquierda moderado. Al añadirse Esquerra Democràtica, de Ramon Trias Fargas, se formó un conglomerado que decía defender el modelo sueco del Estado de bienestar. Un modelo que empezó a hacer aguas cuando se vio que el espacio electoral socialdemócrata lo ocupaba en Cataluña el PSC-PSOE. Convergència viró a la derecha, se coaligó (CiU) con la democristiana Unió Democràtica —que salía de una dolorosa escisión y había expulsado a su máximo dirigente, Anton Cañellas— y se instaló en un centroderecha confortable, desierto en Cataluña tras la crisis de UCD. CiU perduró desde 1978 hasta 2015, cuando en Cataluña todos los partidos, salvo Ciudadanos, entraban en una crisis de estructura e identidad, aunque nada comparable a lo ocurrido en CDC bajo el mandato de Mas.

Desde que hace cinco años ganara las elecciones que le permitieron formar Gobierno y desplazar al tripartito que durante siete años formaron PSC, ERC e ICV, Convergència parece empeñada en la autodestrucción. Mas adelantó las elecciones en 2012, tras una primera masiva manifestación de la Diada, convencido de que obtendría “una mayoría extraordinaria”. Pero pasó de 62 diputados a 50 y necesitó entregarse a ERC para sobrevivir hasta otro adelanto, el del pasado 27-S, que lo llevó a un nuevo hito: dejó a CDC con 30 escaños.

Paralelamente, el partido empezaba a desangrarse por la corrupción. Hoy tiene procesados a sus dos últimos tesoreros y a un exsecretario general, 15 sedes embargadas y se halla implicado en casos como los del Palau de la Música, Torredembarra, Innova (en Reus), ITV, Lloret de Mar (con sentencia condenatoria) y, sobre todo, los de la familia Pujol.

Artur Mas, promocionado por Jordi Pujol, nunca ha cuestionado a su mentor, con quien ha seguido viéndose de forma semiclandestina en pisos de amigos —y socios empresariales— comunes. Uno de los papelones más notables fue el que protagonizó Jordi Turull (hombre de confianza de Mas), evitando condenar a un defraudador confeso en la comisión parlamentaria sobre los Pujol.

El nuevo partido

Pero la corrupción no siempre pasa factura. Como dicen los independentistas, la corrupción en Cataluña no puede ser un argumento para mantenerse en una España donde conviven Gürtel, Púnica, los ERE andaluces, Pokémon y unos cuantos casos más. Así que CDC esperaba sobrevivir a la podredumbre con cambios mínimos, el más notable de los cuales es el del nombre. Ya acudió a las elecciones del 27 de septiembre como Junts pel Sí, coaligada con ERC. En las generales de diciembre no puede repetir porque Esquerra ha rechazado compartir lista porque confía en quedar por delante. De modo que CDC ha convencido a dos grupúsculos para formar la coalición Democràcia y Llibertat. Esas formaciones son Reagrupament y Demòcrates de Catalunya. El primero tiene como dirigente conocido a Joan Carretero, que fue consejero por ERC en el tripartito. Escindido de Esquerra, firmó hace un año un pacto con CDC por el que se convertía en “entidad asociada”. Demòcrates de Catalunya está formado por quienes abandonaron Unió cuando se rompió la coalición con CDC. Sus dirigentes encontraron acomodo en las listas de Junts pel Sí. Aun así se han permitido decirle a Mas que el proyecto de un nuevo partido no va con ellos.

Hay quien sostiene que Pujol sigue dirigiendo CDC desde la sombra y de ahí sus reuniones secretas con Mas


CDC encara las elecciones de diciembre con inquietud. Si antes no consigue doblegar a la CUP para que vote a favor de la investidura de Mas y cosecha menos votos que Esquerra, su situación será especialmente débil. En febrero tiene previsto un congreso para refundar el partido, salvo que haya nuevas elecciones autonómicas en marzo, y no es nada seguro que una Esquerra crecida acepte repetir la fórmula de Junts pel Sí.
 
En teoría, esta coalición estaba integrada también por entidades independientes, Òmnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana (ANC). Pero esta última cometió un desliz tras el segundo no de la CUP a Mas: convocó una manifestación que fue interpretada como presión a la CUP en apoyo de Mas y con ello contaminó su imagen de independencia para aparecer como fuerza de choque al servicio de Convergència. Hasta el presidente de ERC, Oriol Junqueras, se pronunció contra la maniobra. El poder de convocatoria de ANC quedó claro: la organización capaz de movilizar a “millones de personas” reunió a poco más de un millar cuando dejó de contar con los altavoces públicos. Y el daño ya estaba hecho: el independentismo se mostraba dividido. Por si no estaba suficientemente claro, desde CDC se incrementaron las críticas a la CUP a través de opinadores con presencia constante en los medios de comunicación dependientes del Gobierno catalán. La CUP respondió en dos artículos con el mismo mensaje: “Mas no ha cedido en nada, las cosas siguen igual”. No es exacto, porque en la propia CUP conviven los partidarios de mantener las promesas electorales y no votar a Mas y quienes piensan que se le puede votar a cambio de proclamar unilateralmente la república catalana.
 
En medio, fingiendo equidistancia y voluntad de entendimiento, está ERC, cuyos dirigentes parecen haber aprendido la lección. Tras las primeras autonómicas, con Pujol en minoría, le dieron sus votos y acabaron casi desaparecidos. ERC no era entonces una formación independentista. Se convirtió más tarde, sobre todo cuando el partido pasó a ser dirigido por una nueva generación encabezada por Àngel Colom y Pilar Rahola. Cuando estos perdieron el control del partido, formaron el PI (Partit per la Independència) sin más criterio que el independentista. Colom está hoy en CDC y Rahola es la biógrafa oficial de Artur Mas, a quien defiende incluso a gritos si hace falta.

Hay quien sostiene que Mas repite los errores del PI: convertir a CDC en un partido sin más discurso que la independencia. Pero no todo el mundo comparte esta interpretación. Otros sostienen que Mas no es, en realidad, el verdadero presidente de CDC y que Jordi Pujol sigue dirigiendo Convergència desde la sombra. Esto explicaría los encuentros secretos de ambos. La función de Mas sería dirigir un partido que actuara de escudo de Pujol, del mismo modo que él (y sus conocimientos) ejerce de escudo de sus hijos.

Sin cuadros para refundarse

La situación es grave porque Convergència es hoy un partido sin cuadros para la refundación. Mas, para afianzar su autoridad, ha ido prescindiendo de cualquiera que pudiera hacerle sombra, como ya había hecho antes Pujol. Si este acabó con Trías Fargas, Roca, Macià Alavedra y Josep Maria Cullell (los dos últimos colaboraron a cavar su fosa al mezclarse en operaciones irregulares), Mas ha prescindido de dirigentes como Joan Maria Pujals, Pere Macias, Felip Puig y, sobre todo, Josep Antoni Duran i Lleida. También se vio forzado (hay quien sostiene que con alegría) a dejar por el camino al verdadero delfín: Oriol Pujol, imputado por presunta corrupción. Queda Ferran Mascarell, consejero de Cultura, pero no es de CDC.

Así las cosas, el dilema convergente, o Mas o elecciones en marzo, responde más a intereses internos del partido que a consideraciones de otra índole, incluidas las relacionadas con un supuesto bien común del que nadie quiere acordarse. Mas será, quizás, un cadáver político, pero en su entorno no hay nadie (él se ha encargado de que así sea) capaz de asumir el timón. Hay candidatos, claro, desde los que propone la propia CUP, la vicepresidenta Neus Munté, hasta algunos jóvenes cuadros al acecho. Sin ir más lejos, el propio Homs ha confiado a algunos allegados que todo está abierto, lo que ha sido interpretado como que él mismo podría postularse como candidato. Por si no se le había entendido, se ha apresurado a negarlo, lo que se ha interpretado como una forma de reafirmar su candidatura. Y está Esquerra, que prefiere un Mas tocado a un desconocido que pueda hacerse un hueco, lo que le perjudicaría.  Un independiente como Raül Romeva no entusiasma ni a ERC ni a Convergència.

Un final duro para un partido que obtuvo mayoría absoluta en tres ocasiones y simple en otras tres y que ha gobernado 28 años en Cataluña.