18/6/2019
FDL 2016

Cuento de verano

Esta novela autobiográfica tiene un elemento ligero y burlón

Daniel Gascón - 27/05/2016 - Número 35
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Cuento de verano
El castillo de Gripsholm, en Mariefred.
Kurt Tucholsky (Berlín, 1890 - Gotemburgo, 1935) fue periodista. De origen judío (aunque se convirtió al cristianismo), combatió en la Primera Guerra Mundial. Escribió que intentaba por todos los medios evitar disparar o que le disparasen. Defensor de la República de Weimar, pacifista y demócrata de izquierda, escribió sátiras, poemas, aforismos, ensayos, un libro de viajes por el Pirineo. Entre los seudónimos que empleó están Kaspar Hauser, Theobald Tiger y Peter Panter. Desde 1924 vivió fuera de su país: primero en París y luego en Suecia. Era algo que compartía con uno de sus modelos, Heinrich Heine. Los nazis prohibieron sus obras. Padecía una enfermedad crónica; murió en 1935, por una sobredosis de somníferos.

El castillo de Gripsholm es, como dice el subtítulo, “una historia de verano”: tiene algo de idilio o paréntesis, de escapada de una realidad más asfixiante. Un elemento ligero y burlón recorre toda la obra, amablemente irreverente y bastante autobiográfica.
Tiene algo de idilio o paréntesis, de escapada de una realidad más asfixiante
El editor Rowohlt encarga a Tucholsky una “historia de amor”: “La gente quiere otras cosas además de la política y la actualidad, algo que regalar a la novia, por ejemplo”. Tras intentar mejorar las condiciones económicas, Tucholsky acepta: ahí empieza el viaje a Suecia de Kurt, escritor y narrador, y su novia Lydia, la princesa, que en realidad es una secretaria. La pareja se instala en un castillo —donde entre otros hitos Gustav el Estreñido tuvo años encerrado a Adolf el Barbudo— que se convierte en su base de operaciones.

Aunque Tucholsky restó importancia a los elementos biográficos, hay coincidencias: Lydia está inspirada en su amante, la periodista y editora Lisa Matthias, la dedicatoria de la obra está dirigida a una matrícula (del coche de Matthias), el personaje de Karlchense se basa en su amigo Erich Danehl.

Esgrima verbal y coqueteo

“El amor, juego serio”, escribió Carmen Martín Gaite, y esas palabras pueden aplicarse a este relato, que a menudo es un ejercicio de esgrima verbal y coqueteo, de alusiones irónicas y eróticas, de irritación fingida y bromas cómplices. Lydia  pide a Kurt que no pase las páginas del periódico con mala leche; otra vez, le dice: “Tú gana el Premio Nobel y cierra el pico”; “Todos tenemos que morir… tú antes, yo más tarde”. Parte de la comicidad se basa en la diferencia de dialectos y registros lingüísticos: el lenguaje de Lydia es más coloquial. La traducción de Jorge Seca es arriesgada y convincente.

El relato tiene pasajes oníricos y expresionistas y fragmentos de crítica de costumbres. Hay observaciones y debates: sobre la amistad entre hombres, que se compara con un iceberg; sobre la dificultad de la satisfacción sentimental; sobre los primeros minutos de conversación entre dos personas como señal que determina toda la relación posterior. El sexo, en teoría y en práctica, es uno de los temas que planean por todo el libro, con una refrescante relajación.

El sexo, en teoría y en la práctica, es uno de los temas que planean por todo el libro, con una refrescante relajación

También aparecen asuntos más sombríos, como la pena de muerte, la pasión por castigar y la amenaza del nacionalismo. El libro muestra una fascinación por la diferencia: por los extranjeros, por los acentos, por la manera de hablar de los otros. “Europa era una aduana continua”, dice el narrador. Y, en una conversación con Lydia: “Es un juego de sociedad y una religión, la religión de las patrias. Yo soy ciego de ese ojo. Mira, esto de las patrias solo pueden mantenerlo creándose enemigos y fronteras”. El narrador observa: “Nada aparta más a una persona de sus razonamientos sensatos que los nombres geográficos, esos topónimos cargados de anhelos y llenos de miles de asociaciones mentales”. (Coinciden con unos desagradables austriacos en el tren; señala “Yo estoy en contra de la anexión de Austria”.)

También es más sombría la intriga, deliberadamente enigmática, que da cuerpo a la novela. Una tarde Lydia y Kurt ven desfilar a unas niñas de un internado, e intentan ayudar a una de ellas, claramente maltratada. La peripecia de la niña, su desamparo y la violencia que sufre son elementos siniestros, que contrastan con el aire ligero y feliz del resto. Plantean los problemas de ayudar a los demás: la obligación ética y la necesidad de que esa ayuda no resulte contraproducente. Tucholsky muestra sin énfasis cómo unos personajes hedonistas y anticonvencionales ayudan a un ser desprotegido, y cómo los principios elevados se convierten en argumentos para la tortura. El conflicto realza la parte alegre de la historia, pero también le da un elemento ominoso: esa libertad y ese idilio son provisionales y muy frágiles.

El castillo de Gripsholm. Una historia veraniega
El castillo de Gripsholm. Una historia veraniega
Kurt Tucholsky
Traducción de Jorge Seca, Acantilado,
Barcelona, 2016,
166 págs.