19/10/2021
Literatura

Cynthia Ozick. Una lección condensada

La escritora neoyorquina ha dedicado su vida a la literatura. Se publican ahora sus ensayos reunidos

Pilar Adón - 18/03/2016 - Número 26
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Cynthia Ozick. Una lección condensada
Cynthia Ozick. MARDULCE
Desde la primera frase (“Un ensayo es un producto de la imaginación”) hasta la última, la prosa de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) arrolla, deslumbra, es intensa e impetuosa. Es eficaz y enérgica. Como su pasión al hablar del oficio, de qué significa escribir, elegir y renunciar, y de por qué se ha de perseguir la palabra exacta, el lenguaje literario, renunciando al de la calle, el que llega con rapidez a la cabeza para expresar una idea, ya que el lenguaje normal jamás tendrá la fuerza de una frase elaborada, buscada. La escritura ha de trabajarse con tenacidad y esmero, y las pruebas que aporta Ozick llueven sin un respiro, torrencialmente, de manera que los lectores tendrán que regresar a ellas, subrayar párrafos y anotar pensamientos, sin encontrar mejor sustancia literaria que esta para dejarse arrastrar y caer en el vicio hipnótico que produce su asimilación.

Hay un vínculo evidente entre los ensayos de este libro: la defensa de la novela “en toda su gastada, humana y falible autenticidad”. Ozick habla de “la integridad soberana del relato” al referirse por ejemplo al joven Tolstoi de Los cosacos, y se empeña en el ejercicio serio de la literatura aduciendo que el texto es algo importante, algo que tiene entidad y consecuencias. Una novela puede llegar a saber más que su autor e ir más allá de lo que, en principio, deseaba el novelista, como le sucede a Henry James en Otra vuelta de tuerca, donde se traslucen impresiones y miedos que el autor no se habría atrevido a expresar en toda su vida, o a Franz Kafka en El castillo. Las obras contienen certezas que escapan al control de sus creadores y que proporcionan revelaciones secretas. Ozick se estremece ante la posibilidad de que la novela se metamorfosee hasta quedar convertida en una variante del periodismo o del cine porque entonces, afirma, se perdería la manera más fiable de acceder al interior humano y todo sería caos y voces externas. En una muestra más de su envidiable entusiasmo literario, recurre al título de Thomas Hardy Lejos del mundanal ruido y apela a él para librarse de los estímulos exteriores que distraen del interior, del pensamiento, de la actividad de la mente. Se dice a sí misma: “¡Refúgiate en la novela!”, consciente de que el ruido, la muchedumbre y las llamadas externas tienen como única misión la de acallar la personalísima voz de la mente. Reclama un espacio propio e intocable para escribir durante horas “como deben hacerlo los escritores serios: fanáticamente, obsesivamente, desesperadamente, torrencialmente, cómicamente, por encima de todo y durante toda la vida”.

Una novela puede llegar a saber más que su autor e ir más allá de lo que, en principio, deseaba el novelista

Ozick tenía 17 años cuando leyó por primera vez a Henry James o, como ella dice, cuando cayó en sus fauces y perdió la juventud. A esa edad quiso transformarse en James, saber lo que él sabía. En su ensayo “La lección del maestro” cuenta cómo su excesiva devoción por el autor hizo que a los 22 años quisiera ser lo que James era a los 60, y así, en la disyuntiva entre vida y literatura, se consagró a la segunda sin prestar atención a las advertencias del propio James acerca de atrapar lo primordial de la existencia, aceptando en cambio su orden “Transfórmate en un maestro” y convirtiéndose en “una adoradora de la literatura”, su único altar. Un altar ante el que celebra la veneración por las palabras y por los autores que cayeron en ese mismo éxtasis: Franz Kafka, Virginia Woolf, Susan Sontag, Truman Capote, Tolstoi, Sylvia Plath o Dostoievski. Nombres que monopolizan sus ensayos con sus trayectorias, convicciones y dilemas, como también lo hace la misma Ozick, que se descubre objeto de sus juicios, matizados por la flexibilidad, la aceptación de otras perspectivas y la asunción de que también la ensayista puede vacilar, equivocarse y dejarse llevar por las dudas e incluso por cierta cobardía. En “Contra la modernidad” se plantea si los defensores del libro en papel, los herederos de la tradición del siglo XX, no seremos tan arcaicos y “pintorescos” como aquellos caballeros de barba blanca de la primera Academia Estadounidense de las Artes y las Letras que se escandalizaban ante Matisse y despreciaban el verso libre y la obra de T.S. Eliot y Marianne Moore.

Defensa de la novela acompañada del convencimiento de que no todo es comparable, no todo puede tener la misma consideración ni la misma importancia. No todo es “gusto”, dice en referencia a las primeras teorías de Susan Sontag, que en su ensayo “Notas sobre lo ‘camp’” sostenía que el gusto era el máximo precepto estético de la época, lo que conducía a un “todo vale” al que se opone Ozick en este volumen.

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos
Metáfora y memoria. Ensayos reunidos
Cynthia Ozick
Traducción de Ernesto Montequín,
Mardulce, Madrid,
2016, 432 págs.