19/9/2020
Opinión

Desesperanza con cuchillos

Editorial - 23/10/2015 - Número 6
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La nueva oleada de ataques palestinos y represalias israelíes parece confirmar la vieja idea de que en este conflicto la cíclica aparición de la violencia es su única constante. Solo que, bajo los recurrentes incrementos de tensión, es el contexto político y diplomático el que se ha transformado de manera irreversible, sin que Israel y sus dirigentes hayan hecho otra cosa que cerrar los ojos a las consecuencias. Desde su última reelección como primer ministro, Benjamin Netanyahu se ha limitado a prorrogar, con socios de Gobierno cada vez más extremistas, las estrategias tradicionales de Israel en el trato a los palestinos, con el convencimiento de que tarde o temprano logrará que se resignen a una ocupación militar que dura desde 1967 y a la desposesión ilegal de la que desde entonces están siendo objeto.

Sobre la base de una aplastante superioridad convencional y nuclear en la región, Israel no ha dejado de intentar que la condena de la violencia palestina conlleve un simultáneo aval a las acciones militares que emprende invocando la seguridad y las cada vez más flagrantes apropiaciones de tierras. Esta simultaneidad es la que la comunidad internacional rechaza desde las exhibiciones de fuerza de Israel en Líbano y, sobre todo, en Gaza, donde la desproporción en el número de víctimas, además de la destrucción de viviendas e infraestructuras, impidió seguir reconociendo la seguridad de un bando como un derecho tan absoluto que, en realidad, exigía negárselo al otro por completo. Esta es la perspectiva desde la que la comunidad internacional está asistiendo a una Intifada con cuchillos, ante la que la condena de los apuñalamientos indiscriminados que llevan a cabo los palestinos no impide la de las ejecuciones sumarias de los autores, perpetradas con ánimo ejemplarizante por las fuerzas de seguridad israelíes; tampoco la de una ocupación a punto de cumplir medio siglo ni la de la anexión unilateral de territorios adquiridos por la fuerza.
 
El acuerdo nuclear con Irán alcanzado recientemente por Obama se negoció contra la explícita voluntad de Netanyahu. Más allá de su importancia sustancial para la estabilidad en Oriente Próximo, el acuerdo tendrá inexorable influencia en la transformación de ese contexto político y diplomático. Con un Irán integrado en el equilibrio regional diseñado por Obama, los intereses estratégicos de Estados Unidos en Oriente Próximo empiezan a ser divergentes de los de Israel. La profundidad que adquiera esa divergencia depende de las decisiones que adopten Netanyahu y los gobiernos que le sucedan; decisiones en primera instancia regionales, pero también relacionadas con un proceso de paz en el que, prolongando el proceso y posponiendo la paz, Israel ha podido persistir en las estrategias tradicionales en su trato a los palestinos. Pero apropiarse de los territorios queriendo prescindir de sus habitantes no deja más que una de dos alternativas: la deportación masiva o la concesión de idénticos derechos. Israel rechaza la segunda y no puede optar por la primera. Y a los palestinos les gana la desesperanza.