20/7/2019
Literatura

El arte de la inquietud

Sara Mesa ofrece en Mala letra una colección de turbadores y fascinantes relatos

AHORA / Zita Arenillas - 01/04/2016 - Número 27
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Hay libros que dejan una sensación que conjuga el desasosiego y la plenitud. Y eso es lo que ocurre con cada uno de los relatos de Mala letra, la más reciente publicación de Sara Mesa (Madrid, 1976). Desasosiego porque todas las piezas son turbadoras y hacen que la respiración de quien las lee se detenga; plenitud porque cada una de ellas roza la perfección, también por esas grietas que tienen para que el lector se asome y las rellene. En realidad, esa sensación es la misma que dejan las anteriores dos novelas de la autora. Si Cuatro por cuatro (2013) dibuja la podredumbre de un internado y las atrocidades que allí tienen lugar y Cicatriz (2015) retrata la enfermiza relación a distancia entre un hombre y una mujer, Mala letra es una colección de personajes o situaciones inquietantes. Y fascinantes. Como el niño de “Papá es de goma”, que dedica todos sus esfuerzos e imaginación a que ni sus hermanos pequeños (uno es un bebé) ni los vecinos ni nadie se den cuenta de que sus padres los han abandonado.

La culpa es un elemento recurrente en muchos de los relatos. “El complejo de culpa no se guía por parámetros racionales: su lógica es intrínseca y está basada en premisas falsas y difícilmente transferibles”, dice el protagonista de “Creamy milk and crunchy chocolate”. En unas reuniones que podrían estar apadrinadas por una Sociedad de Culpables Anónimos conoce otras historias que, al principio, le alivian del peso que él siente por haber provocado un accidente mortal de tráfico. Está también la culpa de una profesora que no consigue evitar que un alumno suyo, enfermo y totalmente paralizado, sea motivo de burla durante una clase de educación sexual; la de una chica de provincias que teme más la reacción paterna por la duración imprevista de su ausencia que las consecuencias de ser cómplice de un homicidio involuntario; la de una chica que pide perdón por escribir oscuros relatos—su motivación es que “dándole forma al horror evitaba la realización del horror”—. Este último caso es el del cuento que cierra Mala letra, y su ambigüedad resulta un colofón impecable.

Cárdenas es otro cohesionador, además de un hilo que conecta con las novelas de Mesa. Es la gran ciudad, que alberga y engendra la depravación; un lugar en el que frecuentemente las abuelas se suicidan saltando al vacío. Aunque el pueblo tampoco es, en contraposición, un paraíso: en “Picabueyes” la joven protagonista, agredida por unos chicos, está más preocupada por cómo explicar a sus tías (otro elemento que se repite en varios relatos: la figura negativa de la tía) dónde esta la bici que asustada por lo que le ha ocurrido.

La prosa de Mesa es precisa, certera. Cada palabra parece haber sido medida al milímetro, aunque en una entrevista en El Cultural haya dicho que “el reto radica en utilizar las palabras normales, las habituales, incluso las antiliterarias, usar esa materia prima humilde, una especie de art povera de la escritura”.

Mala letra confirma que la degeneración está en todos lados, es ordinaria. Y que “el mundo es impasible ante cualquier cosa que suceda, por inusual, horrible o cruel que esta sea”.

Mala letra
Mala letra
Sara Mesa
Anagrama,
Barcelona, 2016,
191 págs.