14/12/2019
Arte

El Bosco. De una devoción a otra

Repasar la trayectoria del pintor y el gusto que despertó y despierta sirve también para trazar la historia de Europa

Fernando Checa - 17/06/2016 - Número 38
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El Bosco. De una devoción a otra
'El vendedor ambulante'. Róterdam. Museum Bojimans Van Beuningen
La pintura del Bosco, un artista que había nacido hacia 1450 en Hertogenbosch y que murió en el mismo lugar en 1516, continuó fascinando durante todo el siglo XVI. Prueba de ello es que, todavía en 1593, el rey de España, Felipe II, recibía en El Escorial, a menos de cinco años de su muerte, alguna de las obras maestras de este autor como, por ejemplo, El jardín de las delicias, que en la documentación de la entrega escurialense se describía como “una pintura de la variedad del mundo, que llaman el madroño”. Pocos años después, en 1605, el padre Sigüenza, cronista de El Escorial, se refería a su tabla central de esta manera: “La otra tabla de la gloria vana y breve gusto de la fresa o madroño, y su olorcillo que apenas se siente cuando ya es pasado”, que, decía,  “es la cosa más ingeniosa y de mayor artificio que se pueda imaginar”.

Este tríptico había sido mencionado por primera vez por el viajero italiano Antonio de Beatis en 1517 en el palacio de la familia Nassau en el Coudenberg de Bruselas, donde lo más seguro es que estuviera depositado desde los tiempos de Engelbert II, conde de Nassau, quien probablemente fue el que lo encargó. Lo cierto es que estuvo allí hasta 1568, cuando fue confiscado a Guillermo de Orange, miembro de esta misma familia, alzado en arma contra el rey Felipe. A finales de siglo lo encontramos ya en El Escorial, el lugar donde Felipe II destinó buena parte de sus Boscos y que era el lugar de Europa donde colgaban más obras de este autor.

El Bosco vivió una época crítica de la historia de Europa y su obra refleja la transición al Renacimiento

La pasión por el Bosco disminuyó de manera espectacular desde el siglo XVII no solo en España, sino en toda Europa,  y era un pintor casi olvidado a principios del siglo XX. Entonces empezó a llamar la atención sobre todo de los artistas de la vanguardia, recuperando su interés a partir de las vanguardias surrealistas, que lo convirtieron en uno de sus precedentes favoritos. Desde ese momento y hasta la actualidad, la fama y la devoción por el Bosco no ha hecho otra cosa que crecer, lo que viene sucediendo, además, de manera exponencial en los últimos 20 años.

El Bosco vivió en una época especialmente crítica de la historia de Europa, justamente en el paso de la Edad Media al Renacimiento, y su obra es uno de los mejores ejemplos de esta fase de transición. El Renacimiento, sobre todo en su versión más profana, laica y de interés por el Humanismo y la cultura clásica,  tuvo su mejor asiento en Italia. Y aunque en el siglo XIX y primera parte del XX los historiadores tendían a explicar esta fase de la cultura europea desde estos parámetros italianizantes, hoy día se sabe que el fenómeno fue mucho más complejo. También en el mundo del norte existió un Renacimiento, pero que no miraba tanto hacia la Antigüedad romana sino hacia la realidad cotidiana y el interior del hombre. Es este el aspecto que ahora nos interesa destacar: lo que se llamó devotio moderna fue un movimiento religioso que quería privilegiar una relación muy personal e íntima del fiel y el devoto con la divinidad y que, en buena medida, otorgaba un papel secundario en todo ello a la iglesia oficial y las órdenes religiosas medievales.

Es en este ambiente de la devotio moderna en el que se pueden incardinar las obras del Bosco, adquiridas por las élites cultas de los Países Bajos y por los miembros de la corte de los Habsburgo, que entonces reinaba allí y pronto lo iba a hacer también en los reinos españoles de Castilla y Aragón. Isabel la Católica poseía una tabla atribuida al Bosco y Felipe el Hermoso encargó un tríptico del Juicio Final, probablemente el conservado hoy en la Academia de Viena. Ello explica que su nieto Felipe II se sintiera atraído por este pintor, de manera que el gusto por el Bosco comenzó a ser considerado como algo de familia. Pero no hemos de olvidar que el culto cardinal Grimani encargó al taller del maestro otras muy importantes para su palacio de Venecia, y que Mencía de Mendoza, importante noble española que había estado casada con Enrique de Nassau, sobrino del mencionado Engelbert, y que había vivido junto al tríptico de las delicias en el palacio del Coudenberg, encargó al taller del Bosco un tríptico hoy conservado en el Museo de Valencia. Hay, por tanto, un gusto por el Bosco en el sur de Europa, que se extendía desde Madrid (y, probablemente, Lisboa) a Valencia y Venecia, que no debe dejar de ser tenido en cuenta.

En la muestra pueden verse todos los Boscos del Prado y buena parte de los dispersos por todo el mundo

La devotio moderna por el Bosco ha sido sustituida por una nueva devoción contemporánea por el maestro. El reciente libro de Henk Boom, El Bosco al desnudo (Antonio Machado, 2016), narra, con prosa ágil y periodística, las discusiones pasadas y las más recientes sobre el pintor. Y no solo esto: el libro cuenta también algunos de los episodios de las fases preparatorias de la magnífica exposición del Museo del Prado abierta hace pocas semanas. El evento no ha dejado de estar precedido de discusiones: polémicas españolas, como la de la titularidad de algunas de las obras más célebres del artista, hoy felizmente zanjada; o discusiones internacionales acerca de la autoría de algunas de sus tablas más famosas, varias de ellas conservadas en el Prado. Sin entrar en profundidad en el tema, bástenos decir que este museo, es no solo depositario de la mejor y más amplia colección de boscos que existe, sino también de la mayor parte de los conocimientos acerca de las maneras y estilo del maestro, conseguidos a lo largo de décadas de estudio y restauración de sus obras.

El ambiente de polémicas en torno al discutido pintor se recoge en el libro de Boom. Junto a él, el monumental catálogo de esta exposición, refleja de manera exhaustiva el estado de la cuestión y es un libro de referencia a partir de ahora. Son dos lecturas muy recomendables para entender la muestra. Pero para disfrutarla es imprescindible la visita. Allí un espectador atónito se encontrará no solo con todos los Boscos del Prado, sino con buena parte de los dispersos a lo largo de todo el mundo. Una ocasión  única y que nadie debe perderse.

El Bosco al desnudo
El Bosco al desnudo
Henk Boom Traducción de Catalina Ginard y Marta Arguilé
Antonio Machado,
Madrid, 2016,
256 págs.